lunes, marzo 14, 2011

Crónica Escolar-Laboral en los Tiempos del Año Cero de la Crisis:

You must remember this:

Estas son dos historias entrelazadas, un poco de la UDEM en tiempos de pre-crisis y un poco sobre mi primer empleo.

Y no tiene moraleja o mensaje claro. Sólo crónica. Avisados están.

Fue el 16 de marzo de 1981 cuando entré a trabajar por primera vez en modo formal. Mi primer trabajo de relacionado con la profesión que estaba estudiando: ICAP, Ingeniería de Producción Administrativa y de Producción.

La carrera estaba en DICNE, o sea, División de Ciencias Naturales y Exactas y a falta de campus todavía muy muy lejano, esta división de la Universidad de Monterrey se encontraba en el Colegio Labastida, cerca de Fátima en la muy rumbosa y ornamentada Colonia del Valle.

En ocasiones nos tocaban clases una o dos durante la mañana, y luego en la tarde de 3:50 PM hasta las 9 o incluso 10 de la noche.

Las clases que llevábamos en ese cuarto semestre eran Ecuaciones Diferenciales, Análisis y Diseño de Sistemas IV, Contabilidad II, algo así como Sociología (o como se llamara), Lenguajes y Técnicas de Depuración, Equipo Periférico, no estoy seguro si llevamos también Estructuras de Información y Sort,  etc. 

O cosas similares.

El Labastida, del que no sé si se ha transformado mucho desde entonces, era un colegio muy sobrio, con colores oscuros por dentro, amplios pasillos donde corría el aire, en el que la UDEM arrendaba toda un ala de dos pisos arriba de un patio llamado cubierto por obvias razones.

Todo el lugar estaba rodeado por arboles, flores y recuerdo que era un lugar muy pacífico, fresco, agradable, ideal para estudiar… excepto a la hora del recreo de las niñas de secundaria, en el que se volvía un pandemónium.

Para ubicar, ¿qué más sucedía en el año de 1981?

La película de moda era El Imperio Contraataca; en ese marzo, un día antes de la entrega de los Oscares, fue balaceado en una banqueta el presidente Ronald Reagan; en mayo se casó Lady Diana con su Príncipe Carlos. El gran Fernando Valenzuela fue novato del año en las Ligas Mayores de Beisbol.

¿Datos económicos?

Refresco a 2.20, Cerveza Carta Blanca, a 4.70, gasolina Nova a 2.80, camión a 3.00, dólar a 24.50, el periódico a 5.00, el cine a 35.00, un VW Sedan a 190,000. El salario mínimo a 190.00. La inflación estuvo a 28.68%  anual. La deuda a 74.8 miles de millones de dólares.

1981 fue el año que más ha crecido México: 8.8% anual. Iba a ser un buen año. Probablemente fue el último, con alguna excepción por ahí.

También en 1981 llegó el Columbia al espacio (se incendiaría al entrar a la atmosfera hace pocos años), en México hubo apagones,¡¡nació el osito Panda!! Nuestro Presidente defendió el peso como un perro, (ajá). México no pasó al Mundial de Futbol de España, máxima vergüenza total y en el Río Santa Catarina hubo un gran concierto de Rigo Tovar.

En ese año el Pac Man empezó a comerse el dinero de la gente en las tiendas de videojuegos llamados por entonces Chispas. MTV apareció en USA.

El cubo Rubik empezó su largo reinado. Intenté armarlo.

Una mañana agradable y fresca de principios de Marzo estábamos reunidos abajo del patio cubierto cuando nos habló Ricardo (los apellidos quedan ocultos para proteger a los inocentes) para decirnos que había trabajo para programadores COBOL en Cigarrera La Moderna.


De los seis qué estuvimos ahí sólo tres asistimos a la cita en la empresa: Magda, Marisa y yo.
Sería un trabajo de medio tiempo, los tres sabíamos COBOL y entramos a trabajar después de las pruebas psicométricas el 16 de Marzo de ese año.

El sueldo era fabuloso, lo recuerdo todavía. Sí, lo era.

Nos enseñaron los rudimentos de trabajar en pantalla en terminales voluminosas de Control Data (de  hecho, con Control Data, todo era voluminoso) que incluso tenían un foquito parpadeante en una tecla.

Nos dieron lugares con escritorio individual en una vieja sala sin ventanas a la que llegábamos por un pasillo oscuro después de subir a una escalera también oscura. Los escritorios eran grises, de esos de oficina burocrática, sin adornos, sin nada sobre ellos, ni teléfono siquiera.

Ahí nos dio Juan, nuestro jefe de entonces, un alto, flaco, con bigote y cachetón, unos bloques con hojas cuadriculadas que eran para hacer líneas de código que luego una chica capturaba  donde salían miles de errores; teníamos citas con el analista de sistemas quien nos daba en un folder azul los diagramas de lo que se buscaba hacer con el programa en cuestión en sus más grandes rasgos, y más hojas con la “lógica del programa” que traía el detalle fino como guía para que el programador no batallase a la hora de hacer el programa.

Sencillo como puede sonar ahora, era complicado. No entendíamos ciertas cosas porque no era lo mismo tratar los archivos de prueba  que hacíamos en nuestras tareas o trabajos en la escuela con tarjetas, que entender que acá había archivos “reales” que hacían las cosas más “de verdad”.

Mi primer programa se llamaba PRO4060 y todavía el nombre me suena interesante.

Llegó mayo y seguíamos trabajando, nos dieron muchas facilidades para los exámenes finales. Fue un ambiente nada hostil para estudiantes programadores medio tiempo.

Ese verano fue ya de tiempo completo.

Fue nuestra primera ocasión en un ambiente laboral real formal e informal, con jerarquías, autoridad, organigrama, bromas, dobles sentidos, juntas, secretarias; el gran jefe, el Ing, García, a quien todo mundo le hacía reverencia (y todo mundo en automático se reía con él); la secre buenísima a la que tú también le hacías reverencia; luego los demás todos, subordinados, sin olvidar al rebelde que siempre decía los últimos chistes, quien traía el sarcasmo y la ironía a todo lo que se pudiera y que desafiaba sin arriesgarse mucho, claro, al orden establecido;  las idas al comedor donde no sabías o entendías porqué la comida era tan barata y tan aburrida, ni porqué todo mundo juntaba las mesas para comer en grupos de hasta 18 personas, o el porqué se nos quedaban viendo las obreras que las había en grandes cantidades todas vistiendo falditas muy rabonas.

Pasábamos el tiempo escuchando un aparato tipo grabadora, pero este era un 8-Track con música de entre otros, Supertramp en vivo. En otra ocasión poníamos cassettes de música de fondo donde los míos dieron tantas vueltas como para recorrer medio Monterrey.

Luego veíamos a los compañeros mayores en como les tocaba trabajar a veces con la consola principal de la Control Data 170, y que a través de certeros comandos manejaban las bibliotecas de archivos que estaban en unidades de disco de no recuerdo cuantos megas tendrían pero que no creo que fueran más de cincuenta por unidad y que tuvieran en la empresa, ¿ocho?, ¿diez unidades de esas?

O sea, posiblemente 500 megas en total. Medio gigabyte. Para toda Cigarrera. Recuerda el dato cuando mires el USB de 2 Gb de tu hijo.

Mmm, el olor a cigarro. Nunca olí jamás tanto a cigarro, y no molestaba, era suave, el que se dejaba reposar. (Nunca fumé y sigo sin fumar).

¿Lo más curioso? Regalaban a todos los empleados cigarros Raleigh (en ese año todavía no podía decir la “r” y decir la frase anterior era un verdadero suplicio), veinte cajetillas cada quincena, pero había gente que cambiaba dos o hasta tres por una de Marlboro.

¿Lo más intrigante? Muy poca gente traía cerillos o encendedor.

¿Lo más extraño? Nos regalaban folletos que afirmaban que el cigarro tal vez no era peligroso para la gente fumadora y que finalmente era un derecho de la libertad de elección del ser humano.

¿Lo más celebrado? Cuando Patty o Juanita llegaban a avisarnos que ya podíamos ir a cobrar. Era genial. Dos veces al mes.

En las tardes después de Cigarrera seguíamos yendo al Labastida, territorio UDEM, donde podíamos seguir siendo estudiantes sin más problemas ni más responsabilidades que pasar con bien todavía dos años más de duras materias. Muchas cosas todavía por aprender.


Casi finales de verano de 1981. En agosto en una clase de Administración al maestro le llamó la atención ciertas opiniones que di. Él era de Vitro, me ofreció trabajo y decliné, quizá porque tenía sólo cuatro meses de trabajar en Cigarrera y pensaba convencido de algún concepto de lealtad debido a que ya nos habían dicho en forma vaga que nos iban a dar un puesto más permanente. En septiembre murió mi abuelo. Utilizábamos la gran Cyber para hacer trabajos finales de la escuela.

Empezamos otro año, en 1982, llegó la Guerra de las Malvinas, fui a la Isla del Padre en vacaciones, llegaron los finales, nos dieron igual facilidades para estudiar. Al volver de los finales no todo fue igual.

Me recortaron de Cigarrera el 12 de mayo de 1982, primer año de la crisis.

Crisis económica en todo el país que ya para entonces era tan evidente como sonoro es un océano enfurecido.

En mis curricula, el nombre de Cigarrera desapareció con los años empujado por otras empresas. Luego la compró BAT hace tiempo.


Aún así, el nombre de Cigarrera La Moderna vive  hoy de nuevo. Ha vuelto a aparecer a causa de LinkedIn al añadir a amigos de por entonces y como esa red social te pregunta en qué empresa fuimos colegas, pues la tienes que añadir, delatando de cierto modo, tu edad.

Las experiencias sirvieron, me dieron ciertas ventajas, profundidades, entendimientos. Lo importante es vivir. Oh, sí.

Jamás pude armar el cubo Rubik.


Pero así que ustedes digan que particularmente eso me hizo mucha falta en la vida, pues no. ¿Ok?

Y ya.

(Y sí, conservo una impresión de ese programa que hicimos en la Cyber, una impresión del 15 de diciembre de 1981... faltaba tanto tiempo para el siglo XXI, teníamos tiempo de sobra para hacer tantas cosas...)




martes, marzo 01, 2011

La Casa (Perdida) del Fin del Mundo



Desde hace muchos años tengo una especie de romance con el cine de Luis Buñuel. Sí, se puede escuchar raro. Ya saben, como en el sentido de admiración total por su persona, por su vida, ideas, filosofía religiosa, expresiones y demás.

Pero es que es de esos cines de director tan devastadoramente claro y distintivo que sí tú ves una película particular mexicana sin saber de antemano nada de ella, de pronto dices “esta película no es como todas, se ve, se siente rara”.

Definimos “películas mexicanas” como aquellas denominadas de manera simplista de las costumbristas realizadas desde los años 40 hasta mediados de los 60’s que veíamos, o vemos todavía cuando hay oportunidad.

Estas películas se miraban por toneladas en los años que las daban en televisión abierta con sus horarios fijos en las tardes, antes de que esas estaciones de fueran vendidas o arrendadas o como se llamen, a los grandes consorcios o a las cadenas de cable y que estas las tomaran y encadenaran a sus propios planes corporativos. De ese modo los antiguos canales regionales dejaron de transmitirlas a su vez, haciéndonos extrañar ese esmero, amor, y hasta dedicación, con el que las transmitían.

Por ejemplo una buena tarde hace muchos años en casa de mi abuela, y eso sí que es hace muchos años, veo la tarde pasar y al mismo tiempo una película en la que sale Jorge Negrete en donde la pesco en una escena multitudinaria en un teatro y arriba de su escenario está una bailarina que empieza su acto y que de pronto, baja por la escalera a recorrer camino por entre la concurrencia y lo más impresionante: ¡la cámara no corta! ¡La cámara la sigue alrededor de la escena y no la suelta!

Te das cuenta que ella va hasta el fondo del teatro salón en medio de la gente, y sigue bailando con la música tropical o algo así y sigue y sigue y sigue por el contorno del mismo, por la parte del fondo y luego ya, de pronto, llega a subirse al escenario de nuevo por el otro lado.
Para esto la cámara como ya dije, nunca cortó, la siguió en una sola toma en toda su vuelta completa, y estamos hablando de una película mexicana “costumbrista” de 1947 llamada Gran Casino. Dirigida por Luis Buñuel. (Con el tiempo supe por el libro de “Prohibido Asomarse al interior”, o como le cambiaron el nombre, “Buñuel visto por Buñuel”, de Tomás Pérez Turrent y José de la Colina, que lo hizo así sin corte, sólo para estar en forma porque tenía casi los 10 años sin filmar).


Así nada más, Gran Casino. Con Jorge Negrete y con Libertad Lamarque, con una historia que habla de temas de petróleo, un hermano perdido, Tampico, si mal no recuerdo, un trío de guitarristas que se aparecía de la nada cuando Negrete se disponía a cantar, ¡y que siempre se saludaban cuando se veían! Y sobre todo un beso enorme, recordado, romántico, que nunca se ve porque la cámara se encuentra más confortable mirando hacia lo que el galán se dedica, mientras besa a la bella mujer, a remover un palo en el lodo oscuro durante todo el rato del beso… sí, eso fue todo lo que vimos ¡la verdad, genial!

No puedo dejar de mencionar las demás películas mexicanas de Buñuel. También todas impresionantes, poquito o mucho o muchisisísimo: Los Olvidados, La Ilusión Viaja en Tranvía, Subida al Cielo, Él, El Bruto, Susana, Carne o Demonio, Ensayo de un Crimen, Nazarín, Viridiana y El Angel Exterminador, entre otras.

Precisamente de El Angel Exterminador quería hablar.


Pero no tanto de la historia o del desarrollo de la misma o de las actuaciones.
Ni hablaré de lo extraño para la gente que resultaría ver una historia en El Angel Exterminador que nunca parece concretarse. Pensaría en las personas que verían en el cine la película en su tiempo y que de seguro se asombrarían que la historia de esa cena tan elegante degenerase en algo tan poco común, en que todos los comensales no llegaran a salir de la casa, como sintiendo algo, o más aún, como presintiendo algo raro y aceptando entre todos el hecho, que nadie podría salir de ahí de esa área, en esa casa.

Y viendo la puerta de la casa, en este caso la salida, al alcance aparentemente de todos, pero ninguno de los invitados pudo tener la voluntad de traspasarla, surge la pregunta: ¿por qué solo los criados lo pudieron hacer?

¿Castigo? ¿Maldición? ¿Brujería? ¿Satanás? ¿Dios? ¿El Angel Exterminador que vendrá durante la noche a matar a los hijos primogénitos y que para evitar tan cruel destino la puerta de la casa debería ser marcada con sangre de cordero?

Creemos que la locura los posee por los actos absurdos que vemos aunque el transcurrir es casi en paz (¿mencioné un doble suicidio?),  excepto por esa extraña dimensión: el no poder traspasar los límites de esa casa tan única en la que es seguro que algo sucede pero que nadie sabe explicar y que nadie, ni los de dentro ni los de afuera, se atreven a hacer algo que rompa el hechizo porque como en hipnosis colectiva aceptan las cosas como están.

Hasta de momento, podría uno pensar que Buñuel se adelantó a Stephen King en escribir una historia sobrenatural acerca de una casa siniestra (y pido perdón a los puristas que se desgarran el corazón pidiendo al árbitro del sentido común: ¡FALTA! ¡15 YARDAS DE CASTIGO POR MENCIONAR  EL NOMBRE  DEL INMORTAL CINEASTA JUNTO CON EL NOMBRE DE ESE ESCRITORCILLO POPULAR!).

Evidentemente Buñuel, poseyendo otra clase de inteligencia en comparación con la nada despreciable de King, lo resuelve de una manera más extraña, sí, surreal, sin tener que recurrir a espantos o a monstruos en el closet, o a muertos que vuelven o a hoteles malditos con personalidad expresa y angustiosamente asesina.

Buñuel no lo explica. Ni falta que le hace. Sólo nos hace cómplices, nos hace sentir el desamparo, la angustia de los invitados dentro y de los espectadores afuera que saben que esa casa ya pertenece a otra dimensión que se adueña de todos y con la que nos hace entrar en otra realidad fuera de nuestra comprensión.

Como sea, pero no deseo hablar de la película (imagínense que lo deseara, uf), un día llegará para eso y diré lo molesto que él estaba, Buñuel, por el reparto que no fue de lo mejor, pero lo que me llama la atención en estos momentos es la localización de la casa.

Encontré un catálogo de una expo que apareció en 2008, llamada BUÑUEL, ENTRE DOS MUNDOS algo así organizado por el Centro Nacional de Artes, ya saben.

Y bueno, el catálogo es fabuloso, no podía ser menos.

El punto es que se va, inevitablemente, película por película. Será otro libro icónico de lo que fue Buñuel en el siglo XX, explicando en cierta medida el porqué fue recordado, el porqué trascendió, el porqué marcó época, rumbo, destino en el cine.

Lo demás ya es conocido y si no lo es, ya lo escribiré, porque como que se me antoja hablar más y más de por decir Simón del Desierto, o Ensayo de un Crimen, u otra, Nazarín o Viridiana… y ya veremos.

De lo que quiero hablar ahora más bien, es… la casa esa.

La del hechizo, la de la otra dimensión, la que vendría a ser el lugar maldito, el lugar destino del Angel Exterminador, el del nombre bíblico, el del nombre final, el del fin del mundo tal y como lo conocemos, el que llegará a destruirlo todo.

La verdadera posada al filo del Fin del Mundo. 

Esa pudo ser la casa en la que los que entran están en una estación de tránsito hasta el más allá o quizá en la puerta al limbo, a lo desconocido, al intersticio donde la sanidad deja de existir, siendo el más allá o limbo o intersticio más terrible que ninguna imaginación prodigiosa pueda llegar a imaginar jamás.

O tal vez no.

Porque avanzando en ese catálogo de tal y tal muestra los lugares donde se filmó tal y cual película comparando los paisajes de las mismas fotos con el lugar de las locaciones de cómo quedó en la película.

Ahí muestran el lugar cerca de Ixmiquilpan del bello estado de Hidalgo en donde se realizó Simón del Desierto, en medio de la total nada, matorrales, arena, desierto y cerros pelones, pero que con cierta habilidad el equipo fílmico de Buñuel lograron hacernos sentir que ese lugar era en realidad Antioquía en la antigua Siria, donde los hechos narrados sucedieron (o no sucedieron, de acuerdo, pero ustedes me entienden).

Así en el catalogo está Ixmiquilpan, y así también aparece Acapulco y cercanías, y así también pueblitos de Morelos, como también algunos lugares de ríos donde se hizo  El Río y la Muerte y películas de esa época que tenían que hacerse forzosamente en locación.

 Y ahí dice claramente en el catalogo que la casa maldita estaba en el cruce de Homero y de Pedro Calderón de la Barca. Colonia Polanco, claro.


La casa donde el Angel Exterminador extendió sus macabras alas y les generó a esos ricos y no sé si famosos esa necesidad no natural de quedarse donde estaban, creándoles el terror total de salir y a los de fuera, el terror serval de no poder entrar.

Vi la foto de la casa, muy señorial, palaciega, amplio patio, elegante, definitivo: podría ser una embajada orgullosa de cualquier país, toda una revelación. Lo que en la pantalla no se pudo ver por lo fugaz, por lo oscuro, se pudo ver en las fotos de la búsqueda de la locación.
Ahí empezó también mi curiosidad, vi las calles y vi los nombres, obvio, se me hicieron familiares en más de un sentido y ahí pensé, Google Earth, ¡ven a mí!

En ese instante Google Earth hizo de las suyas y se poseyó de mi pantalla y tomó el control y me empezó a dar la luz al respecto de donde estaba ese cruce, pero, ustedes saben, Google Maps se transformó a través de un acto de tecnología indistinguible de magia, Clarke dixit, en Google StreetView.

Google StreetView es como muchos saben y dependiendo de qué lado estás, un instrumento de Dios o del Diablo que también podría descender hacia dónde moramos y al tomar de manera Borgiana la foto de cada casa de cada cuadra de cada calle, es como si buscara en las puertas la señal de la Cruz hecha con sangre de cordero so pena de que, de no ser así, el primogénito de cada familia moriría.


Pero hoy por hoy, claro, no hay Angeles Exterminadores más que los de excelentes películas. Siendo ese el caso veo desde arriba las calles, como si fuera un dios hecho de barro y logro ubicar la precisa esquina de Homero y Calderón de la Barca en donde están situadas las fotos, no hay que olvidar que esas fotos son de 1962, muy presente tengo yo ese año, excelente cosecha y claro, las cosas cambian mucho en un lapso tan considerable, díganmelo a mí que por entonces era un…


Sí, las cosas cambian, y mirando no había más que las palmas chaparras de en medio de la calle y pues nada más por ahí o por acá, y no encontrando nada significativo en las esquinas y miraba y sin ver nada a que asirme, una figura, un contorno, una silueta, un signo por el cual vencer.

Solo veía unos edificios de departamentos y casas en renta, un árbol que podría ser o no ser, algo raro estaba con la escala, ¿qué tan grande es la imagen de la casa original en blanco y negro con el ciclista ayudando un poco a establecer la necesitada escala?

Finalmente al ver la imagen de la zona urbana delimitada a pocas cuadras desde arriba que voy detectando algo familiar en los contornos de un edificio detrás de los departamentos que daban a la calle, ¿sería posible que…?


Sí, ni más ni menos que encontré la casa, estaba, o está, detrás de los edificios de departamentos, como si de un acto de… otra vez magia, la casa hubiera sido movida más atrás para poder acomodarlos, ¡pero esperen! ¡No! La casa no se movió, sencillamente fue que el patio muy particular, fue amplísimo, como de 30 metros de fondo, más que suficiente para separar el terreno, lotearlo y venderlos a mejores postores en mejores épocas, quizá todavía en alguna década del avance económico y de bienes raíces de tiempos ya idos.

Por fin me meto imagen por imagen, si es que se acuerdan como es Google StreetView con sus fotos tomadas cada 10 metros o algo así,  por la calle de Calderón de la Barca hacia el norte, pareciendo yo de pronto un intruso, mirando los carros, mirando las paredes, buscando ese dato que comento, otra silueta, en este caso, ese grupo de pixeles que agrupados me diera una seguridad, una comprobación.

Y la encontré, debajo de un gran anuncio de MetLife, una barda que desemboca en una columna que está segmentada horizontalmente, y sí, originalmente habían columnas segmentadas a cada tanto las que rodeaban el perímetro de la Casa Encantada. Todo esto en primer lugar.


Las demás piezas fueron cayendo una a una, como en un Tetris atrevido y lleno de audacia logrando más y más puntos en mi voluntad necia de querer entenderlo todo (inútilmente, claro).

Ahí estaban los primeros detalles, los cuales no se pudieran ver si estuviera enfrente, ¿realmente ustedes creen que los de MetLife me dejarían entrar, tomar fotos, sólo para saber si esa era la casa en la que habían filmado esa película de Buñuel? ¿Qué me dejarían hacer un tour por ella? La película se filmó en interiores en estudio, ahora no habría nada similar. 

Obvio.

Pero para eso están las herramientas modernas y ahí se miran el balcón, los ventanales, los adornos de estos mismos, el contorno tomado desde un satélite anónimo cientos de kilómetros de altura sigue después de casi 50 años, al de la foto ya no tan anónima de la casa.


Ok, a lo mejor sí. Tal vez los de MetLife sean buenas personas. Tal vez sepan de la historia completa de la casa del Angel Exterminador, quizá hasta hubiera alguien, no sé, el hijo de un hijo de alguien que conociera de ese lugar en esos años en los que lo palaciego era la norma de la Ciudad de los Palacios, por más a turista que sonara eso.

Que nos contara la historia de cuando a alguien se le ocurrió por motivos cualesquier a hacer lo que describimos arriba, segmentar el terreno y que los nuevos dueños hicieren lo que quisieren.

Que para esto ese fue precisamente el caso. Después de todo, una casa es una casa es una casa, y un palacio es un palacio es un palacio, y una casa donde filmaron los exteriores del Angel Exterminador es sólo una casa donde filmaron los exteriores del Angel Exterminador.


Eso pasa todos los días. Y no se pide que se haga monumento nacional de ello, eso no se pide, sino solo se ruega que haya en la memoria colectiva de la gente que ama al cine de Buñuel, que ama al cine de manera afín a la manera que muchos verdaderamente aman al cine, la existencia de esa casa, desaparecida de la memoria de la Gran Ciudad y que gracias a recursos en base a fotos de alta tecnología de casi 50 años de distancia, una casa real que nos vincula en el tiempo y en el espacio a El Angel Exterminador, del señor Luis Buñuel.

Y para mí, eso es suficiente.