viernes, diciembre 31, 2010

Romances apasionados cuasi infantiles, cuarenta años de Melody

(con pequeña mención obligada al final de Let the Right One In  o como han cambiado los tiempos)

Después de muchos años he podido ver de nuevo Melody, una película de 1970-71 que en este año glorioso de 2011 cumplirá 40.


La película nunca figuraría entre las mejores de su tiempo, o que yo sepa no es memorable por nada en especial. Sólo digamos que la dieron en Monterrey supongo que a partir de 1972 y que creo que fue reprogramadísima como complemento a la película de moda, cuando esta era programada en matinés en los cines de esa ciudad (el Río 70 y el Cuauhtémoc) por esos años y quizá hasta por 1975, por decir una fecha en que puede ser que la cinta ya estuviese hasta transparente de tanto ponerla en los carretes.


También dieron varias veces a Digby, un perro peludo que se hace gigante; a los Charlots en 5 Locos en el Supermercado, una ya olvidada comedia francesa de pastelazo (notable sólo por el hecho de que fue de las primeras películas que mostraban un hipermercado, posiblemente un Carrefour, de alguna manera antecediendo en décadas a los Wal-Mart, Sam’s y mil más Marts, posteriores, profetizando de cierta manera la vida actual con la idea de que el hipermercado era el villano en sí); y finalmente Las Aventuras de Rabbi Jacobo con Louis de Funes, ooootra comedia francesa de pastelazo, por decir algunas lindezas que nos tocó ver por ahí. No, no ejercieron gran impacto en mí… eso creo…

Melody la han de haber dado como 40 veces, yo creo que la vi como 10 de esas.
El porqué las vi tantas veces debió relacionarse con que soy parte precisamente de ese segmento demográfico a quien le correspondía precisamente ser atraído por esa película. ¡Caí perfecto! La edad correcta en la que las niñas a mi alrededor dejaban de serlo. Tantas inquietudes y preguntas… tantos misterios…

Pues así las cosas, ¿de qué se trata Melody? ¿Porqué es tan agradablemente recordada por algunas personas cuando se las mencionas?

Película eminentemente inglesa, que de entre todos los posibles la escribió Alan Parker quien luego sería famoso por filmar películas muy interesante tales como The Wall en 1982, o Mississippi Burning en 1987, o The Commitments en 1991. Su director fue, fue, ok, no, no recuerdo quien fue, y no vale la pena perder el tiempo recordándolo (ok, fue Waris Hussein, ya lo chequé, este cuate es notorio porque fue de los primeros en dirigir episodios del muy venerable Doctor Who en 1963, no encontré nada más notorio más que la misma Melody).

Respecto a los actores y actrices pues, tenemos al gran Mark Lester haciendo el papel de Daniel Latimer, el recién llegado, al gran Jack Wild, el improbable Ornshaw, y a la tierna y dulce Tracy Hyde en el papel de Melody Perkins.

Melody pues trata de la mirada sobre episodios del crecimiento de dos niños a jovencitos, que están ya en sus 11 años y que después de todo, ya comienzan a sentir y a pensar que la vida no sólo está alrededor de amigos, juegos, mamá o papá.

Empieza en Londres, todavía conservadora y aún así emergiendo de la borrachera de la década de los sesentas con sus torbellinos de modas, de tendencias, de revoluciones y de experimentos, en una escuela como tantas, con abundantes edificios de ladrillos, un Rolls Royce blanco por ahí, y tradición, mucha tradición por todos lados, cerca de panteones que guardan a personas desde hace dos o tres siglos por el tipo de tumbas ya desgastadas que se ven en un cementerio abandonado y más allá edificios de varios pisos a punto de derrumbarse pero que no terminaban de hacerlo de los cuales solo queda la estructura.

Londres era un símbolo de una ciudad que buscaba de nuevo su gloria envuelta ahora en altos impuestos y alta inflación, con sus artistas con pocas esperanzas emigrando a lugares menos hostigosos en esos no tan triviales sentidos fiscales.

Ahí el niño llamado Daniel Latimer de aspecto delicado y rostro de un recién regañado, todo afligido, mucho pelo rubio rebelde y algo bajillo, acaba de entrar y ya empieza a formar parte de la vida cotidiana de la escuela.

Son esos momentos de aprender a ser como los demás cuando la escuela intenta acondicionar la conducta de cada quien al entorno general: a que todos aprendamos lo mismo, sepamos lo mismo, hagamos lo mismo, obedezcamos lo mismo, la parte que hemos dado en llamar “ambiente” que junto con genética nos forman… a menos que uno sea Jack Wild, quien da vida como mencioné a Ornshaw, quien es uno de los más vivos de la escuela y quién es quién quisieras que te ayudara, guiara y hasta protegiera en los casos difíciles, como sabemos todos los que hemos estado en una institución educativa en la que el alumnado está dividido en dos, o eres parte de la minoría y eres bully, o eres parte de la mayoría y no lo eres… y te asustan o atacan aleatoriamente los bullys.

O raramente eres como Jack Wild, que no es ni uno y menos lo otro.

Jack Wild es salvaje, incontrolable, anarquista, respondón,  vivaracho, además de un buen amigo y de ser del tipo sentimental. Le cae bien Daniel y lo va guiando poco a poco en los protocolos  y formalidades de la escuela de la que los maestros están como ausentes. Pero lo que pudo ser predecible no lo es. En el camino de una gran amistad, interviene alguien inesperado: Melody.

Melody es una niña linda, dulce, cariñosa y noble, que lo único que quiere es estar con las amigas, hablar con ellas, aprender de las mayores, estar lo menos posible en la escuela y quizá estar en casa con su mamá y abuela escuchando historias familiares. Y todo sería normal, pero el destino indica que debe estar en un salón de música para practicar flauta y se queda sola con,

Daniel que la acompaña en una tonada con su cello, que ayuda a que de algún modo la conexión se esté creando, ellos dos ya se han visto en varios lugares como por casualidad, en el comedor, a la hora de cantar himnos, varias de esas ocasiones resultando con situaciones verdaderamente embarazosas, pero hay algo, hay algo que está sucediendo alrededor de ellos, que es donde reside la magia, donde reside lo espontáneo, donde se empieza a crear ese no-se-qué que hace a alguien a buscar a la persona en una reunión sin que sepamos porqué, sólo por el deseo de mirarla, verla, apreciarla, y quizá soñarla, una vez más, de esa forma tan inesperada algo sucede, y la simpatía se forma alrededor de y con Melody de tal manera que,

Se van viendo en varios lugares, uno de ellos un baile que es muy similar a los que nosotros tuvimos, en los que ahí está la chica que queremos, que está con su amiga del alma de quien no se separa y que por esos motivos trata Daniel frenéticamente de convencer a Ornshaw para que este se preste a bailar con la amiga no tan agraciada (vieja necesidad que todos hemos tenido y que forma parte de ese ritual de sacrificio que tiene algo de inmolación tan de antaño para que uno de los dos goce más que el otro de los favores efímeros de la doncella en cuestión; en México se le llama a eso, “hazme el paro”) para que de ese modo él baile con Melody, resultando, como ya dije, en ese tipo de encuentros que se combinan con desencuentros medio tragicómicos y que a final de cuentas,

Uno no se sabe cómo se dan estas cosas, pero cuando va Jack espera por su amigo después de un particular castigo a los dos por no saber traducir unas frases al latín, al bajar de la oficina del maestro mira a,


Melody, con particular indiferencia, quien está ahí esperando al mocoso de 11 años, Daniel, a que baje de su castigo, con la extraña situación de que él,


el formidable Ornshaw, salga sobrando en este caso y quien se sorprende porque no puede creer que una niña se interponga en la amistad de él y su gran amigo,

Daniel, quien poco a poco va teniendo una especie de relación con Melody que nadie, ni la constante burla de sus condiscípulos y condiscípulas (la maldita presión de grupo que todo lo estropea… hasta cierto punto), puede impedir, y esto se da antes y durante, y sobre todo después de,

La salida a la playa cercana, bueno, quizá no tan cercan, donde ambos, Daniel y Melody, en un acto de arrojo se van solos y pasan el día de manera linda y bella (agregaría ideal y tierna, pero soy poco afecto a poner demasiados adjetivos a una descripción, porque se me hace que alenta el ritmo de lo escrito, entorpece el esfuerzo, hace ver presumido, arrogante, patán, soberbio, creído, torpe al escritor, no mejora nada, y muchas veces interrumpe la lectura con esos largos paréntesis que como desconcentran), mientras la música de los Bee Gees suena en el fondo (To Love Somebody, Melody, First of May), pero los problemas se van fraguando como tormenta que se vienen encima junto con las olas heladas del Mar del Norte golpeando inclemente las rocas impasibles, cuando al día siguiente,

Ocurre que los maestros obviamente se dieron cuenta que ambos faltaron, y por eso llegará, inevitable, el castigo de parte de los maestros pero con la pequeña diferencia que al mismo tiempo surge lo impensable,

Daniel se rebela con fuerza, rabia e impotencia y Melody no se queda atrás, a sus 11 años hablan de frente y con firmeza contra la actitud condescendiente de los maestros incapaces de comprender sus emociones, que nosotros no dudamos, debe ser amor, si no ¿qué podría ser? Así las cosas, de alguna manera derrotados, burlados,

están solos en el cementerio, con la lluvia cayendo, sentados en una de tantas tumbas, tapándose solamente con el pequeño maletín de él, pensando: tienen que planear algo, y deben llevarlo a cabo, pero para cuando algo sucede los adultos se dan cuenta, cuando
estos se fijan que no hay alumnos en dos clases y es con ayuda de un alumno, un anarquista en ciernes que construye bombas fallidas, descubren la verdad: ambos niños, ya casi jóvenes en pleno, se fueron a un lugar, al viejo paradero de trenes, ya medio abandonado, con su grupo de amigos,

A casarse…

¿Qué pasará? ¿Se casarán tan pequeños ambos ambos… ambos, mmm, amantes, no, eso suena muy fuerte, no califican todavía, ¿novios? Sí, es más lógico, suena más claro, ¿¿se casarán tan pequeños novios??

No, no voy a contar el final, en un punto delirante, oh, no…

De lo que voy a hablar es de… bueno, ¿qué tuvo esa película en la psique de muchos de nosotros cuya adolescencia galopó por los 70’s?

¿Por qué está guardada en nuestra memoria con tan buenos recuerdos?

¿Será que por ser la niña dulce, linda, agradable, no guapísima, no voluptuosa, nada, sólo linda y bella? Melody es, hagan de cuenta, Danica McKellar la Winnie Cooper de Los Años Maravillosos al tiempo de cuando comenzó la serie, de hecho la Winnie es muy de su tipo, ambas proyectando de alguna manera inocencia y repito, dulzura.

¿Será el ideal de la memoria? La que inesperadamente una película en el momento correcto nos programa el cómo deberían ser las niñas que nos agraden, y no hablo exactamente del físico sino del como son por dentro, y no hablo que después no nos hayan agradado otro tipo de chicas, acaso más extrovertidas, acaso más abiertas, acaso menos dulces, acaso más graciosas.

Pero por algo lo ideal es lo ideal. La vida no lo es. Con los recuerdos podemos jugar y manejarlos a nuestros antojos, lo que no podemos manejar son los hechos pasados y remarcados en la memoria, los cuales también nos formaron en su dosis y golpes correctos.


Y la adolescencia nuestra transcurrió sin mayores sorpresas, nos gustaba la que le gustaba a todos, la rubia, la desarrollada (obvio), la de piernas bonitas, la guapa, la hermosa, nos gustaban por lo externo, ¿qué más podíamos hacer? No nos podíamos acercar a muchas de ellas, al menos los de mi club, los que vivíamos en la duda, en la angustia, en la presión constante, y ellas hasta donde sabíamos eran seres extraños con modos impredecibles de conducta… aún así… veíamos a nuestras Melodys Perkins y Winnies Coppers a la distancia.


El tiempo y la vida, y los errores son los que forman la experiencia y son los que nos dan las bases y las seguridades para actuar frente a las circunstancias a la que terminaremos de enfrentarnos con la madurez.

Pero no le pidamos eso a un chico de 11, 12, 13, 14 años.

Menos frente a una linda chica, dulce y agradable, de mirada soñadora. Menos frente a Melody,  allá arriba en la pantalla, por siempre sonriendo, por siempre mirando… por siempre siendo parte de nuestra memoria.





(Nada más para comparar nuestros tiempos acelerados llenos de Ipad, Ipod, Iphone, Blackberrys, celular, internet, ultracomunicación, ultrainformación conllevando a la hipersaturación de los sentidos, hay una película similar de cómo se conocen dos jovencitos, de las mismas edades, quizá 12, en la que primero se llaman la atención mutuamente, luego se gustan y luego sienten algo especial el uno por el otro, la película se llama Déjame Entrar, la versión que vi es la sueca, la original, que es genial, uno de los niños es de madre divorciada, viven en la omnipresente nieve  sueca y como ya dije con el paso de los días tiene un tipo extraño de atracción con la niña correspondiente, que vive muy cerca de él. 


Y todo sería normal, algo similar a Melody, con la excepción de que la niña de 12, ha tenido los mismos 12 por muchos años: es vampira, mata a varios de los vecinos y aún así, algunas emociones cálidas se dan entre los dos. Es violenta y desagradable en momentos, pero los resultados son muy buenos. Los tiempos cambian, y las relaciones de amor juvenil de hoy en día, sí que han cambiado un poco :-)

martes, diciembre 28, 2010

Las múltiples opciones, amplios caminos hacia el abismo (¡y el drama!)


 Parte de nuestras vidas es la elección, es el libre albedrío. Pero a veces, estoy convencido, el libre albedrío es ilusorio.

 Sin meterme a religión o filosofía (o sea, siendo simplista) esto es porque muchas veces nos hacen pensar que somos libres. Pero si te fijas un poco, lector, lectora, no lo somos tanto.
 Nuestra libertad está como acotada: “aquí sí di lo que quieras, allá con ellos no porque se sienten… o porque no es correcto bajarle la moral a los demás si expresas exactamente lo que piensas… o porque se trata de seguir las apariencias y punto…”.
Es como seguir las reglas de un juego establecido, si no lo haces así, todo se cae.
Lo peor, si entramos en terrenos políticos pero asimismo incumbentes creemos que tenemos libertad de votar por las opciones que se nos presentan, pero el Sistema nos atrapa al sólo ofrecernos en exhibición a tres o cuatro candidatos relevantes (los otros no son ni serán tan relevantes excepto para restar votos de manera estratégica) que nos fueron impuestos desde las cúpulas de los Partidos o del dinero
¿Qué el dinero no impone al candidato? Es obvio. ¿Quién puede ser candidato de algún partido si se tiene que ir a trabajar en los días hábiles de siempre para poder vivir y más para mantener una familia?
Y no menciono que esos candidatos son elegidos por pequeños pero poderosos grupos que controlan con celo la entrada a sus sacrosantos Consejos Nacionales y que son quienes manejan el pandero, quienes cuentan más que otros, y en eso no hay nada de novedad ni de descubrir el hilo negro, sucede en todos los partidos, en todos los lugares de nuestro hermoso México.
Entonces quizá lo que sucede es que creemos (¿o preferimos creer? ¿O jamás lo aceptamos, pero no podemos oponernos con alguna acción como no votar porque saldría peor?), que tenemos la ilusión de poder elegir.
La ilusión de las opciones.
Más ese es otro tema finalmente. (Porque no me quiero amargar).
Lo que quiero es destacar que hay estudios que indican que no es bueno un mundo en donde tengamos taaaantas opciones de donde elegir.
¿Cuántos canales son los que nos ponen las compañías de televisión por cable a elegir… y de estos que algunos sean significativos realmente? Queriendo decir esa palabra lo que quiera decir, claro.
Por ejemplo, acabo de leer de la existencia de un paquete de esos de cable y antena con más de 200 canales y sé que con todo y eso, un día nos quejaremos de que no hay nada de nuevo.  Mismas películas misteriosamente en diferentes canales, mismas temporadas viejísimas de programas que se repiten por años. Mismos programas en la mañana tarde y noche, mismas noticias, mismos programas de revistas inidentificables uno de otros, y una vez más, mismas películas.
Ve a un buen restaurant, y encontrarás que hay decenas de buenas elecciones. Pon tú que lo que eliges promete estar rico. Sí, pero una vez ya traído por el amable buen mesero y verás en su momento hacia el platillo que eligió tu compañero de al lado, ¿no te ha pasado que te quedaste con la duda de si debiste haber pedido uno igual? Parece más jugoso y hace mucho que no comes un “rib eye” cocinado así, aparentemente jugoso y suculento. Mmm. Y pediste pescado. Uf.
Okey, a ti no te ha pasado porque eres muy centrado o centrada de carácter y no tienes duda, y lo mejor de todo, eres de las personas que tiene bien claro qué quiere y qué espera de la vida. Y sabes elegir y sabes quedarte contento. O contenta, pues.
Yo no.
Yo sí sufro con tanta elección. Me pasaba mucho cuando compraba nieve en los Danesa 33.
 (Nota informativa: era una cadena de franquicias de heladerías o neverías por todo el país. Fueron muy famosas las promociones en tiempo de Superbowl, diciembre y enero de cada año, ya que tenían todos los cascos de los equipos de futbol americano, creo, y en ellos pedías tu nieve.)
Bueno, ahí estaba frente a los 33 botes con 33 colores con 33 sabores, todos ofreciéndome 33 maravillas para mi gusto.
Promesas dedicadas a mi paladar llenas de misterio y sorpresa.
Ya ante su exuberante mostrador empezaba la selección, porque había que hacerlo, quizá ese sería el día de cambiar, de probar, de ser atrevido.
Y así ocurría: Ese sí, ese no, ese tal vez, no, no, no, sí, quizá, una vez lo probé y no me agradó, sí, no, sí, no, no, jamás, no, el chocolate no me terminó nunca de agradar, no, sí, no, sí, y ese que onda, y ese, pues tal vez.
Esa fue la primera ronda.
Quedaron siete: ese no, ese… tal vez, ese no, ese tal vez, no, no, sí, ese síiiiiii.
Ya no hubo más rondas.
No que supiera el final cada vez (¿destino? ¿Acaso estaba escrito como sucedió en Slumdog Millionaire?), pero no, nunca compré más que el sabor vainilla y en un lapso de audacia y valentía sin igual, compré uno de nuez con mantequilla. Sólo dos sabores probé y me faltaron los otros 31 con los que me quedé con la maldita duda para siempre.
Y dicen que la posibilidad de elegir es la culminación de la libertad y de la civilización.
Puede serlo, y de hecho, okey, supongamos por un momento que lo es.
El problema hoy es… el exceso de opciones.
¡No pueden ser tantas, por favor!
Para esto The Economist sacó un artículo este diciembre pasado (para mi es este diciembre, pero para cuando se lea, lo más probable es que diciembre será pasado) que se llama “You Choose”, Tú Eliges.
Y dice cosas como:
El supermercado americano PROMEDIO tiene en sus anaqueles 48,750 artículos y de acuerdo al Food Marketing Institute, eso es cinco veces más que 1975.
En un supermercado británico tipo Tesco, hay 91 shampoos diferentes, 93 variedades de pasta de dientes y 115 limpiadores para el hogar.
Tropicana de Pepsico, tenía 6 sabores de jugo en 2004, hoy hay 20, en la década venidera habrá 30.
¿Y por el otro extremo? Se decía que en la Albania Comunista de Enver Hoxa sólo había radios sin diales para cambiar de estación, porque como sólo estaba permitido oír la estatal así se evitaba la pena de detener a la gente por escuchar radio extranjera, entonces, ¿qué necesidad de cambiarle?
Ese ha de ser el actual sueño de Chavez.
(Sólo les recuerdo que si nos ponemos a pensar en nuestro caso máximo de opciones política, es ficción que tengamos opción de elegir presidente libremente, los mismos partidos crean las reglas del juego: las del origen de los propios partidos limitando la creación de más; crean o modifican las reglas del Instituto electoral que rige las elecciones; y para acabarla de amolar nos hacen creer que en tiempos de elecciones esos que nos desean gobernar son los mejores. Y no, no lo creo posible. No pueden ser los mejores. Los hechos lo demuestran. Qué mundo sería este sí esos los que nos gobiernan fueran los más capacitados, pero lo que pasó en la realidad es que fueron elegidos porque no tuvimos otra opción).
No es que no deba haber opciones, o que las marque el estado con sus odiosas limitantes o el mercado con sus codiciosos deseos infinitos.
Deberíamos ser nosotros quienes marcáramos el orden de las cosas, pero ¿quiénes somos nosotros?, ese es el problema. Y ellos saben que nosotros no lo sabemos. Y afortunadamente sólo tienen la idea de quienes somos.
El caso es que, como dice el artículo de The Economist: “en cuanto las opciones se multiplican, hay un punto en el que cualquier esfuerzo requerido para obtener la información suficiente para ser capaz de distinguir sensiblemente entre alternativas, este esfuerzo sobrepasa el beneficio del consumidor con respecto a su opción extra”.
En este punto, menciona el artículo de la revista a Barry Schwartz, quién escribió “The Paradox of Choice”: 
“…la opción ya no libera, sino que debilita, podría decirse aún más, tiraniza…”
y termina diciendo 
“el hecho que algunas opciones sean buenas, no necesariamente significa que mientras más opciones, mejor…”.
Sigue la revista ahora mencionando a Daniel McFadden, un economista de la Universidad de California, Berkeley, donde afirma que los consumidores encuentran mucho problema con las demasiadas opciones a causa del 
“riesgo de la mala percepción, el mal cálculo, un mal entendido respecto a las alternativas disponibles, o… incluso leer mal los propios gustos de uno mismo, o enfrentarse a ceder al impulso del momento, con la consecuencia de lamentarlo después”.
McFadden agrega a todo lo anterior, el “stress mismo de la adquisición de información”.
Este sí que me ha tocado conocerlo.
Esto nos lleva al pánico y a la falla posible para elegir una de las opciones. Preferimos muchas veces que alguien más lo haga por nosotros: el mesero, el dependiente de la tienda, quien sobra decir que son quienes más le interesa que tomemos o adquiramos el producto o servicio, ignorando o pretendiendo ignorar esa realidad.
Pero tenemos miedo a elegir y a lamentar después.
No faltan los buenos amigos que nos dicen “¡nombre!, por ese precio te hubiera conseguido tal o tal”, o los otros buenos amigos que te dicen también: “¡ noooo!, hubieras ido a tal parte, a sólo unos pasos y muy seguro hubieras encontrado algo mejor y más barato…”).
Me pregunto si los mercadotécnicos no se han puesto a pensar en eso o si no han podido convencer a los que toman las decisiones de que no queremos tantas opciones.
Creo que no queremos tantas opciones. “Menos es más” se está volviendo tendencia. El concepto de las múltiples opciones es anatema para las ONGs verdes. Les recuerda el exceso de consumo y el exceso de industrialismo en este planeta.
Muchas opciones suenan a un sueño hecho pesadilla, quizá predicho por el Shock del Futuro o a esos rollos de que tú serás el público final, que todo será hecho para ti y alrededor de ti gracias a elegir entre todas las opciones, que ya no serán hechos para la masa.
Una especie de anti Modelo T, de Ford, en el que tú al comprarlo en aquella época, podías elegir el color que quisieras, mientras que este fuera negro, gracias.
El futuro que se predecía era que el color de tu carro podría ser tan personal o único como para que combinara con el color de tus ojos miel, o con el de tu cabello castaño oscuro, o con el de tu piel, o con el de tu ropa favorita, o con el de tu sabor de helado de Danesa 33.
Las múltiples opciones. Suena a pesadilla del futuro.
No habiendo más que añadir, les agradezco que hayan elegido este blog de entre tantas millones de opciones, esperando que no les haya causado ni stress o ansiedad ni nada similar.
Pasen un lindo día. Ahí no hay que elegir, no hay opción ahí, sólo depende de ustedes,  :) 



sábado, diciembre 18, 2010

Mi Romance con los Zombis y Algunas Metaforizaciones en Tiempo Real





Hay algo raro sobre escribir sobre zombis. De hecho pensé que nunca vería sus derivaciones en los conceptos de cultura popular. Siempre he sido escéptico de las modas excepto cuando parecen que estas son más bien tendencias. A veces es difícil distinguir unas de otras.

Y las tendencias pueden no ser sólo en tecnología, o poblacionales o sociales. Y a veces no son tan importantes o visibles como para que dejen alguna impresión en la mayoría de la gente, pero de que existen, existen.

Cómo que todo esto de los zombies empezó de manera más seria con la película aquella de The Night of the Living Dead del año 1968 y dirigida por George Romero. Película en blanco y negro original en la que por una extraña razón los muertos se levantan de sus tumbas (esa sí que sería una razón muy extraña), y que por otra razón más extraña todavía, vengan estos por los vivos con ansiedad y con algo que pudiera ser mezcla de rabia y furia (¿estarían muy tranquilos y se levantarían con coraje por lo que les pasó?).

O sea, ¿cómo identifica un muerto a un vivo y como le puede llamar la atención este vivo para que el muerto lo quiera matar?

No, no es un tema agradable per se, o sea, no es como hablar de Rosita Fresita o de las Bratz, o de la historia no contada de las fotos eróticas de la Barbie, de las que me tocó saber de ellas en los albores del navegador Netscape allá por 1994.

No, aquí se hablará sencillamente de zombis, de muertos vivientes y sobre todo porque por cosas raras han tenido un boom que ha sorprendido a muchos. A mí al menos.

Películas, comics, juegos, libros, y ahora, increíble, programas de televisión.

No, ya lo dije, no es nada atractivo ver cuerpos en putrefacción caminando con sonidos de uugh, argg, errrrgh y que caminen rápido hacia ti, y que te quieran comer, morder, devorar como justa culminación de una cadena alimenticia vuelta de revés en la que nosotros ahora somos los comidos, mordidos, devorados. 

Digo, debe haber algo últimamente en un amplio sector de la población que nos haga voltear hacia estos temas macabros por aquello de que estos zombis son como muertos vivientes, o sea, más de lo obvio, gente que o no se fue al cielo o que no se esperó al Juicio Final, o que de plano no les dieron trabajo en el video revolucionario (por costo, longitud, tratamiento, detalle, perfección y utilización de recursos narrativos evidentemente sobrenaturales) de Thriller de Michael Jackson, ese que gana todas las competencias del Top 20 de VH1 Latino en las que pueda colarse.

Y sí, películas, es natural, el otro día comenté que nuestras armas nacionales se han cubierto de gloria en estos temas, desde el mismo Santo que peleó si mal no recuerdo contra los Zombis (algo así se llamaba la película en ese modito genérico de Santo Vs algún supervillano terrible, pero que por desgracia tal cinta no tuvo gran trascendencia como lo fue por ejemplo cuando el popular enmascarado peleó CONTRA las Mujeres Vampiro, que esa sí, siempre ha sido un constante delirio de alto contraste y de divinas memorias.

Nada más para acabar el tema del Santo les recuerdo que él mismo fue quien ayudó a sus camaradas Mil Máscaras (quién mi hijo me acaba de preguntar quién era) y de Blue Demon, a resolver un problema grave de zombis ni más ni menos que en Guanajuato, y en este caso, no tan inesperadamente, los muertos vivientes eran las mismas Momias de Guanajuato, o sea, cosas del folklore regional del Bajío.

Pero hay que hacer la observación al respecto de que estas Momias no morían si por decir se caían de un edificio de cuatro pisos, digo, en la trama de la película no había un tratamiento o protocolo claro de cómo matar estos seres, o más bien debería decir, destruir a estos seres porque no puedes matar a un ser que ya está muerto, ¿verdad?

Pero el Santo, que era muy bueno en cuanto a resolver problemas sobrenaturales de todos tipos (mas que su hijo, ni modo, todos lo sabemos), arregló eso con unas armas de chispas que salían de sus botas plateadas de luchador plateado y más todavía con una pistola de rayos de fuego, que había dejado en su esplendido carro descapotable, que no era un Karmann Ghia, aclaro y que probablemente era un MG precioso.

Bien, el punto es que no he leído y ni leeré la novela de Pride and Prejudice and Zombies porque es una locura, interesante ejercicio de seguro, pero que en realidad no me atrapa mi idea de pasar una bella velada con una vela, claro, ¿de qué otra manera se pasan las veladas?, leyéndolo supongo.

Y de cine, pues, no, tampoco me es atractivo ver el actual cine de zombis.

Pero el mismo tema en TV y comics fue otra cosa, y me encontré con que sí los estoy viendo y leyendo, y no quería, lo juro, pero al final caí. No había remedio, era AMC, el canal que transmite originalmente Mad Men, de la que tengo excelente opinión (de la que tenía que hablar primero y ya me falta cualquier cosa), y pues, lo hice, vi The Walking Dead, la serie y leí contra mis mejores consejos, The Walking Dead, el comic.

Y ya. Se me hizo buen drama, fantástico, basado en la premisa no muy original de que en la tierra mucha parte de la humanidad se quedó haciendo esos sonidos grotescos, al parecer muertos que de alguna manera sienten como dije, necesidad de comerse al prójimo vivo. Literalmente.

Se tiene que desconectar el cerebro totalmente, para poder disfrutar del espectáculo de ver a sucesores de los que aparecieron en Thriller al por mayor y que de alguna manera u otra son muchísimos y son malos en sí para términos de transgresores totales del orden establecido.

Pero la cosa no para en la serie en sí, de hecho no solo no para y ni siquiera comienza en la TV,  todo comienza en un comic, como ya prefiguré.

Este comic fue realizado por dos personas. Uno es Robert Kirkland, y el otro es Terry Moore, respectivamente escritor y dibujante.

En 2003 estos dos se pusieron a escribir y a dibujar un comic que hablaba de una situación que se da con un policía de pueblo que terminó en un coma (con detalles muy similares a los del coma de Johnny Smith, de la novela La Zona Muerta, de Stephen King) y que despierta en un hospital abandonado (al parecer muy similar a la película de 28 Días, de Danny Boyle) y que de pronto descubre que hay muchos muertos y que lo peor es que hay muchos no muertos pero tampoco vivos que son espantosos y que solo quieren comerle.

Los zombis son espeluznantes, ya saben: feísimos, cadavéricos, en descomposición, mostrando una definitiva estética PostThriller-esque que impacta: a algunos les faltan miembros y caminan y  en grupo hacen bola y te pueden morder, y esa es la idea básica y muy muy repetitiva, te muerden y en espacio de horas te conviertes en uno de ellos…

La buena transición del comic a la pantalla ya no es novedad, últimamente ha tenido varias novelas gráficas y comics en sí que se han llevado a las películas, así ha sucedido desde mucho tiempo atrás con Sin City, 300, Road to Perdition, mas los ya muy tradicionales Superman, Batman, Spiderman, Daredevil, et al.

Aquí se retrata fielmente, me parece, de un medio a otro la situación de la cuestión de sobrevivencia de un grupo de personas que no sé porqué son minoría y que se defienden de la gigantesca mayoría que son los muertos caminantes, que no hacen esto por maldad exactamente. De hecho los muertos no son malos, solo son muertos en necesidad.

Así las cosas, la serie es de seis capítulos, ya las vi todas, el uno al cuatro fueron muy buenos, el quinto fue más como tenue, el sexto amarra algunos cabos sueltos, y deja el puente (muy a la Star Trek II: La Ira de Khan) para poder esperar con cierta ansia la serie dentro de 10 meses que es cuando la darán el próximo año, y lo que pasa aquí es que los ejecutivos y la cadena que pone el dinero no sabían si valía la pena meterse de lleno en una serie que es gore, que es depresiva, que es hiperfantástica, apocalíptica y de plano, terrorífica.

Pero ya vieron que sí pegó y ahora se enfrentaron con el detalle de que tuvieron que cerrar esta historia en seis capítulos como ya dije, para que suene lógica y sobre todo, con un final satisfactorio (cosa que no diré si sí o si no).

Paciencia se nos pide.

 

Pero no es algo que nos sobre de momento y de cierto modo leemos el comic. Y son 78 números hasta ahorita y la historia del programa de TV comenzó igual, pero poco a poco se bifurcó  un poco para luego coincidir en algún detalle que sigue siendo igual. O al menos similar.

Si, la serie y el comic difieren pero coinciden en un tratamiento de historia más sensible, donde como menciono arriba, alrededor de una historia de supervivencia extrema, apocalíptica, donde se da el amor, la sensibilidad y sobre todo intentos de mantener la cordura en un mundo cambiado radicalmente, donde uno se imagina que uno de los finales preferibles sea cuando el principal personaje, el policía de pueblo diga “todo esto no fue más que una maldita pesadilla”. Esperemos que no sea así.

El punto final es que The Walking Dead es televisión de calidad. Pero no para almas con fibras delicadas o de buen gusto. Oh no.

Disfrútenla de todas maneras. No sabemos cuánto duren las tendencias, ¿ok? Y para el 11 de Octubre del 2011, falta muuuucho. (Pero para eso, está el comic).

Añado a lo anterior, habiendo acabado de ver ya el sexto capítulo de The Walking Dead.y leyendo un artículo del New York Times de Chuck Klosterman, titulado My Zombie, Myself: Why Modern Life Feels Rather Undead, o sea, Mi Zombie, Yo mismo: Porqué la Vida Moderna se siente como si fuera Muerta Viviente.

En general el artículo afirma que nos gustan las historias de zombies, bueno, a mucha gente, porque estos: 1) Son fáciles de matar, 2) Salen y salen y salen de tal modo que hasta parecen correos electrónicos o twitters, 3) sobre todo nos gusta eliminarlos (cualquier relación con la hiperpopularidad de juegos de video tipo shooter como el Doom, en donde también matas demonios y seres no vivientes tal vez no sea pura coincidencia).

Continúa el artículo diciendo que esta es nuestra proyección de miedo colectiva: que todos seremos consumidos. Que los zombis son como el internet y los medios y cada conversación que no queremos tener.


Que es como todo lo que viene hacia nosotros sin cesar (y sin pensarlo), y que tenemos la idea debajo de nuestras sinapsis de que si nos rendimos a ese enemigo seremos derrotados y absorbidos.

Que sabemos que todavía esta guerra es manejable, pero que no es ganable. Mientras nos pongamos a borrar directamente lo que sea que esté directamente enfrente de nosotros sobreviviremos. Vivimos para eliminar los zombis de mañana. Seremos capaces de seguir siendo humanos, al menos por este tiempo. 


Nuestro enemigo es implacable y colosal, pero no es nada creativo y es estúpido.

Combatir zombis es como combatir cualquier cosa “obnoxiosa” frente a nosotros que fluye y fluye deseando controlarnos y aniquilarnos para dejarnos sin consciencia y sin pensamientos más que los básicos, entes inconscientes que esperamos en la oscuridad.

Y ahora, lo anterior démosle otra vuelta más a la tuerca.

La idea es esta. Somos nosotros seres rodeados de malos; estos seres salen de todas partes, nos acechan, muchos aparentan ser normales, y parece que somos menos, o nos sentimos menos que ellos, pero porque están armados, vienen, nos aterrorizan, nos roban la tranquilidad, nos secuestran, nos extorsionan, nos matan.

Y no salimos a las calles de noche, porque parece también que nos están aguardando en las sombras. Y parece de pronto que la guerra es entre ellos y se matan pero salen más y la guerra parece que es eterna.

Y como los muertos vivientes, estos seres no tienen sentimientos y así van por la tierra de los vivos derrochando crueldad, desbordando verdadera maldad por todos lados… quizá los zombis son en este sentido más dignos de compasión que los otros. Y a ellos los podemos matar, directamente y a la cabeza.

¿Qué sí hablo de los narcos? Sólo entre ellos mismos, o el ejército o la marina, y no siempre están estos cerca de nosotros.

Lo malo es que los zombis, reconozcámoslo, no existen, y los narcos que nos acechan, sí y mucho…

Disfrutemos de ellos, los zombis, y matémoslos cuando aparezcan y a los correos, matémoslos cuando lleguen, y a las vicisitudes matémoslas cuando nos molesten, y a los twitters matémoslos cuando sean demasiados y las llamadas matémoslas cuando sean recurrentes.

Hay muchas de esas amenazas tipo zombis por destruir, las ganas de hacerlo, ahí está la voluntad nuestra de cada día, también, el tiempo, que no es tanto, sigamos, pues… y como dice Woody Allen, procurar regresar a casa antes de las 6 de la tarde.

No vaya a ser la de malas.