jueves, mayo 28, 2009

Tú Tan Generoso, Como Siempre o Cómo Haces Millonaria a tu Telefónica, Mensajito a Mensajito.

Antes de empezar en materia, sepan que no sé mucho acerca de cómo ponerle precio a las cosas. ¿Tú sí? ¿Qué hay un mercado que automáticamente te va diciendo a cuanto está algo? ¿La Mano Invisible de Adam Smith? ¿Oferta y demanda? ¿Elasticidad de ésta última? Ajá. ¿Los costos? ¿Los costos escondidos? ¿La estación en la que estamos? ¿La paridad del dólar? ¿La inflación? ¿Si hubo una inundación en Florida habrá que tomarlo en cuenta? ¿A cómo vende el de enfrente? ¿Abundancia o escasez de materias primas? ¿Mal o buen cálculo de la merma? ¿A ojo de buen cubero? ¿Habrá una materia que nos perdimos, de Cubería I  o Cubería II, o la peor, Análisis Vectorial de Cuberías? ¿Habrá un libro llamado “Ser un Buen Cubero para Dummies”? ¿Y su ojo, cómo está construido?  Ya, no deseo desviarme. Demasiado.

Un precio es importante.

Con eso se define la mitad de nuestra civilización occidental. Todo es dinero, goddamitt, la otra mitad es que nos lo paguen, eso, el precio que pedimos.

Un presidente de esta gran nación dijo una vez antes de hablar con nuestros connacionales, hace ya poco más de 50 años, “¿A cómo amaneció el precio del tomate?”. Eso se llama sensibilidad. Sen-si-bi-li-dad. Hay que saber a cuánto está el precio del tomate, de la tortilla, del metro, para saber cómo está la onda realmente en nuestro país. Si no lo sabes, no te lances de candidato a nada. Perdón, de diputado sí, esos como quiera al momento de ser “elegidos” ya dejan de ser normales y se convierten de pronto en supraciudadanos que no responden a nadie más que a su partido. Mala cosa. Y con fuero. Mal humor para empezar un blog.

Las cruzadas son largas, no son lindas. Hay que tener vocación verdadera. Todo está bien, mientras no salgamos crucificados. El genial Julio Cortazar, al finalizar un cuento, no diré cual, dijo muy claro, “no se baja vivo de una cruz”. Gulp.

De cualquier modo llevo una cruzada por ahí, informal y todo: Saber que hace TELMEX con nuestros remanentes que se quedan en las tarjetas telefónicas que le compramos. Sí, el pesito o los dos pesitos que no se pueden usar porque las tarifas del minuto del celular o la llamada local, o el minuto de larga distancia a donde quieres hablar en esa sobreabundancia de casetas telefónicas excede ese o esos dos pesos. Y ahí se quedan en la tarjeta (que de cualquier manera tú le financiaste a TELMEX cuando la compraste, es decir, le diste dinero de anticipado, ¿me captas?). Dentro de ella, de la tarjeta. Sin posibilidades de canjear nada, sin poder para recuperarlos. De perdido conseguir un chicle Motita, caray. De los rojos, tutti-frutti.

Pero es otro tema, digo. TELMEX sabe axiomáticamente que somos un pueblo atomizado sin poder de unión. Esos dos pesos acumulados por tarjeta vendida, casi usada en su totalidad y posteriormente olvidada al mes por no sé cuantos años le resultan una buena casa al que sea accionista de tal empresa. O un buen carro, o buenos viajes. En fin. Somos millones, ¿no? De usuarios. Todos sin memoria colectiva. Todos propiciando el olvido.

Sin poder hacer nada al respecto.

Pequeños olvidos o descuidos colectivos, grandes ganancias corporativas. Ese es un buen título para este artículo, ¿eh? No. Siempre no. Con El Poder de Tus Mensajitos de Texto. Le falta garra. Tú Tan Generoso, Como Siempre o  Cómo Haces Millonaria a tu Telefónica, Mensaje a Mensaje. Algo así. Mmm.

Bueno, el caso es que así hay varios ejemplos.

¿Uno más? ¿Realmente deseas saber?

Tú lo pediste. Recuerda, no podrás hacer nada al respecto. El ejemplo este que sigue es de finales de diciembre de este año. Casi es una traducción del original, del New York Times, como ahí dice, sólo algo acotado. El título en inglés es, “What Carriers Aren’t Eager to Tell You About Texting” o sea, “Lo que las Compañías Telefónicas no Están Ansiosas de Decirte Acerca de los Mensajes del Celular”. Algo así.

Cuando termines de leer esto sentirás sorpresa, y finalmente llegarás a la indignación, pero no te apures, quizá lo olvidarás en una semana, y ya no más. Es con lo que cuentan las compañías, con el olvido. No importa que haya salido en el New York Times. Nadie hará nada. A menos que el senador que sale en la historia sí haga algo. Pero lo dudo. No es tema de interés nacional. O mundial. Peor aún, es algo téc-ni-co.

Al pueblo se le dice de manera sencilla las cosas. No le demos más información porque lo confundimos. No lo digo yo, lo dice Chris Rose, autor de How to Win Campaigns, un libro inglés que lo pueden leer ustedes en partes en Google Books, especializado en campañas tipo Greenpeace.

Este blog, por tanto, no conseguirá gran cosa.

Pero de que resultará interesante mostrar lo vertido en ese artículo, resultará interesante.

Ahí va. Mas o menos, ¿de acuerdo?

En 2008 se mandaron cerca de 2.5 billones (latinos, es decir, 2,500,000,000,000) de mensajes de texto de celulares en todo el mundo. Son muchos mensajes. Muchos, muchísimos. En USA ya hay gran preocupación al respecto del tamaño del daño que le puede pasar a los adolescentes de tanto mandarse mensajes. Hay noticias de muchachos comunes y corrientes que mandan casi media docena de miles al mes. Ya luego se quejan de que algo feo les sale en los pulgares. Tres mil, cuatro mil, seis mil, son muchos mensajes. Lo hacen de noche, lo hacen con las manos en la espalda, en el salón de clases.

Y como tantas cosas en el mundo, no sabemos mucho de lo que hay detrás. En su parte téc-ni-ca. ¿Será vivir en la ignorancia, mejor que vivir en la casi ignorancia? (De nuevo el poder del “casi”, suena a algo así como a “Fuzzy Logic”, lógica confusa.)

Esa es una de mis preguntas, yo vivo, no en la ignorancia, sino en la “casi”. No sé si eso me trae felicidad. No sé si eso me trae satisfacciones o un sentido de superioridad. O uno más amargo, de inferioridad, tal vez. O de impotencia. O de cinismo. O de amargura. O de…

El punto es que en esa nota escrita por Randall Stross menciona a un senador demócrata de Wisconsin, Herb Kohl, presidente de un subcomité del senado relacionado con antimonopolios, que quiso ver “que hay detrás de la cortina”, alusión al Mago de Oz, o sea, la farsa más grande de este lado de Kansas.

Este senador tenia curiosidad inicial acerca del porqué se duplicaron los precios de los mensajes de texto de celular cargados por los principales carriers americanos de telefonía del año 2005 al 2008, durante un tiempo en que la industria se consolidó cuando seis compañías se hicieron cuatro.

De esta manera el señor Kohl mandó una carta a Verizon Wireless, a ATT, a Sprint y a T-Mobile, invitándolos a responder algunas preguntas básicas acerca del costo de los mensajes de texto y sus precios al público.

Primero que nada he de decir que me maravilla que exista la posibilidad de que haya burócratas elegidos que se les ocurra un día dejar de pelearse con otros políticos o partidos para poner atención a ciertos temas que nos incumben.

Pero bueno, esa es mi reflexión personal.

Para esto un mensaje en sí de celular a celular es un medio relativamente nuevo que se dice que lo inventaron estudiantes japoneses de pronto y de repente, como de la nada, de manera espontánea, mientras otros dicen que fue Nokia y otros más dicen que fue un ingeniero alemán no se qué, quién definió que fueran a lo máximo de 160 carácteres.

Ex abrupto: 

El caso es que ahí están estos y no se irán hasta que alguien desarrolle telepatía con un casco o cosas así, a tarifas módicas, claro. Y que ojalá que los  mensajes no le lleguen al equivocado, y que el pensamiento sea sólo lo que se quiera mandar y que no mandemos realmente lo que pensamos en extensión, intención, volumen, tono, timbre, intensidad y demás.

Por un momento recordé la obra de Alfred Bester, El Hombre Demolido, de allá de los 50’s, novela que habla de una sociedad humana telépata, es decir muchos años en nuestro futuro, siglo 24, en la que todos sabremos lo que piensan todos, porque en ese entonces ya todos lo seremos, por eso la vida es un poco diferente, bueno, el caso es que en la novela hay varios tipos de telépatas, divididos en clases, suena familiar eso, ¿eh? El caso es que una de estas personas quiere cometer un crimen y por ello debe ocultar sus intenciones de manera perfecta, porque como ya dije, todo su mundo conocido es telépata, todas las personas de su círculo sabrían de antemano lo que alguien quiere hacer, por tanto nuestro antihéroe se agarra de la musiquita de un comercial pegajoso que hace que alguien se la escriba y se la mete al cerebro de tal modo intenso que todo mundo detesta la musiquita absurda esa. Hagan de cuenta que escuchó alguna canción de las de ahora de ciertos ritmitos musicales en boga que esperamos a que no lleguen a ese futuro de telépatas.

Entonces en la historia, nuestro personaje va a cometer el crimen, protegido por un cómplice cuando…

Pero de hecho, esa es otra historia, así que mejor continuemos, ¿no?, con los mensajes de texto de celular.

Fin de Exabrupto.

Siempre será la búsqueda del modelo sustentable, comercial, de lo que sea, nunca olvidarlo, lo que haga al progreso en este mundo más que el altruismo o el querer que la vida sea mejor para la humanidad. 

Axioma de axiomas.

El caso es que durante los tres últimos años todos los carriers, o compañías telefónicas, como se les dice en inglés, decidieron incrementar el precio por uso de mensajes de 20 centavos de dólar de 10 que costaban cada uno. Cómo ya se mencionó también, en el año 2008 se enviaron 2.5 billones de mensajes, este año se espera que se manden 3.3 billones.

Según la nota del New York Times, las respuestas escritas al Senador Kohl tanto de ATT, Sprint y T-Mobile, hablaron mucho acerca de los planes de precios sin llegar al punto de cuánto cuesta realmente mandar mensajes de texto por celular. Igualmente el autor del artículo tampoco consiguió nada al comunicarse con ellos.

Pero no hay problema, tarde que temprano las compañías telefónicas tendrán más oportunidades de hablar de sus decisiones de precios ya que tienen encima veinte demandas por alegatos al respecto de que se ponen de acuerdo para fijar los precios a su conveniencia. Me suena familiar eso, ¿cómo? ¡No es posible! ¿Lo hacen en USA también?

De acuerdo a las respuestas tranquilizantes al Senador Kohl por un lado el precio por uso de un mensaje viene de normal en un paquete mensual de 10 a 15 dlls, lo cual si se llegan a usar todos los mensajes estos llegarán a valer menos de un centavo de dólar.

Por otro lado, una compañía, pobre ella, T-Mobile, se quejó de que la ganancia, por  mensaje, les ha bajado en más de un 50% en menos de tres años. El problema no es ese, ya que en dado caso eso sería una buena noticia para los clientes, como dice el NYT, el punto es que el volumen de mensajes en los Estados Unidos en ese lapso ha crecido más de diez veces. De acuerdo a una asociación civil que trata del tema, CTIA — the Wireless Association, situada en Washington, eso significa que esa reducción de la mitad enel costo por mensaje, ya les ha dado una ganancia de cualquier manera, dado ese volumen de incremento de 5 veces, que en lugar de 10, sigue siendo algo considerable. Me suena esa nota como de pie de página, aclaración no pedida, del 50% de baja de ganancias como si fuera una señal clara de “considérennos, no somos tan ricos como pudimos”.

Para esto, una explicación téc-ni-ca:

Un mensaje de texto inicialmente viaja de forma inalámbrica de un celular a la estación más cercana, esas torres que están por todas partes, de antenas con arreglos de tres, de donde son transferidas por cables hacia los tubos digitales de la red telefónica, y luego, cerca de su destino, esos mensajes son convertidos de nuevo a señales inalámbricas, para llegar de la torre más cercana al celular del destinatario.

El punto es este: un profesor de Ontario, Srinivasan Keshav, de ciencia computacional, que de seguro sabe más que muchos aquí (incluyéndome, por supuesto), de la Universidad de Waterloo, dice que “los mensajes de celular son pequeños, aún mil billones parecen muchos para mover, pero no es así”.

El artículo del NYT acota: en la parte alambrada, la parte “wired” de su viaje, un archivo de esos 160 caracteres máximos, son de de cualquier manera de tamaño infinitesimal, in-con-se-cuen-ta-les para lo que estamos hablando realmente, sea lo que quiera decir in-con-se-cuen-tal (una vil canción de tres minutos a una compresión tipo MP3, serían aproximadamente el equivalente de 3,500,000 caracteres, o sea, 3 megas y medio o sea, 22,000 mensajes pueden caber perfectamente en ese espacio).

Por otra parte quizá, continua este artículo tan interesante, quizá, los costos para la porción inalámbrica de cualquier lado, por decir la del principio al final del viaje, son altos, el espectro radioeléctrico es finito, y los carriers, las telefónicas tan generosas lo pagan a precio de oro para tener el derecho a usarlos.

Pero he aquí la magia: los mensajes de texto de celular, no sólo son pequeños, también se van de paseo gratis, están dentro, embutidos por decirlo así, en lo que se llama un canal de control, un espacio reservado para la operación de la red inalámbrica.

Esa es la razón por la cual el mensaje es limitado en longitud, 160 carácteres, y no debe excederla, porque es la longitud del mensaje utilizado para la comunicación interna entre la torre y el celular, la que indica a tu celular, esto lo supongo yo, que eres el celular tal y tal y que estás en tal celda (por eso se llaman celulares porque el mapa de la ciudad está reticulada de celdas en forma aproximada de hexágonos en cuyo centro están las antenas), mensaje que se usa de manera constante y continua esperando una llamada de entrada, o una de salida.

O sea, en otras palabras, ese espacio, ese canalito de control, úsese o no, se inserte el mensaje de texto o no, siempre está ahí, disponible.

¡Ah!, ¿verdad?

El professor Keshav dijo que una vez que la telefónica invierte en el equipo de almacenamiento centralizado, por decir, guardar un terabyte (cosa de mil gigabytes, cada gigabyte puede guardar más de seis millones de mensajes) cuesta sólo 100 dlls y aún ese precio sigue bajando, y aún tomando en cuenta al personal para mantenerlo, los costos de los mensajes ya quedaron más que cubiertos. “Los costos operativos son insensibles al volumen”, dijo el profesor, “no le cuesta más a la compañía telefónica transmitir un ciento de millones de mensajes, más que un millón”.

Hey, esperen, no se vayan, el NYT continúa:

Hasta que el Senador Kohl comenzó con sus preguntas, el público, o sea nosotros finalmente aunque estemos en México o donde estemos, o quien sea usuario de  los mensajes estos, no tenía razón para pensar que el negocio de los mensajes de texto no era como cualquier otro, en la suposición normal de que sus costos operacionales de seguro ascendían de acuerdo al volumen de los mensajes.

Las telefónicas no tenían, o no tienen, razón alguna para corregir tal impresión.

El profesor Keshav, que además de todo sus investigaciones eran financiadas por una de esas compañías telefónicas de Estados Unidos, descubrió qué tan secretas eran las compañías en ese sentido. Hace dos años, indica el artículo, cuando él requirió información de su patrocinador acerca de sus operaciones de red en el pasado para que así sus estudiantes pudieran darse un clavado en una red de mensajes del mundo real, fue rechazado. Le dijo alguien de dentro: “Aún nuestros propios investigadores no tienen permiso para ver esos datos”.

Una vez que se entiende que un mensaje de texto viaja inalámbrico como polizón dentro de un canal de control, uno ve los planes de precios de las telefónicas bajo una luz diferente.

El más ventajoso para las telefónicas, y no sé si es así en México, creo que no, es cuando pagas mensajes ilimitados por 20 dlls, en ATT y Sprint, y 15 dlls, en T-Mobile, las tres en USA.

Concluye el autor del artículo, Randall Stross, basado en el Valle del Silicón y profesor de negocios en la Universidad Estatal de San José en el soleado estado de California:

“Los clientes con planes ilimitados, son como los que van a un buffet de comida, pudiendo creer que consiguen lo mejor del trato. Pero las telefónicas, a diferencia de los dueños de esos lugares que ponen buffets de comida, pueden proveer de cantidades realmente ilimitadas de “comida”, sin costo real para ellos, siempre y cuando se sirvan en porciones de una mordidita”. El autor juega con la palabra bite-sized y que los caracteres son, pues, de 8 bytes, finalmente, cada uno.

Ahora concluyamos nosotros.

Si esta nota ha sido la última reciente en el NYT, y fue en enero y estamos a finales de mayo, vemos, según lo que se ve en Google Noticias, que nadie, ni el senador Kohl, o el Profesor Keshav han tenido más relevancia al respecto.

O sea que, ahí sí nos parecemos: No tendremos respuesta y ellos, los de las compañías, seguirán haciendo lo que quieran. Quedándose con esos dos pesitos remanentes de las tarjetas telefónicas y quedándose con el dinero de unos mensajes telefónicos que en realidad nada les cuesta transmitirlos o guardarlos, que les son gratuitos, pero que a nosotros sí.

Triste caso pertenecer a sociedades colectivas sin memorias y sin poder recuperar, lo que es suyo.

Al menos no los cobren, caramba…

(Y se me olvidaba lo de las regiones en México que se deben de consolidar por TELMEX, y que está obligado por la COFETEL a hacerlo desde abril, para que mas mexicanos llamen sin pagar tanta larga distancia en sus regiones locales, pero bueno… pero que TELMEX se niega a hacerlo, así, llanamente.)

Y yo sin saldo, goddamitt

domingo, mayo 10, 2009

Monterrey, Ciudad Supersiete, perdón, “Seven-Eleven City”


Según mi Simpsonpedia doméstica que tengo en forma de hijo de 14 años (15-to-be, más bien), en la temporada 9 de los Simpsons en el capítulo titulado Simpsons Tide, hay una primera escena en donde se ve a Bart queriendose poner un pendiente de brillante en su oreja, por la moda.  

Bart busca un lugar para ello y entra a un centro comercial de Springfield, al entrar vemos los pasillos de dicho centro ¡totalmente lleno de Starbucks, en todos los establecimientos, en cada uno de ellos! Starbucks, Starbucks, Starbucks por todas partes.

De pronto resalta un lugar vacío en medio de todo el color verde imperante con un letrero que dice: “Próximamente Starbucks”. Luego que Bart llega al lugar donde se va a poner el pendiente, el encargado de la tienda le dice que se apresure, porque el lugar se va a convertir en un Starbucks en unos minutos más.

Sale Bart de la tienda con un pendiente, contento y satisfecho y con un vaso de café. La última imagen de la escena es del centro comercial lleno ya totalmente de Starbucks.

Para esto, este artículo no tiene nada que ver con Starbucks, de eso ya escribí cuando hablé de Naomi Klein y su libro antimercado de NO LOGO hace un par de años.

Ni hablaré de los Simpsons que es como hablar de la Comedia Humana. Escribí de ellos por allá de 1992. Tan autorreferenciales se han vuelto.

No, más bien escribiré de Monterrey. Hablaré de los Supersietes y de las tiendas de conveniencia en Monterrey. No es exactamente sobre urbanismo, o de los procesos económicos que mueven a estas tiendas. Más bien hablaré de ese sentir de la identidad urbana de la homologación in extremis.

Bueno, lo que pasa es que por motivos de trabajo he estado últimamente en la ciudad de Monterrey casi todas las semanas de este año y ya me siento en perspectiva regia-no regia, de cierta manera.

Siempre me he identificado con los Supersietes. No Seven-Eleven’s. Para cierta edad, y cierta geografía los llamamos siempre Supersietes. No es para menos que me identifique, viví varios veranos a su sombra. Literalmente.

Un verano de nuestro descontento, sin nada, absolutamente nada que hacer, ahí estuvimos en la indolencia del calor, de los días del verano probablemente de 1979, entre prepa y carrera, o quizá de 1978, entre la prepa y prepa.

Este Supersiete en particular, estaba, está, en Paseo de los Leones casi esquina con Enrique C. Livas, colonia Cumbres primer sector, cerca de Vista Hermosa, cerca de Leones. Pero lo que muchos no se acuerdan es que lo movieron, literalmente casi, una decena de metros hacia más allacito porque pusieron una gasolinera en ese lugar tan estratégico en donde se encontraba.

Ese lugar para esto es privilegiado de cierta manera con una vista hacia abajo podríamos decirle especial. Okey, no taaan especial, pero especial a fin de cuentas.

Esos viejos Supersietes eran cuatro solamente en toda la ciudad en esos años de 1978-1979, uno en Cumbres, otro en Garza Sada (antes llamada Av. Tecnológico), otro en Gómez Morín (antes llamada Av, Chipinque), lugar estratégico para comprar lo que necesitabas antes de echarte la subida a la Meseta caminando, como se debía, claro, y otro más no recuerdo donde.

Eran similares en su diseño exterior, tenían arcos blancos de ladrillos rojos en sus columnas cubriendo con su techo los pisos frescos, creando un pasillo que otorgaba una sombra protectora que en una ciudad con un calor ambiental promedio de treinta y ocho grados era esencial, importante, básico, primordial… para nosotros que estábamos sin espacios a donde ir.

Y ahí estábamos Isaac, Jaime, Martín y yo de vez en vez, sentados en ese piso a la sombra del Supersiete, esperando a que dieran las cinco de la tarde, para ver a donde iríamos, viendo escurrir el verano por nuestra frente, en cada gota de agua condensándose en la pared de vidrio de la coca-cola, con el famoso Valiant 1970 primero celeste, luego plateado, que el papá de Isaac le había transferido hacía un año solamente (y que por fin Isaac ya había aceptado sacarlo de su entrañable y segura y confortable colonia del Valle, a más de 8 kilómetros de distancia).


No vengo mucho al caso, pero recuerdo una de esas tardes de verano el ver llegar hacia el Supersiete de nosotros una cortina de agua, negra, gloriosa, amenazante, en una bienvenida y repentina tormenta de verano. Bajó la temperatura unos 10 grados en menos de 10 minutos.

Otras ocasiones era nuestro punto de referencia para ir a comprar lo que quisiéramos a la hora que fuera, eliminando las eternas restricciones, lugar hospitalario por mucho. Ahora eso será más que normal, pero no en 1978, no señor.

Bueno, el punto de esta diatriba-texto-reminiscencia, son los Supersietes. Eran cuatro en ese año, mencioné. Al menos en Monterrey. No sé si habría en otras partes del país. Lo que sí sé es que, a partir de un punto, su compañía madre, los de una megacomercializadora de abarrotes llamada Casa Chapa, que habían tenido esa franquicia, la levantaron de manera espectacular. Empezaron a aparecer Supersietes poco a poco por todas partes como sapitos en jardín recién llovido.

El nuestro de Cumbres fue derrumbado prontamente por eso de la gasolinera, y eliminaron en el proceso el pasillo techado y los arcos. Nadie se podría quedar ahí tirado a la espera de que llegasen las chicas guapas a comprar lo que quisieran comprar, como hacíamos nosotros. Se convirtió de pronto en una tienda de conveniencia, sólo eso. Nada significativo, sólo un lugar donde comprabas tu periódico, tu refresco, tu lo-que- fuera-urgente-o-necesario o de antojo o de urgencia o de lo que fuese. Ya no fue hospitalario nunca jamás.

Así las cosas, no conozco muchos Seven-Elevens de los Estados Unidos, ni su esencia ni nada, ni su identidad, sólo son eso, tiendas que están por todas partes en USA.

Y bueno, también tenía que hablar de los Oxxos, su historia me es algo más ajena que los Supersietes, salidos de FEMSA, otro consorcio que se da por esos lares de Monterrey, y que fabrican la cerveza Cuauhtémoc y que por cierto se encargan de fabricar la Coca Cola en muchas partes de México y Latinoamerica, creo, excepto, casualmente en Monterrey mismo, ciudad en donde la franquicia impera a causa de los máximos consumidores de tal refresco per capita en el mundo, no es dato comprobable así como así, pero es lo que he leído por ahí…


Y Oxxo, bueno, no es significativo para mí, pero por decir, para mi hermano Lauro sí lo es, o lo era, la memoria de la gente no es lo mismo, ya que él se juntaba en el Oxxo de Vista Hermosa (suponiendo que en esos años, principios de los 80’s, sólo había un Oxxo en esa colonia). 

Las frases de Lauro eran “nos vemos en el Oxxo”, “ahí estuvimos en el Oxxo”, y sobre todo la famosa: “corrimos todos del Oxxo, pero la patrulla nos alcanzó y agarró”. 

(Ya corregí, ya puse su nombre).

Sus días inolvidables también.

¿Y a que viene esto? A que andando por Monterrey tuve epifanía repentina, aprovechando mi despego de la ciudad por años, que algo se les ocurrió a los de FEMSA y a los de Chapa. Se quieren quedar con la ciudad. Poco a poco y sin que nos demos cuenta. 

En  la quietud. 

Hay cuadras que tienen un Supersiete en una esquina y que sí sigues la banqueta sin bajarte de la calle rodeando la misma cuadra te encuentras con otro en la esquina equidistante. Y enfrente de ella, un Oxxo, desafiante, y en la otra calle uno más para el refuerzo de esta guerra silenciosa, como de árboles rivales que quieren su espacio para sus raíces y ramas. 

Buscando su pedacito de sol. 

En un lugarcito de dos por dos, allá, detrás del humo del camión, otro Oxxo por si no se veía. Y así cambia el panorama urbano. Lentamente, esa dispersión del centro de Monterrey, del viejo Monterrey en mutación urbana, pero no sé hacia donde, hacia mejor o peor.

Dejando un lado mi pasado. Mirando hoy esa dispersión urbana, de cemento, de cables, de pavimento, de casas, de gente de todas partes, esperando su camión, taxi, conviviendo con el calor aterrador, reverberante, entrando a esos oasis públicos con aire acondicionado, comprando su bebida, su tentempié, su antojo. Pienso, sí, cumplen su función de manera perfecta. Inevitablemente. Nadie se los puede quitar.

¿Pero cuanto es suficiente? Si fuera yo empresa, los más puntos que se pudieran. Vería la tasa o índices de sustentabilidad (o como se diga) de una tienda de estas en una zona poblada determinada (o como se diga). Quizá pensaría como los Starbucks del ejemplo inicial, llenar todas las cuadras de Oxxos y Supersietes, porque ahí está la guerra entre ellos… y hay que conseguir clientes. Y hay que vender.

Porque supongo que hay una guerra entre ambos y que no se han puesto de acuerdo sobre en qué áreas meterse y en cuales no, como dice esta semana la Comisión de Federal de Competencias que sucedió entre las cementeras más importantes del país,  Cemex, Apasco, Cruz Azul y Moctezuma, que se habían puesto de acuerdo DESDE 1982,  para dividirse el país, en zonas, los clientes, para acordar precios, o aumentarlos de tal manera que prácticamente se convertieron en monopolios operantes, teniendo cautivos a todos los usuarios de cemento del país, y llegando a la parte ésta precisamente de usuarios, de los que construyen sus casas de cemento, y por extensión a todos los mexicanos que  usaron cemento y que han usado y que lo están usando desde hace 27 años, y aquí incluyo a los que compraron casas de fraccionamiento que sencillamente pagaron el precio total de estas, lo cual ha de haber tenido un buen impacto en sus finanzas familiares y por supuesto, en las finanzas de estas corporaciones respectivas. A través de 27 años, y contando. ¿Y si sumáramos las cantidades de todos de un lado y las del otro, en qué se hubiera usado todo ese dinero que estas cementeras le quitaron a sus clientes cautivos indirectos o directos? ¿Lo podrían calcular? 

En fin.

Un negocio un tanto asimétrico creo yo.

Volviendo al tema, el caso de las tiendas de conveniencia es también un caso de bienes raíces y de localización. Supongo que tiene que ver con cuestiones de reconocimiento de patrones de circulación de personas, ya sea a pie o en las calles claves con respecto al tráfico, o al tránsito, como recientemente me corrigieron de manera un tanto amable, para aumentar la ganancia poniendo al alcance de los transeúntes los productos mínimos necesarios para su conveniencia.

Eso conlleva a aumentar los precios de cierta manera un tanto inquietante, hasta de un 40% de precio más que el mismo producto en un supermercado. Pero de alguna manera esos productos se siguen vendiendo, ¿no? Porque ese 40% extra es lo que cuesta nuestro tiempo para no perderlo estacionandonos en el gran espacio de asfalto del super mart en cuestión que puede estar medianamente lleno, o por la hora fuera de norma a la que queremos ir a satisfacer nuestro antojo. Digo, valorándolo de cierta manera un tanto arbitraria. Eso es el costo de la conveniencia.

Okey, tan básico, tan obvio, que por merito no lo pongo expresado en palabras. Pero si alguien pusiera en un mapa la cantidad de tiendas de conveniencia señaladas en una zona determinada, ¿cómo se verían estas? ¿Cientos? ¿Cuál es el número conveniente de estas? ¿Eso existe? O mientras haya una población de clientes “cautivos” y de “ocasión”, es decir, en base a sus índices recomendables de densidad, o en base a sus ventas por metro de anaquel, éstas serán productivas, supongo, si no fuese así, se borran del mapa, y se cierran y de inmediato se pondrían a buscar otros puntos de venta relevantes y atractivos, pues. Esa es la manera de hacer esas cosas.

Y si el análisis de esos puntos atractivos concluyen que haya cinco Oxxos en una cuadra  contra tres Supersietes, bueno, es la ley de la oferta y de la demanda, y si acaban con las tienditas misceláneas o con las tiendas de abarrotes, ni modo, no fue a propósito, pero… que triste, ¿no? 

Homogeneización urbana total.

Pero de tristeza nadie vive y nadie muere más que los amantes y los que pierden cosas valiosas a su parecer. No que de pronto se encuentre un Oxxo y luego un Supersiete, luego un Starbucks y otro Supersiete y un equivalente y una tienda de ropa TTL de Jeans o como se llame per secula seculorum. Oxxo. Supersiete. Oxxo. Oxxo. Supersiete. Supersiete

Ya no habrá más casas, ni ferreterías ni plomerías, ni papelerías. 

Supersiete. Oxxo. Supersiete.

Ni los edificios respetables podrán abstraerse de ese fenómeno, como Gabriel Contreras acaba de comentar, de manera un tanto en synchronicity, hoy a mediodía, respecto al edificio del Círculo Mercantil con su Oxxo enquistado a cuestas como tumor salido de su vientre. Sin que el INAH haya podido hacer nada, y sin que FEMSA haya dicho, de manera un tanto “city friendly” (algo improbable a estas alturas, tal vez) “un Oxxo más, un Oxxo menos, qué más da”. No, el Oxxo se quedó ahí porque FEMSA podía y de seguro será tan importante para sus cifras finales en su Reporte Anual para los accionistas y para la Bolsa Mexicana de Valores el tenerlo ahí.

Como lo puse claramente en un blog mío antes de que este existiera

“¿Quién es la Shawnee Land and Cattle Company?”, pregunta Muley, un vecino de los Joads, que se rehusan a vender. “No es nadie”, le responde un agente de bienes raíces. “Es una compañía...”. 

Viñas de Ira, John Steinbeck, 1936…

Y en Monterrey la Ciudad Supersiete, el calor seguirá imperando y reverberando y el antojo y la necesidad seguirán emergiendo y los cuadros urbanos llenos de sus logos reconocibles para especialmente niños pequeños seguirán resplandeciendo y nadie dirá nada, nunca. 

Oxxo. Supersiete. Supersiete. Oxxo.

Y un gran etcétera porque luego Google me castiga si uso demasiadas veces una misma palabra en particular demasiadas veces en mi blog. Y ni modo.

Oxxo.

Supersiete.

Y sólo eso. 

Siempre.


Nota de 2012, enero 25 del otro dominante: El Norte de Monterrey, N.L.

Dado su rápido crecimiento orgánico, la cadena Oxxo acapara ya el 77 por ciento del mercado de tiendas de conveniencia en el País, muy por arriba del segundo sitio, que ocupa 7-Eleven con el 10 por ciento.




Oxxo77%
7-Eleven10%
Extra9%
Súper K y Súper City4%

Quizá esta entrada se debió llamar "Monterrey, Ciudad Oxxo, perdón, “Oxxo City”