martes, diciembre 16, 2008

EN MÉXICO EL AÑO ACABA EL PRIMERO DE NOVIEMBRE. PARTE II.



Todo este escrito viene al caso en el sentido de que sí está la pregunta viva de si algún día entraremos a ese “Concierto de las Naciones”, civilizadas, desarrolladas, creyentes en las leyes, procuradoras de justicia, de confianza en el futuro.

No sé si fui injusto con Alemania, pero sus hechos hablan, o si soy justo o injusto con este mí país. Sólo sé que ese su sentido de trabajo y cultura actual nacional no es suficiente. O que no es suficiente que seamos un lindo pueblo costumbrista y tradicional, incapaz de hacer la guerra a sus vecinos, enarbolador de la paz, pero con un serio desprecio por las leyes y por seguirlas, con un serio problema hacia el concepto de vida, con un serio desajuste con el entender del trabajo en equipo, en el sentido de organizarse para el bien común (con sus honrosas excepciones), viendo hacia la comunidad, hacia la sociedad, hacia su delegación, municipio, ciudad, estado, república misma.

Sí sé que la ley es para algo; sí sé que la ley se debe de observar; sí sé que hay que trabajar más, todos juntos; sí sé que hay un concepto del bien común del que México carece, sí sé que la confianza no existe más allá de la familia misma de cada persona. Y no sé como lograr que las cosas cambien. Que tengo mis dudas sobre si un día se resolverán esas deficiencias.

Que los alemanes, como pueblo ejemplo a analizar, es un pueblo genial, pero con esa tendencia a obedecer a sus líderes, impresionante, sin chistar, sin objetar, sin saber cuando detenerse. ¿Estaré equivocado en este respecto? ¿Será así siempre en el futuro?

¿Cómo crecieron ellos tanto de sus ruinas, dos veces?

¿Cómo nosotros hemos no crecido si no hemos estado nunca en ruinas? (Más que las de Teotihuacán, Tula, Chichen Itzá, etc., y no cuentan.)

O tal vez pensándolo bien sí cuentan, por…

...ese enamoramiento de nosotros mexicanos del pasado que sí existió y del que no.

…esa afición por los sacrificios humanos, de todos tipos y de la celebración insensata de la muerte (santa o no santa).

…esa atracción por ese México Mágico, intangible, inmutable, siempre recurrente.

…esa aparición permanente de la violencia, siempre presente, siempre pendiente, siempre querida, siempre requerida.

…esa desconfianza más allá de la casa de cada quién, como ya mencioné.

…ese desprecio por todo lo de fuera, excepto por sus bienes. Desprecio también por las instituciones, excepto cuando ellas pagan u otorgan beneficios o que se pueden moldear según requerimientos.

…esa necesidad de auto reafirmarse de su personalidad, de su unicidad, de su lugar privilegiado en el mundo, por tener a Acapulco, a la Barranca del Cobre, al Cañón del Sumidero, a sus minas de plata, a sus viejos pozos de petróleo, a sus viejas ruinas ya mencionadas, a su Virgen de Guadalupe.

…esa creencia que ser el originador del taco, del pulque, del tomate, del maíz, de la tortilla, de las enchiladas, bastan para que el mundo nos haga reverencias.

…esa habilidad sobrenatural, negada en sí de no poder inventar nada nuevo tecnológico, pero que de alguna extraña forma logra crear artilugios para clonar a centenas de millares de películas que no se han visto todavía en los mismos cines. Mismo caso los chips piratas para consolas de videojuego, los “chupones” externos para los aparatos receptores pirata de televisión vía satélite, tú nombra muestras de ingenio, ahí estamos.

…esa afinidad para poder vender esas mentadas películas en la calle. Esa filia por comprarlas. Esa fobia a denunciar su venta. Esa indiferencia hacia todo eso.

Ese desprecio en general por el orden y lo legal: ese amor por el atajo, por la vuelta en “U” en lugar prohibido, por no preocuparse por tener papeles en regla, por hacer lo que todo mundo hace al mismo tiempo, por no ver mal tranzar para avanzar, por querer saltarse la fila, por querer saltarse las trancas, por querer siempre copiar, por quererse arreglar.

Violencia, habida y por haber, en el mundo ordenado, estructurado, organizado, de los alemanes.

Violencia, habida y por haber, en el mundo simbólico, desenfrenado, matizado, de los mexicanos.

Un lugar en un pasillo imaginario de la geografía y de la historia donde cada quién mirará al otro y murmurará en sorpresiva y silenciosa simetría: “pobres de ellos”.

En cada caso, lo que nos separa que nuestros mundos caigan en caos es cualquier cosa… tenues hilos… tenues hilos clavados en el tiempo oscuro de la historia…

Y es que en México el año acaba el primero de noviembre.

 

EN MÉXICO EL AÑO ACABA EL PRIMERO DE NOVIEMBRE. PARTE I.

Nada sucede a partir de esas fechas en México. Los nuevos proyectos se posponen hasta enero. Las grandes decisiones se tomarán, por lo mismo, en enero. Es un recordatorio a quienes se dediquen a hacer cosas en México. Hagan todo lo que puedan desde el 16 de enero hasta el último día hábil de octubre, será muy complicado que se haga algo después de esa fecha.

Es como si México como país, tomara una poción que lo fuera adormeciendo. Y diga, ya es muy tarde, ya es hora de cerrar este país. O tal vez no adormeciendo, tal vez al contrario, se empezara a emocionar con el fin de año en ciernes y ya no pueda tener atención para nada.
¿A qué obedece esto? Nadie lo sabe explicar. Al espíritu mexicano por naturaleza. A que las grandes decisiones se atoran siempre arriba. A que el presupuesto no alcanzó.

Y esto es en lo público y lo privado.

Sopor y excitación combinados. Fiestas y tranquilidad que se intercambian sin voluntad.
La tradición es bella. La tradición es algo que se debe de mantener, dicen.

O tal vez mejor no. O cambiarla algo al menos, ¿se podrá?

Cosas extrañas de México, sin respuesta o solución.

Como si a este país le faltaran pretextos. El trabajo nos hará libres, ¿no? Eso nos llevará al esfuerzo fecundo y creador, como decían los lemas de gobierno de antes y que nos llevaron a tener un país idílico, mantenido en su botella ideológica, política, sin necesidad de transformación. El mundo, con sus guerras, bien podría quedarse afuera. Ya habíamos tenido la nuestra.

Terrible guerra esa. Pero casi nadie la dice así. 

Ni siquiera “Guerra Civil”. Prefieren “Revolución”.

Porque todo el mundo tiene guerras, ¿no? Aún los más civilizados. Los que presumen de ser pueblos de poetas y pensadores. Los que mantienen la luz de la cultura en alto en medio de la barbarie.
 Y es que hoy vi un documental sobre los nazis y Adolfo Hitler. Son terribles esos documentales.. Bueno, los hemos visto desde toda la vida que hemos visto documentales, ¿no? Y si no los han visto siempre habrá un Spielberg.

A principios de siglo, justo cuando nosotros tuvimos la primera gran revolución del mundo en el siglo, Alemania 

preparaba un nuevo orden mundial con ellos listos para hacer su parte en ese gran concepto que es “el Concierto de las Naciones”, una vez, claro, que resultaran vencedores de la contienda.

Todo estaba listo para que los alemanes ganaran pero cosas intervinieron en su camino a Paris y más allá: las trincheras; la tozudez de los británicos (que perdieron a una generación entera de sus más brillantes); que en Rusia hubo diez días que estremecieron al mundo; que los franceses resistieron cuando debieron resistir; y, a que los norteamericanos se sintieron amenazados por el hundimiento del Lusitania y del telegrama Zimmerman que le mandaron a Venustiano Carranza para que atacaran a Estados Unidos desde su patio trasero, (cómo si hubiéramos podido), y así, estos atacaron y triunfaron.

Alemania perdió y la amargura llegó con la derrota. O sea, historia mundial de segundo de secundaria y en cuarto semestre de prepa, da o toma un cambio del plan de estudios oficial.
La historia es archiconocida. Adolfo Hitler les prometió nuevas glorias y se las consiguió. Obtuvo además todos los poderes habidos y por haber. Inventó él solo la Segunda Guerra Mundial. Claro que en el camino se llevó a millones. Mató a muchos, dominó a otros, expulsó a muchísimos (los que se salvaron), esclavizó a los demás. Arbeit Macht Frei, el trabajo los hará libres. Ese era el lema de la puerta enrejada, en Auswitchz. La Solución Final.

Le tomó a varias naciones la derrota de Alemania. Eso en sí es una muestra del poderío alemán. Basado en 

eficiencia, organización, inventiva e ingenio, valor y fuerza, también se basó en esclavos, en maldad, en ideas de exterminio, en ideas totalmente inhumanas.

Hitler cometió errores de juicio serios: irse contra Rusia, declararle la guerra a Estados Unidos, y sobre todo subestimar el pavor mundial hacia su persona.



En fin, muchos muertos, destrozos, ruinas, desastres, destrucciones y divisiones después… Alemania, con la culpabilidad a rastras, se irguió de nuevo.

¿De qué depende algo así? ¿De una Guerra Fría? ¿Quiénes son los alemanes? ¿Qué sentido del trabajo tienen? ¿Qué sentido de la eficiencia? ¿Qué sentido de la organización? ¿Qué sentido de la ley? ¿Qué sentido de la ética?

Bueno, hay una frase que dice, creo que la mencioné antes en algún blog,  que “los alemanes son un pueblo de poetas y pensadores” (Dichter and Denker), la cual tiene sus raíces desde más de dos siglos y que luego satíricamente la varían de manera un tanto macabra a: “los alemanes son un pueblo de jueces y verdugos” (Richter and Henker).

Bueno, ellos son gente honrada, noble, valiente, inteligente, sensible, sí, pero…  la historia es la historia. Y no es precisamente generalizaciones de nacionalidades.

Todo les fue permitido. Ahí está escrito en los testimonios de aquellas épocas.
Los alemanes no son racistas ahora, no pueden serlo, su ley prohíbe toda referencia al nazismo y al racismo. Pero eso está ahí, como vergüenza, su pasado los mantiene en un cierto vilo. Hoy los turcos, españoles y árabes que viven ahí nos pueden contar sus propias historias.

Eso es lo que me lleva a la pregunta: ¿Y la civilización? ¿Y los valores del trabajo y esfuerzo? Sí, ahí siguen pero, 

¿no estarán supeditados a la obediencia? ¿Al concepto de Alemania sobre todo el mundo? ¿De su búsqueda de espacio vital y lugar en el tiempo? ¿Al de la herencia de Alemania? ¿Al del concepto de Gran Pueblo, único en el mundo? ¿Al que ellos sienten en sí mismos que merecen? Este, ¿lo traerán en la sangre, como reminiscencia de aquellos bárbaros que engañaron a los romanos en las oscuridades del bosque de Teutoburgo en el año 10 o 13 de Nuestra Era, cuando 15 mil hombres, perfectamente entrenados y dirigidos por Publio Quintilio Varo fueron destruidos por estas hordas de germanos que impidieron que la lux romana llegara arriba del Río Rhin, impidiendo la colonización del Roma hacia el norte de Europa? ¿Habrá cambiado la historia esa derrota tan poco conocida?

Con tantas cosas en las sangres, en las herencias y en los caracteres de los pueblos uno se pone a pensar en lo delgada que es la superficie del sistema en el que vivimos. En lo pequeñito que es el concepto de orden, de civilización, en que sólo falta que los malos, por decirles de alguna manera, tomen el control, se olviden de lo que es bueno y justo, por decirlo de otra manera, y hagan lo que quieran en su total impunidad justificándolo de la manera que ellos decidan, derrumbando órdenes establecidos, reglamentos, leyes, atribuciones, sistemas de paz y de equidad, todo cayendo bajo el poder de la espada, o de la metralleta, o de la pistola y la bala. O del AK-47, también.

México contrapunteado con Alemania. Nosotros no somos un pueblo de poetas y pensadores, ni de jueces y verdugos. ¿Pero qué somos entonces?

Vean el siguiente artículo.

jueves, diciembre 11, 2008

LA ILUSION VIAJA EN AUTOBUS


Eso de viajar en autobús para llegar a la ciudad más poblada del mundo es de llamarme la atención. En un año he hecho ese viaje de 100 km de ida y 100 km de vuelta más de 150 ocasiones. 30,000 kilómetros.

 Y también he hecho en este año muchos viajes de México a Monterrey y viceversa, nocturnos, para aprovechar el tiempo. 8 viajes. 1000 km de ida, y 1000 de vuelta. 16,000 km. En total 46,000 km. Por tierra.

 Hace 25 años un viaje en autobús era eterno, era el non plus ultra de una tortura autoinfligida por necesidad por horas. Y más antes, ni baños tenían… Mente sobre materia. El autobús hacía una parada de pronto y a buscar los baños para… y a subirse de nuevo. ¿Faltó alguien? La viejita aquella… ah… ¿nos devolvemos? ¿alguien se dará cuenta? Pues el yerno se quedó callado…

 Un autobús es como estar en una caja con espejos como antenas de insecto que viaja a más de 100 km por hora de momentos por las autopistas de México. Caja de la cual no puedes salir. A la cual el conductor pone su música en los viajes largos nocturnos, ranchera y religiosa (si es que eso se pueden imaginar) a todo volumen para no dormirse. Esos son viajes de pesadilla, no pedazos. Eso y más si te toca una señora detrás de ti diciendo “Ay, Dios, ay Dios, voy a vomitar, me siento mal… ay, Dios…” pensando que nadie la escuchaba. De inmediato levantas tu asiento de su posición recargada y estás alerta por más de los doscientos kilómetros siguientes. Brrr.

 Muchos lo saben, cada tanto pasan una película en el autobús. Esa es una costumbre que no existía hasta hace unos años en el sentido de entretener a los viajantes como un servicio que nada les costaba a las líneas de autobuses.

 Recuerdo mis primeras veces, hace 9 años viajando a Guadalajara desde Monterrey. ¿Una película de Cantinflas? Sí. Ahí sí supe que era el sentirse prisionero en un autobús.

 Sin escapatoria.

 En otras más me tocó ver los primeros infomerciales de Vamos México de Marthita, y ahí sí, chútatelos. A fuerza.

 Y el tiempo pasó.

 No sé si he visto de todas las películas. En ocasiones agradecía irme en un autobús a las 6:57 AM  sin que nos pusieran película en todo el camino. Todo el mundo dormido. Me ponía a leer agradablemente.

 Porque he visto, ufff. ¿De lo peor? Tengo amnesia selectiva. Pero he estado recordando por ejemplo, El Efecto Mariposa 2. El Todopoderoso. Dobladas al español. Puaj. Terribles. Los Invasores de Cuerpos con Nicole Kidman. Una de Rob Schneider que juega beisbol con niños.Varias veces. Completas todas.

 Y por otra parte no todo es malo. Vi Casino Royale, la de Daniel Craiguna vez. La vi completa. Vi La Reina con Helen Mirren. Pero no vi el final. Vi Hero, la película china aquella ultragenial, la de los colores. Pero no vi el final. He visto películas francesas, una árabe que no recuerdo su nombre. Hace poco vi Gone Baby Gone, (Adios, Pequeña, Adios), de Ben Affleck, protagonizada por su hermano, Casey, muy buena, muy intensa. Pero no vi el final. En esa mañana de Gone Baby...  vi Mr. Brooks, la película con Kevin Costner y William Hurt, que al menos fue interesante. Pero no vi el final.

 Y todavía recuerdo la mañana que pasaron una película japonesa, acerca de un accidente de una niña que fallecía en un accidente en que un tráiler golpeaba brutalmente el automóvil donde ella viajaba. Uff, espantosa película. Se trataba del papá reviviendo el accidente una y otra vez viajando en el tiempo pudiendo impedirlo en cada ocasión y sin conseguirlo. Típica película de terror japonés.

 El único problema era que la intensidad del accidente se transmitía a la idea de que viajábamos en esa caja con ruedas a 100 kilómetros por hora… ¿y si sólo hubiera un carro con una niña por ahí a la espera y en lugar de tráiler fuera… un autobús?

 Y ya para terminar. La duración de las películas que eligen para ponernos a nosotros su amena audiencia totalmente cautiva. Para viajes que varían en el mismo trayecto una hora: de una hora y media a dos horas y media. ¿Qué criterio eligen para poner películas? Cortas o largas. Sepa. En ocasiones éstas se acaban mucho antes de llegar, en ocasiones nunca sabemos el final. Por más que las veamos varias veces. Que suerte, ¿no?  De las mejores nunca vemos el final. Y de las peores las vemos varias veces.

 Recuerdo a aquel chavo que llevaba un PSP con un episodio de los X-Files en él.

 Cómo lo envidié.

 Gracias a los dioses por los reproductores MP3. Y a que tenemos batería suficiente. Y a que llevamos libros para leer. Y cuadernos en qué escribir.

 Apenas vamos en la caseta. Faltan chorrocientos minutos para llegar… Y ésta película, ya la vi…