miércoles, enero 23, 2008

El amor de todos tan temido en Tajimara


La noche anterior yo había dormido por primera vez junto a ella y nos habíamos levantado juntos. Nos habíamos dormido abrazados, pero durante el sueño nos separamos y durante toda la noche apenas me daba cuenta, inconscientemente, estiraba el brazo buscándola.
Era una de esas tardes grises en las que, sin embargo, no llega a llover realmente, sino que sólo de vez en cuando caen algunas gotas gruesas y uno se queda con la sensación de que ha faltado algo o algo se ha frustrado, algo que de alguna manera nos disminuye.

Juan García Ponce, Tajimara

Tajimara es una película dirigida por Juan José Gurrola que vi hace días una tarde de domingo en el canal 22 de México y que más bien es un mediometraje y que junto con Un Alma Pura forman Los Bienamados, una película que en 1965 fue producida para estar en el Primer Concurso Experimental de Largometraje de ese entonces.

La historia es original de Juan García Ponce, también en ese entonces joven escritor mexicano de apenas 24 años.

Como toda película experimental que se respete (más si está en blanco y negro y si es mexicana y si es de los años sesenta), ésta comienza buscando a fuerzas lo inusual, en imágenes cambiantes en cuanto a enfoques y desenfoques, en el caer del agua de lluvia sobre el parabrisas, y sobre todo en mi caso, en la figura llamativa que nunca falta y que me hace perder la concentración y que puede ser un carro como el que un día le vimos a un tío cuando éramos pequeños.

Obvio que cuando cuentas historias, que pueden ser personales o que aparentan ser personales, y que intentamos que los demás piensen que no son personales, siempre tratas de encontrar tu camino creativo en base a tus fantasmas, a tus deseos, a tus fábulas, y tratas de mostrarlas o anularlas o volatizarlas en base a cuentos e historias que siempre guardaste y que dijiste que un día sacarás.

En el caso de Tajimara empieza esa historia como dos caminos temporales que se van cruzando con una bella y joven Pilar Pellicer actuando de pivote o de bisagra metafórica, estando en una escalera recargada frente a una puerta esperando por algo, o por alguien.

Perdonando el estilo de escribir esta nota de blog o artículo en particular, esa imagen (entre muchas de la mujer tomada como concepto mágico inalcanzable, o como terreno a conquistar posible, mapa tridimensional a explorar en su momento ya sea por fuera o por dentro, mejor por dentro, o como fuerza de la naturaleza incomprensible o inconcebible, fuera de nuestros sentidos), repito, esa imagen de una mujer recargada es cuando la vemos, de entre muchas, en todo su poder. Nadie puede adivinar que hay dentro de esa hermosa caballera negra, nadie y quien lo diga estará equivocado. Tal vez ni ella misma. Y nosotros, tú, él, sin jamás saber si ella obedecerá su instinto, o al tuyo, o a algo incomprensible que residirá por siempre en el misterio de lo femenino.

Siguiendo con Tajimara.

Aparece Claudio Obregón en su papel de Roberto, novio/amante/admirador/confundido que a muchos les/nos ha tocado jugar en cada uno de esos roles como si estos fueran dictados por las caras de un dado que es revuelto por cósmicas manos maliciosas.

No saber todavía cual es el rol que jugará la fortuna amorosa en ese día en particular, o el anterior, o el siguiente… Pero lo que sí sucede es el momento en que los dos amantes están vueltos en contra del otro, dándose la espalda, y el narrador (Roberto-Obregón) hablando melancólicamente de cómo se castigaban el uno al otro en esa pregunta mortal, un tanto abismal y sin respuesta de ¿por qué no fui yo su primer amante?.

Y desde esos momentos la historia de Tajimara proyecta destrucción, dolor, desolación en dos personas, separación y abismo y ella diciendo de pronto, me estoy entregando a ti por completo, no te hagas a un lado, no te lo permito, con ese tono de mujer que sabe que puede dominar, que pudiera ella hacer lo que ella quisiera con uno, que el hombre (de hecho, es su hombre en ese instante) que estuviera pensando de otra manera, se llevaría su ira con él.

Mujeres a las que habría que temer, o amar, o desear…


En el mundo de Tajimara, curiosamente aparecen antropólogos, traductores, artistas, actores, escritores, se siente que se habla dentro de un círculo especial, reservado, con cierta sensibilidad cultural que la gente normal (generalizadamente normal) no tiene… y no le interesa saber.

De pronto, sin saber porqué, aparece una pista de patinaje y se escucha a Perry Como (supongo) cantando en un altavoz atroces canciones inocuas. Muchos jóvenes deambulan por la pista. Se perciben los rituales de la adolescencia, los que existían al menos hará treinta años. Ellos allá, ellas acá y haciendo lo posible por llamar la atención, de manera sutil, o de manera hiperrídicula o sea, lo que se sigue haciendo ahora pero de manera confinada en los espacios virtuales, en la lucha por llamar esa atención diciendo, exigiendo, que los o las del sexo contrario se den cuanta, de que yo soy el indicado, de que yo soy la indicada…

Ahí en la pista de patinaje aparece un viejo actor conocido de todos, José Alonso, sólo que aquí se ve jovencito, contenido, sin aparentar ser él, quien sería uno de los actores más importantes de su generación por venir. Sería él, Guillermo, el tipo al que Cecilia querría realmente desde su adolescencia. Si no me expliqué lo suficiente claro es que estoy en lo correcto. Y es que así es el amor juvenil, inexplicable. Ya lo dice una vieja canción: “yo la amo/ y ella ama a él / y él ama a alguien más / ¡el amor apesta!”). Repítase ad nauseaum, o ad astra, lo que sea primero.

Volvemos a la recamara, donde la cama se muestra en sus funciones avasallantes de recinto sexual (¿las otras?, nacer, dormir, descansar, yacer, morir). Se mira la almohada, sus pliegues, nos hace presenciar la tragedia humana del no sentir nada.

¿A final de cuentas, la tienes, pero que es lo que tienes? ¿Qué es lo que existe? Son esas preguntas sin respuestas aparentes. Las que hacen mirar hacia el techo. Sintiendo una respiración, un aliento. En el que los pensamientos no son invadidos porque tememos que no sean para nosotros, o de nosotros, o hacia nosotros.

Entramos a Tajimara, que además de dar el nombre del mediometraje es la casa de Pixie-Julia, Pixie Hopkins, aquella mujer que en los 70’s nos aportó sus pestañas postizas y que en esa sociedad de consumo, totalmente dominada como era la mexicana de esa década, sus pestañas sexualizadas hicieron tanto furor que aún ahora se escucha de pronto esa frase, “ella traía sus pestañas Pixie”.

Y ella aparece ahí, casualmente, todavía a años de distancia de su look que la haría famosa en los eras por venir. Los que la vimos años después en su apariencia extranormal la vemos sin adorno, tal cual es. Y aparece artista junto con otro joven, Carlos, con quien vive en ese lugar taller casa donde pintan sus obras e invitan a sus amigos.

Y Roberto, o sea Obregón, nos confía, con nostalgia, como si quisiera explicarnos: en la calle había viento, afuera estaba gris, ya nada era igual.

La escena ahora es en el auto. Una mujer, Cecilia, en el carro, ella en el volante y esperando. El hombre entra y la lluvia afuera. Nadie a la vista y el universo en su totalidad, galaxias y agujeros negros, singularidades y demás, dentro del vehículo seco ya no son asunto más que para los de dentro. Pero ella dice casi con descuido, de mala gana: no quiero que pase nada, ten cuidado. Suficiente para cambiarlo todo. Él nos menciona: Lo mío y lo de Cecilia es diferente. No hay que mostrar más.

Aparece ahora una escena de tranquilidad, en es casa de ensueño y paraíso, podría ser Cuernavaca, Cuautla, que sé yo, que soy del norte, árido e ignorante, están sentados en equipales, esas maravillosas sillas tradicionales que hacen con cuero, únicas, realizando entre todos un pre-happening inconsciente, aparentando ser cool, iluminados por el beat, advenimiento preciso de lo in. Alguien le dice, al mirar una de sus pinturas, a Pixie-Julia: daría cualquier cosa por tener tu fuerza ante la pintura. Parecerían éstas obras influenciadas por las corrientes que Vicente Rojo y Gunther Gerzso pintaban por la época, figuras geométricas, planos de colores vibrantes y alegres (aún estando en blanco y negro para nosotros), audaces diseños basados en el pasado de esta tierra y de su futuro.

No tardamos en darnos cuenta que el personaje de Pixie-Julia y su pareja, Carlos, son hermanos. Y que llevan a cuestas esa situación. Tema complejo, la verdad. Pero bueno. De algo escribían en los sesentas y no era de cosas sencillas o cotidianas, no señor (o algo pasaba al respecto, el tema del otro cortometraje con el que Tajimara forma Los Bienamados, Un Alma Pura, también trata de… incesto. ¿qué pasaba en la mente de estos escritores de los sesentas?).

Obregón-Roberto cuenta de narrador al ver de nuevo la escena de él de nuevo con Cecilia, y se miran los mismos jóvenes en patines, y nos recuerda que debieron haberse casado a los quince años, y que todo hubiera salido bien.

De pronto, otro cambio temporal: aparece en Tajimara (la casa) Guillermo, el primer amor de Cecilia, o sea, el José Alonso que vimos al principio, pero otro actor, mayor, por supuesto. Cecilia, lo mira y lo saluda ahora, total e incomprensiblemente sumisa.

La indomable que ya no lo fue.

Corte a una fiesta y vemos a muchos de los actores y no actores que formaban parte de un círculo cultural de entonces, no sé si privilegiado, en donde aparece el mismo autor de la historia, Juan García Ponce, en la fiesta en la casa Tajimara, ahí vemos a la actriz Tamara Garina, al mismo Carlos Monsivais de siempre (el que sería el ajonjolí de todos los moles al pasar los años, todavía recuerdo una revista que decía en su portada: "en esta revista no escribe Carlos Monsivais"), a Beatriz Sheridan, a Lucía Guilmaín y a Juan Ferrara, hermanos también ellos, en una fiesta que tiene de todo, alcohol, representaciones y aburrición. Al final de ella, todos están exhaustos. Monsivais parece sólo mirar hacia el suelo, hacia la pared, hacia el olvido.

(Lo cual nos pone a pensar también, ¿para quién se filmaba esto? ¿Para el público en general? ¿O para ellos mismos?)

Al mirar las escenas de la humanidad en fiesta, en celebración, en descanso, en fatiga total, te pones a pensar en lo que el amor domina todo, deja tú la economía o la falta de recursos, finalmente es el amor en sus aventuras y desventuras, en los haceres y decires, en los triángulos, cuadrángulos y pentángulos que se materializan de manera perversa como hiedras venenosas alrededor de la inocencia, en forma de una mujer que se adivina desnuda porque está recién bañada y que te pide maravillosamente que le pases la toalla para secarse, sin rubor, sin pudor, sin parpadeo siquiera, haciéndolo de una manera que sea lo más natural del mundo, de su mundo, que te lo pida. Tarde gris en la que no llega a llover.

Cecilia dice, ese es el coche de Guillermo. Obregón-Roberto, responde, te quiero. Cecilia, contesta, no digas tonterías. La lluvia afuera contra el parabrisas. Y continúa, Me voy a casar con él... y si te interesa saber, no, no me he acostado con él.

Es 1965, y parece taaaan 2008.

Otra fiesta, música jazz. ¿Por qué no se escuchaba la música rock de entonces? ¿Es cierto que se escuchaba más el jazz? ¿O era otro signo sutil de esnobismo?

El hermano-amante de Pixie, Carlos, sabiendo ya el futuro próximo, aparece totalmente borracho, y se escucha otra voz: En cada crucifixión hay un buen ladrón… que se queda con la gloria.

Una boda. Es Pixie-Julia, que se casa con alguien más. “Parecía una virgen de pueblo”, alguien dice. No, no es el hermano por supuesto. La moral y la biología están, milagrosamente, contra ello. Es su novio correcto y formal, tal cual debe. Los trajes de los hombres con sus hiperdelgadas corbatas, asombrándose de verse usándolas.

Obregón-Roberto, sale solitario de la iglesia dejando el matrimonio aparentemente no consumado con cierta prisa. Atrás se quedan todos, Cecilia, Guillermo, Carlos, Julia, el Novio Amado, el Novio Amoroso. Afuera hay Renaultitos. Hay Chevrolets. La misa no ha terminado.

Obregón-Roberto sale hacia quien sabe donde.

Sólo se oye la voz. ¿Para qué hablar de todo eso?

Y sólo fueron 45 minutos. Una vez más. Es 1965, y parece taaaan 2008.

martes, enero 15, 2008

El caso de los trailers fraudulentos. O cómo va tanta gente a ver cortos de película engañosos.

El punto es, ¿de qué escribir? Habiendo tantos temas y aún así como que me encuentro no exactamente en un bloqueo pero en algo similar. Entiendo que algo como el perro del hortelano.

Esto es más bien un atiborramiento de temas diversos como por decir, de El Metro, o sea, el Sistema de Transporte Metropolitano de la ciudad de México (al que le traigo muchas ganas), o de la película de Kill Bill Vol. 1 y 2, que la he venido arrastrando por un buen tiempo, o de la película de Across the Universe, que acabo de ver no hace mas de dos semanas y que me fascinó sobre manera, o de muchos otros temas que han salido por ahí. O también puedo hablar de la novela de William Gibson de Patrón de Reconocimiento, Recognition Pattern y que acabo de leer. O tal vez pudiese ser de La Guerra y la Paz, del bueno de Tolstoi que estoy leyendo de nuevo. O de el libro de The Soul of a New Machine, de Tracy Kidder, que tiene muchas cosas fascinantes. Ya veré…

Resulta que también por cierto ya llegué a 15,000 visitantes a este blog, según un contador y según otros ya los pasé, según otros de más allá aseguran que no he llegado a tal cantidad.

Lo peor, como siempre, los detractores amigos que dicen con cierta malicia inocente disfrazada, “sí, pero, ¿cuántos te leen?” Goddamn it!

Esto de los contadores es una ciencia no exacta, ya lo he comentado pero solo son puntos de referencia finalmente. Ni los mismos proveedores de esos contadores de visita se ponen de acuerdo. Que si los hits que si no los hits, que si captan la atención o no la captan.

El punto no se va por cambiar de tema, ¿por cuál tema (precisamente) me decido?

Otra cosa peor: Me insisten estos amigos que haga artículos más pequeños. Más concisos. Que le haga como le hacen los escritores de editoriales o columnas diarias de periódicos. Leer cualquier cosa de un artículo de alguna revista o algo de un libro que estén leyendo y que lo comente. Así ellos van salvando el día.

No digo que es malo, al contrario. Da un buen sabor de boca el escribir de cualquier cosa, mientras esta valga la pena. Ya se verá si se puede o no. Ya veré si tengo el tiempo de minieditarlo, si se puede o no.

Hagamos la prueba. Total. Ni quien nos regañe, ¿verdad?

Veamos.

Aquí hay un tema. El primero.

El caso de los trailers (o cortos) fraudulentos.

Hay un cuate que me gusta mucho leer en el New York Times, que se llama David Pogue. Él escribe sobre tecnología de consumo, mas que otro tipo de tecnologías, él escribe de cámaras, de Ipods, de Smartphones, de PDAs, de compañías celulares, de tiendas, de hecho escribí sobre él y una opinión que salió hará seis meses sobre esa compañía de Slim, que ya vendió, y que daba, o da, muy mal servicio, llamada CompUSA.

Así las cosas este cuate escribió la semana pasada en su columna de Circuits, que así se llama esta, sobre el cómo se sentía defraudado por ver unos cortos que de alguna manera sobrevendían la película.

Hablaba Pogue del caso específico de esa película llamada “Tesoro Nacional: El Libro Secreto”, en la que sale Nicholas Cage, que al estilo de Indiana Jones, se pone a buscar no se qué que afecta a los Estados Unidos y al mundo, para variar.

Respecto a esta película, no la pienso ver hasta que salga en cine o en cable, dudo que valga la pena en sí, sólo como algo de entretenimiento y ya. Nada más en realidad.

Pero no sé que mosca le picó a Pogue que le dedicó toda la columna de la semana pasada a ese tema y el de esta también, con la reacción al respecto a lo que había afirmado.

El caso es que le llamó la atención hasta que punto los cortos de una película confunden a la gente. O la engañan.

Que él tenía muy claro lo que había visto en los cortos de la misma y que muchas de las escenas mostradas no aparecieron. Frases que no fueron dichas en ciertos contextos, escenas que fueron mostradas desde otros ángulos. Que por ejemplo en los cortos aparecían las pirámides de Egipto, las cuales no aparecieron en la película. Que aparecieron escenas del Lincoln Memorial con Cage en ellos, y que estos tampoco aparecieron.

El punto es que esta semana, como dije, la cosa continuó y el propio director apareció en el debate puesto en Circuits aduciendo que no es culpa de él ni de su equipo que se haya mercadeado la película de ese modo. Que lamentaba mucho que las compañías productoras de películas lo hagan y que los abogados de estas afirmasen que no pasaba nada si se llegaba a hacer eso.

Que lo que se ve en los cortos son incluso escenas desechadas que fueron utilizadas sin su total aprobación. Que eso es práctica común.


Que los estudios siguen viendo las películas como una inversión-producción-negocio que no da para que se escatime en recursos para atraer a la gente.


Que quizá ese pueda ser un problema como por decir afirmar que la película de Sweeney Todd, de Burton, se anuncie como un musical con tonos cómicos, cuando es algo más complejo, una comedia musical con tonos macabros incluso.


Que eso finalmente sí puede afectar a una película cuando se anuncia de una manera, la gente va a al estreno y descubre que no es como se las pintaron y de ahí se va todo al desastre fruto del boca en boca, que se dirá lo que se diga en estos tiempos, pero que es poderosísimo.

En fin.


Esta costumbrita ha sido de toda la vida y siempre ha puesto el dedo en la llaga: ¿Cuántas películas se hubieran preferido evitar de ver si nos hubieran dejado los verdaderos cortos, es decir, verdaderas escenas en la película?

Los cortos o trailers sirven para seducir, para captar la atención, para lograr convencernos que es necesarísimo para nuestras vidas el ver determinada película. Es una de las principales herramientas de mercadotecnia de una película, otra son los posters en los cines y los panorámicos y en las paradas de autobuses.

Estos cortos duran muy poco, por algo le llamábamos así desde que supimos que era el cine al principio de nuestra infancia.

A mí me pasó en una película llamada Un Loco Amor, o Fool for Love, de hace como veinte años, en donde salía el conocido dramaturgo Sam Shepard, y la bellísima Kim Basinger, a través de lo que percibí en esos cortos, la imaginé como una comedia.

Y me preparé para ver eso, una comedia. ¿Por qué? Porque la escena principal del corto era cómica, divertida, simpática.

La película es un drama de dos ex amantes traicionados. No digo que era mala, pero como que te preparas a ver una película que es comedia y luego resulta que es cualquier otra cosa que comedia, pues ya estabas en ese predisposition mode. Aún así, la película de Loco Amor, de lo único que me acuerdo es de esa escena cómica.

Recuerdo por otra parte en la vida de los cortos, por decir los mismos de Star Wars, impresionantes. Recuerdo también los cortos de Independence Day, Impactantes . Los de Godzilla. Los del nuevo proyecto de estos cuates de un monstruo estilo Godzilla que se llama Cloverfield, eso parece y que los cortos también son asombrosos.


O la idea que te sugieren los cortos. Y hay tantos y tantos ejemplos.

Pero ha de ser como las portadas de Playboy o como Cosmopolitan, que como es creído ampliamente o sabido por intuición, las chicas de la portada, aún y que son guapérrimas, todavía encima se les hace una mini, pero muy significativa miniliposucción digital.

A final de cuentas la onda es vender, total, ni quien se queje.

Así que, aguas (como decimos en México) con que se piense que los cortos lo son todo. Con los que creen que la última película de Burton, Sweeney Todd “sólo es un musical”.

Nada más para añadir algo en este asunto que ya dio para dos cuartillas: La mamá de un amigo, muy religiosa ella, llevó a sus hijos a ver una película de tema religioso.

La película se llamaba Apocalipsis Ahora.

Sin palabras.

sábado, enero 05, 2008

1968: 40 años Después, Bienvenidos a la Fiesta






La idea es que ya es 2008. Y 2008 está muy dentro del futuro en lo que pensábamos todos.

Pero como ya empezaron a salir los artículos y ensayos acerca del pasado y de ese año mítico de esa década mítica: 1968 y los sesentas respectivamente haré mi contribución.

Y es que cuarenta años son cuarenta años. Son una generación y media por aquello de que las generaciones pueden ser consideradas de entre 25 y 30 años. También puede ese período tomarse como cuatro décadas de la vida de alguien.

Y sí, un año más otro año más otro año más otro año son ya una olimpiada. Aquí en este caso de 1968-2008 hablamos de diez Olimpiadas: México (6 años tenía yo), Munich (10 años), Montreal (14 años), Moscú (18 años), Los Ángeles (22 años), Seúl (26 años), Barcelona (30 años), Atlanta (34 años), Sydney (38 años), Atenas (42 años), diez y con Beijing serían once Olimpiadas (y yo ya tendré 46, uff).

Y muchas personas de mi edad bien pueden acordarse de cada una y de saber que pasó de importante en cada evento. ¿Mis preferencias? México 1968 por razones de tradición, Montreal 1976 por razones de Nadia Comaneci, Barcelona 1992 por razones de de de de, no sé con exactitud, pero en general se me hicieron las mejores. ¿Las peores? Las de Los Ángeles 1984 y las de Moscú 1988 por razones políticas. Las de Munich 1972 por razones de terrorismo no cuentan por que me pasé ese verano en un rancho de mi abuelo que ni a luz llegaba y que por lo mismo me pasaron de noche.

Así las cosas ese año de 1968.

Van a escribirse muchas cosas de entonces desde muchos ángulos. Ya empezaron a hacerlo. Ya empecé a hacerlo también cuando conmemoré lo de Tlatelolco en este octubre reciente. Esas cosas así se dan. Cuando se cumplen lustros y decenios de algún suceso ponen a todo mundo a rememorar, a cuestionar, a celebrar, a examinar las causas y las consecuencias de los hechos y los acontecimientos de entonces.

Nada pasó significativo en 1468, ni en 1568, o en 1668 o en 1768, menos en 1868. Pero en 1968, pasó todo lo que no había pasado en eras.

Sigo analizando esa adoración por la época de los sesentas. La adoración de muchos y la adoración de mi parte. No creo que tenga que ver algo con un egocentrismo, tipo “mi época fue mejor que la de ustedes”. Es decir, nadie sabe en cómo su época será tratada en el futuro. Podría ser que estamos a la mitad de una edad de oro, o podría ser también al contrario, que estamos en el principio de la decadencia total, deleznable y terrible.

Y de esos años, 1960 (todavía no nacía y en la práctica es el comienzo de la década aunque es incorrecto), 1961, 1962 (nací), 1963, 1964 (s Beatles irrumpieron con toda su fuerza), 1965, 1966, 1967 (los Beatles en su peak creativo), 1968 (mil cosas como ya veremos a continuación), 1969 (“la conquista” de la Luna), 1970 (con su célebre campeonato mundial de Fútbol en México) sólo sobresale 1968 con fuerza.

Y lógicamente todo mundo se puede situar en esa época y decir, bueno, ¿y qué?, ¿qué pasaba entonces?, porque, con todo lo que México vivía en ese entonces, una especie de quietud optimista dominada políticamente internamente y con muy relativamente pocas cosas que ver su gente con el mundo exterior, fuera de los ámbitos culturales como cine o literatura, y sus expresiones afines así, por eso la pregunta ¿que tendría que ver la efervescencia mundial con México?

Por eso…

Si comparamos el México de enero de 1968 con el de diciembre de 1968, no podremos verlo con los mismos ojos.

O si comparamos a la Francia de enero de ese año con el de diciembre de ese año, igual.

O si más de lo mismo, si comparamos a los Estados Unidos de ese mes y año con el de su respectivo diciembre, más todavía.

No podemos dejar de pensar que esos sí son meses de impacto en la vida de la gente, comparables solo con los que sufrió Alemania en 1989 y con los de Sudáfrica en 1993, o con los de China también en 1989, o con los de Estados Unidos en 2001.

Para bien o para mal.

Cultural, económico, político, social, muchos fueron los ámbitos que fueron estremecidos. En el caso de 1968 no fueron tanto económicos, como sociales o políticos. Predominantemente políticos.

Así es cuando suceden los cambios en la vida de las personas. Es cuando te pegan más. Política maneja economía, economía maneja confianza, confianza maneja vida, ergo, política maneja vida. Lo quieras o no. Más en países inmaduros como los nuestros. Como el nuestro. Como el mío.

Y bien, también hubo cambios en 1988 en México. Y unos dicen que en 2000, o que en 2006. Pero ahí si vivimos igual relativamente. Mismas perspectivas, mismas percepciones en lo que sucedía.

Más cambió en el ánimo de la gente en 1994. En enero con el levantamiento de Marcos en Chiapas, marzo con la muerte de Colosio, septiembre con la muerte de Ruiz Massieu, terminando ese aciago año con la devaluación tremenda del peso a causa del Error de Diciembre, precisamente.

Pero nada en la historia mundial como 1968. Igual que ahora, una guerra, en aquél caso la de Vietnam. Pero a diferencia de entonces, los norteamericanos parecían estarla ganando. Y que se deja venir la Ofensiva del Tet, o sea, del año Lunar Chino. Les pegaron los del Norte a los gringos hasta por debajo de la lengua. Los mismos comentaristas, como el célebre y totalmente confiable de Walter Cronkite, lo decían: “Creíamos que estábamos ganando”. ¿Cómo que esos chinooks vestidos de pijama negra con chanclas le estuvieran dando batalla al mejor ejército de la Historia?

Un inepto gobierno demócrata, el de Johnson, en los Estados Unidos, que dejó la herencia de la grandeza y la impresionante altura de miras de un John F. Kennedy, hecha garras. Con razón se retiró de la contienda. Nunca entendió nada.

La muerte de Martin Luther King y la del hermano de John, Robert, extrañas y sólo vino a acentuar que realmente algo muy serio estaba pasando, algo nunca visto en la imaginación popular. Los diablos estaban sueltos.

En Estados Unidos se vio que las cosas estaban cambiando de manera impredecible. Tan impredecible que entonces no se sabía que se podía ganar a un demócrata. El fatídico e inteligentísimo a pesar de su natural ineptitud, Richard Nixon lo comprobaría muy bien.

(Una terrible ironía del destino es que el Programa Espacial que llevaría al hombre a la Luna, lo que comenzó con uno de los más impactantes discursos de la historia mirando al progreso, el de Kennedy de 1961, y que fue llevado por los demócratas durante ocho años, fue coronado por el señor Nixon, como lo atestigua una solitaria placa metálica soldada a una de las patas del módulo lunar que está ahora mismo en el Mar de la Tranquilidad, donde aparece la firma de este tipo con la frase “venimos en paz en nombre de toda la humanidad).

¿Consideraría a los Norvietnamitas como marcianos o algo así?

Si las cosas hubieran ido como hubieran debido, tal vez ese Kennedy, Robert, hubiera llegado al poder, otra era de idealismo se hubiera alcanzado y quizá sólo quizá todo hubiera cambiado. No hubiera habido Watergate, el manejo con los árabes hubiera sido distinto, no hubiera habido Iran, o Reagan, u Osamas o Saddams, el quizá imperio de la racionalidad o del sentido común. Digo, con todos sus asegures, hasta los más efectivos en el gobierno y con las mejores intenciones se empantanan, política es política. Ahí en Estados Unidos, y en todas partes.

Naive, ingenuo, que es uno.

Pero lees ahora lo que decía Robert entonces y te impresiona. Vaya que sí.

Pero con la perspectiva de la historia y con el algo de experiencia que tenemos ahora, es como con Benazir Bhutto, las mejores intenciones, ahora que murió como mártir se le idolizará (a mí me encantaba la señora, pero cómo no vio que estaba muy en peligro, caramba) y como con Luis Donaldo Colosio cuando murió, todo mundo se quería identificar con su legado por más evanescente que este era.

El mayo francés, del 1968, como se le vino a conocer, que principió de manera tímida, en Alemania y que llevó detonantes inimaginables en la cultura y la sociedad.

Las frases inmortales de Prohibido Prohibir, y la de La Imaginación al Poder, vienen de ahí.

Llenas de sueños, idealistas, llenas de verdad tal vez, pero finalmente ingenuas que nos parecen ahora, si contamos los hechos a corto plazo de entonces, porque no cambiaron nada.

Pero que a largo plazo algo quizá sí hicieron, porque crearon explosiones de resonancia de alcances nunca vistos.

El mayo francés de 1968 vino a estremecer los cimientos de la sociedad francesa. Hubo un momento en que hubo 10 millones de franceses en huelga, como nunca se había visto antes en esta era industrial. Y no hubo muertos por violencia, en caso dado.

Y bueno, en ese sentido los franceses, como muchos en el mundo, no se miden. Ahí está por decir lo que sucedió en la Argelia, colonia francesa, no más de 10 años antes precisamente.

Finalmente su presidente cayó, el gran Charles de Gaulle, y que vino a ser substituido por su heredero Georges Pompidou, que en la suma de las cosas, nadie lo recordaría a no ser por lo de un Centro Cultural impresionantemente moderno, que lleva su nombre. Fuera de ahí, a mí, que soy mexicano, no me trae ningún recuerdo de absolutamente nada.

Y así llegamos una vez más al México de entonces. Del que yo mismo ya he hablado mucho. Del que ya incluso escribí una novela. Del que a partir de los eventos de un verano y parte de otoño tuvo sus repercusiones de otro tipo.

Un Secretario de Gobierno de por entonces que todavía vive, al que lo han acusado de todo, incluso equivocadamente de genocidio, tema que por más apasionamiento que se tenga fue un gran error porque se zafó así como pescado enjabonado.

Sencillito.

Un país que fue otro porque ese Secretario de entonces, un verdadero zorro, aprovechando sus propias habilidades, su omnipotencia total como de gobernante de un país como el nuestro en el que la obediencia al de arriba está por encima de todo. Y digo bien, obediencia, jamás lealtad. Temor, terror, sumisión al poder. Mientras se tenga el poder absoluto se goza ese poder y este jamás se comparte.

Así las cosas, ese Secretario junto con sus ideas disparatadas formó la idea de un país alejado de la receta económica que al menos le había dado ventajas en lo económico, al menos algo, cuando no sociales o políticas. Y nos desbocó en una crisis de la que nunca hemos salido realmente.

Matanzas, Juegos Olímpicos, manifestaciones, invasiones, violencia, cambios, libres expresiones, protagonismos, crímenes encubiertos, delirios de libertad, expresiones de nuevas sensaciones que se adentraban en nuevos territorios, imágenes, colores, atmósferas, descubrimientos, exploraciones, todo eso, fue lo que pasó en 1968.

Y en silencio, de manera sigilosa, nos cambió y marcó para siempre.

Que este artículo sirva para mostrar que 1968, cuarenta años atrás, aún y que no fue el comienzo de una nueva era, al menos sí tiene las características de esos característicos y hasta cierto punto banales parteaguas que modifican aún así de manera substancial, hasta el mero hueso, nuestras mismas características nacionales.

Características de nuestra nación, y de otras muchas naciones.

Seguiremos informando.

Nos falta la cultura, la moda, la música, y mil cosas que ahorita, ni me acuerdo.

Va.