martes, diciembre 16, 2008

EN MÉXICO EL AÑO ACABA EL PRIMERO DE NOVIEMBRE. PARTE II.



Todo este escrito viene al caso en el sentido de que sí está la pregunta viva de si algún día entraremos a ese “Concierto de las Naciones”, civilizadas, desarrolladas, creyentes en las leyes, procuradoras de justicia, de confianza en el futuro.

No sé si fui injusto con Alemania, pero sus hechos hablan, o si soy justo o injusto con este mí país. Sólo sé que ese su sentido de trabajo y cultura actual nacional no es suficiente. O que no es suficiente que seamos un lindo pueblo costumbrista y tradicional, incapaz de hacer la guerra a sus vecinos, enarbolador de la paz, pero con un serio desprecio por las leyes y por seguirlas, con un serio problema hacia el concepto de vida, con un serio desajuste con el entender del trabajo en equipo, en el sentido de organizarse para el bien común (con sus honrosas excepciones), viendo hacia la comunidad, hacia la sociedad, hacia su delegación, municipio, ciudad, estado, república misma.

Sí sé que la ley es para algo; sí sé que la ley se debe de observar; sí sé que hay que trabajar más, todos juntos; sí sé que hay un concepto del bien común del que México carece, sí sé que la confianza no existe más allá de la familia misma de cada persona. Y no sé como lograr que las cosas cambien. Que tengo mis dudas sobre si un día se resolverán esas deficiencias.

Que los alemanes, como pueblo ejemplo a analizar, es un pueblo genial, pero con esa tendencia a obedecer a sus líderes, impresionante, sin chistar, sin objetar, sin saber cuando detenerse. ¿Estaré equivocado en este respecto? ¿Será así siempre en el futuro?

¿Cómo crecieron ellos tanto de sus ruinas, dos veces?

¿Cómo nosotros hemos no crecido si no hemos estado nunca en ruinas? (Más que las de Teotihuacán, Tula, Chichen Itzá, etc., y no cuentan.)

O tal vez pensándolo bien sí cuentan, por…

...ese enamoramiento de nosotros mexicanos del pasado que sí existió y del que no.

…esa afición por los sacrificios humanos, de todos tipos y de la celebración insensata de la muerte (santa o no santa).

…esa atracción por ese México Mágico, intangible, inmutable, siempre recurrente.

…esa aparición permanente de la violencia, siempre presente, siempre pendiente, siempre querida, siempre requerida.

…esa desconfianza más allá de la casa de cada quién, como ya mencioné.

…ese desprecio por todo lo de fuera, excepto por sus bienes. Desprecio también por las instituciones, excepto cuando ellas pagan u otorgan beneficios o que se pueden moldear según requerimientos.

…esa necesidad de auto reafirmarse de su personalidad, de su unicidad, de su lugar privilegiado en el mundo, por tener a Acapulco, a la Barranca del Cobre, al Cañón del Sumidero, a sus minas de plata, a sus viejos pozos de petróleo, a sus viejas ruinas ya mencionadas, a su Virgen de Guadalupe.

…esa creencia que ser el originador del taco, del pulque, del tomate, del maíz, de la tortilla, de las enchiladas, bastan para que el mundo nos haga reverencias.

…esa habilidad sobrenatural, negada en sí de no poder inventar nada nuevo tecnológico, pero que de alguna extraña forma logra crear artilugios para clonar a centenas de millares de películas que no se han visto todavía en los mismos cines. Mismo caso los chips piratas para consolas de videojuego, los “chupones” externos para los aparatos receptores pirata de televisión vía satélite, tú nombra muestras de ingenio, ahí estamos.

…esa afinidad para poder vender esas mentadas películas en la calle. Esa filia por comprarlas. Esa fobia a denunciar su venta. Esa indiferencia hacia todo eso.

Ese desprecio en general por el orden y lo legal: ese amor por el atajo, por la vuelta en “U” en lugar prohibido, por no preocuparse por tener papeles en regla, por hacer lo que todo mundo hace al mismo tiempo, por no ver mal tranzar para avanzar, por querer saltarse la fila, por querer saltarse las trancas, por querer siempre copiar, por quererse arreglar.

Violencia, habida y por haber, en el mundo ordenado, estructurado, organizado, de los alemanes.

Violencia, habida y por haber, en el mundo simbólico, desenfrenado, matizado, de los mexicanos.

Un lugar en un pasillo imaginario de la geografía y de la historia donde cada quién mirará al otro y murmurará en sorpresiva y silenciosa simetría: “pobres de ellos”.

En cada caso, lo que nos separa que nuestros mundos caigan en caos es cualquier cosa… tenues hilos… tenues hilos clavados en el tiempo oscuro de la historia…

Y es que en México el año acaba el primero de noviembre.

 

EN MÉXICO EL AÑO ACABA EL PRIMERO DE NOVIEMBRE. PARTE I.

Nada sucede a partir de esas fechas en México. Los nuevos proyectos se posponen hasta enero. Las grandes decisiones se tomarán, por lo mismo, en enero. Es un recordatorio a quienes se dediquen a hacer cosas en México. Hagan todo lo que puedan desde el 16 de enero hasta el último día hábil de octubre, será muy complicado que se haga algo después de esa fecha.

Es como si México como país, tomara una poción que lo fuera adormeciendo. Y diga, ya es muy tarde, ya es hora de cerrar este país. O tal vez no adormeciendo, tal vez al contrario, se empezara a emocionar con el fin de año en ciernes y ya no pueda tener atención para nada.
¿A qué obedece esto? Nadie lo sabe explicar. Al espíritu mexicano por naturaleza. A que las grandes decisiones se atoran siempre arriba. A que el presupuesto no alcanzó.

Y esto es en lo público y lo privado.

Sopor y excitación combinados. Fiestas y tranquilidad que se intercambian sin voluntad.
La tradición es bella. La tradición es algo que se debe de mantener, dicen.

O tal vez mejor no. O cambiarla algo al menos, ¿se podrá?

Cosas extrañas de México, sin respuesta o solución.

Como si a este país le faltaran pretextos. El trabajo nos hará libres, ¿no? Eso nos llevará al esfuerzo fecundo y creador, como decían los lemas de gobierno de antes y que nos llevaron a tener un país idílico, mantenido en su botella ideológica, política, sin necesidad de transformación. El mundo, con sus guerras, bien podría quedarse afuera. Ya habíamos tenido la nuestra.

Terrible guerra esa. Pero casi nadie la dice así. 

Ni siquiera “Guerra Civil”. Prefieren “Revolución”.

Porque todo el mundo tiene guerras, ¿no? Aún los más civilizados. Los que presumen de ser pueblos de poetas y pensadores. Los que mantienen la luz de la cultura en alto en medio de la barbarie.
 Y es que hoy vi un documental sobre los nazis y Adolfo Hitler. Son terribles esos documentales.. Bueno, los hemos visto desde toda la vida que hemos visto documentales, ¿no? Y si no los han visto siempre habrá un Spielberg.

A principios de siglo, justo cuando nosotros tuvimos la primera gran revolución del mundo en el siglo, Alemania 

preparaba un nuevo orden mundial con ellos listos para hacer su parte en ese gran concepto que es “el Concierto de las Naciones”, una vez, claro, que resultaran vencedores de la contienda.

Todo estaba listo para que los alemanes ganaran pero cosas intervinieron en su camino a Paris y más allá: las trincheras; la tozudez de los británicos (que perdieron a una generación entera de sus más brillantes); que en Rusia hubo diez días que estremecieron al mundo; que los franceses resistieron cuando debieron resistir; y, a que los norteamericanos se sintieron amenazados por el hundimiento del Lusitania y del telegrama Zimmerman que le mandaron a Venustiano Carranza para que atacaran a Estados Unidos desde su patio trasero, (cómo si hubiéramos podido), y así, estos atacaron y triunfaron.

Alemania perdió y la amargura llegó con la derrota. O sea, historia mundial de segundo de secundaria y en cuarto semestre de prepa, da o toma un cambio del plan de estudios oficial.
La historia es archiconocida. Adolfo Hitler les prometió nuevas glorias y se las consiguió. Obtuvo además todos los poderes habidos y por haber. Inventó él solo la Segunda Guerra Mundial. Claro que en el camino se llevó a millones. Mató a muchos, dominó a otros, expulsó a muchísimos (los que se salvaron), esclavizó a los demás. Arbeit Macht Frei, el trabajo los hará libres. Ese era el lema de la puerta enrejada, en Auswitchz. La Solución Final.

Le tomó a varias naciones la derrota de Alemania. Eso en sí es una muestra del poderío alemán. Basado en 

eficiencia, organización, inventiva e ingenio, valor y fuerza, también se basó en esclavos, en maldad, en ideas de exterminio, en ideas totalmente inhumanas.

Hitler cometió errores de juicio serios: irse contra Rusia, declararle la guerra a Estados Unidos, y sobre todo subestimar el pavor mundial hacia su persona.



En fin, muchos muertos, destrozos, ruinas, desastres, destrucciones y divisiones después… Alemania, con la culpabilidad a rastras, se irguió de nuevo.

¿De qué depende algo así? ¿De una Guerra Fría? ¿Quiénes son los alemanes? ¿Qué sentido del trabajo tienen? ¿Qué sentido de la eficiencia? ¿Qué sentido de la organización? ¿Qué sentido de la ley? ¿Qué sentido de la ética?

Bueno, hay una frase que dice, creo que la mencioné antes en algún blog,  que “los alemanes son un pueblo de poetas y pensadores” (Dichter and Denker), la cual tiene sus raíces desde más de dos siglos y que luego satíricamente la varían de manera un tanto macabra a: “los alemanes son un pueblo de jueces y verdugos” (Richter and Henker).

Bueno, ellos son gente honrada, noble, valiente, inteligente, sensible, sí, pero…  la historia es la historia. Y no es precisamente generalizaciones de nacionalidades.

Todo les fue permitido. Ahí está escrito en los testimonios de aquellas épocas.
Los alemanes no son racistas ahora, no pueden serlo, su ley prohíbe toda referencia al nazismo y al racismo. Pero eso está ahí, como vergüenza, su pasado los mantiene en un cierto vilo. Hoy los turcos, españoles y árabes que viven ahí nos pueden contar sus propias historias.

Eso es lo que me lleva a la pregunta: ¿Y la civilización? ¿Y los valores del trabajo y esfuerzo? Sí, ahí siguen pero, 

¿no estarán supeditados a la obediencia? ¿Al concepto de Alemania sobre todo el mundo? ¿De su búsqueda de espacio vital y lugar en el tiempo? ¿Al de la herencia de Alemania? ¿Al del concepto de Gran Pueblo, único en el mundo? ¿Al que ellos sienten en sí mismos que merecen? Este, ¿lo traerán en la sangre, como reminiscencia de aquellos bárbaros que engañaron a los romanos en las oscuridades del bosque de Teutoburgo en el año 10 o 13 de Nuestra Era, cuando 15 mil hombres, perfectamente entrenados y dirigidos por Publio Quintilio Varo fueron destruidos por estas hordas de germanos que impidieron que la lux romana llegara arriba del Río Rhin, impidiendo la colonización del Roma hacia el norte de Europa? ¿Habrá cambiado la historia esa derrota tan poco conocida?

Con tantas cosas en las sangres, en las herencias y en los caracteres de los pueblos uno se pone a pensar en lo delgada que es la superficie del sistema en el que vivimos. En lo pequeñito que es el concepto de orden, de civilización, en que sólo falta que los malos, por decirles de alguna manera, tomen el control, se olviden de lo que es bueno y justo, por decirlo de otra manera, y hagan lo que quieran en su total impunidad justificándolo de la manera que ellos decidan, derrumbando órdenes establecidos, reglamentos, leyes, atribuciones, sistemas de paz y de equidad, todo cayendo bajo el poder de la espada, o de la metralleta, o de la pistola y la bala. O del AK-47, también.

México contrapunteado con Alemania. Nosotros no somos un pueblo de poetas y pensadores, ni de jueces y verdugos. ¿Pero qué somos entonces?

Vean el siguiente artículo.

jueves, diciembre 11, 2008

LA ILUSION VIAJA EN AUTOBUS


Eso de viajar en autobús para llegar a la ciudad más poblada del mundo es de llamarme la atención. En un año he hecho ese viaje de 100 km de ida y 100 km de vuelta más de 150 ocasiones. 30,000 kilómetros.

 Y también he hecho en este año muchos viajes de México a Monterrey y viceversa, nocturnos, para aprovechar el tiempo. 8 viajes. 1000 km de ida, y 1000 de vuelta. 16,000 km. En total 46,000 km. Por tierra.

 Hace 25 años un viaje en autobús era eterno, era el non plus ultra de una tortura autoinfligida por necesidad por horas. Y más antes, ni baños tenían… Mente sobre materia. El autobús hacía una parada de pronto y a buscar los baños para… y a subirse de nuevo. ¿Faltó alguien? La viejita aquella… ah… ¿nos devolvemos? ¿alguien se dará cuenta? Pues el yerno se quedó callado…

 Un autobús es como estar en una caja con espejos como antenas de insecto que viaja a más de 100 km por hora de momentos por las autopistas de México. Caja de la cual no puedes salir. A la cual el conductor pone su música en los viajes largos nocturnos, ranchera y religiosa (si es que eso se pueden imaginar) a todo volumen para no dormirse. Esos son viajes de pesadilla, no pedazos. Eso y más si te toca una señora detrás de ti diciendo “Ay, Dios, ay Dios, voy a vomitar, me siento mal… ay, Dios…” pensando que nadie la escuchaba. De inmediato levantas tu asiento de su posición recargada y estás alerta por más de los doscientos kilómetros siguientes. Brrr.

 Muchos lo saben, cada tanto pasan una película en el autobús. Esa es una costumbre que no existía hasta hace unos años en el sentido de entretener a los viajantes como un servicio que nada les costaba a las líneas de autobuses.

 Recuerdo mis primeras veces, hace 9 años viajando a Guadalajara desde Monterrey. ¿Una película de Cantinflas? Sí. Ahí sí supe que era el sentirse prisionero en un autobús.

 Sin escapatoria.

 En otras más me tocó ver los primeros infomerciales de Vamos México de Marthita, y ahí sí, chútatelos. A fuerza.

 Y el tiempo pasó.

 No sé si he visto de todas las películas. En ocasiones agradecía irme en un autobús a las 6:57 AM  sin que nos pusieran película en todo el camino. Todo el mundo dormido. Me ponía a leer agradablemente.

 Porque he visto, ufff. ¿De lo peor? Tengo amnesia selectiva. Pero he estado recordando por ejemplo, El Efecto Mariposa 2. El Todopoderoso. Dobladas al español. Puaj. Terribles. Los Invasores de Cuerpos con Nicole Kidman. Una de Rob Schneider que juega beisbol con niños.Varias veces. Completas todas.

 Y por otra parte no todo es malo. Vi Casino Royale, la de Daniel Craiguna vez. La vi completa. Vi La Reina con Helen Mirren. Pero no vi el final. Vi Hero, la película china aquella ultragenial, la de los colores. Pero no vi el final. He visto películas francesas, una árabe que no recuerdo su nombre. Hace poco vi Gone Baby Gone, (Adios, Pequeña, Adios), de Ben Affleck, protagonizada por su hermano, Casey, muy buena, muy intensa. Pero no vi el final. En esa mañana de Gone Baby...  vi Mr. Brooks, la película con Kevin Costner y William Hurt, que al menos fue interesante. Pero no vi el final.

 Y todavía recuerdo la mañana que pasaron una película japonesa, acerca de un accidente de una niña que fallecía en un accidente en que un tráiler golpeaba brutalmente el automóvil donde ella viajaba. Uff, espantosa película. Se trataba del papá reviviendo el accidente una y otra vez viajando en el tiempo pudiendo impedirlo en cada ocasión y sin conseguirlo. Típica película de terror japonés.

 El único problema era que la intensidad del accidente se transmitía a la idea de que viajábamos en esa caja con ruedas a 100 kilómetros por hora… ¿y si sólo hubiera un carro con una niña por ahí a la espera y en lugar de tráiler fuera… un autobús?

 Y ya para terminar. La duración de las películas que eligen para ponernos a nosotros su amena audiencia totalmente cautiva. Para viajes que varían en el mismo trayecto una hora: de una hora y media a dos horas y media. ¿Qué criterio eligen para poner películas? Cortas o largas. Sepa. En ocasiones éstas se acaban mucho antes de llegar, en ocasiones nunca sabemos el final. Por más que las veamos varias veces. Que suerte, ¿no?  De las mejores nunca vemos el final. Y de las peores las vemos varias veces.

 Recuerdo a aquel chavo que llevaba un PSP con un episodio de los X-Files en él.

 Cómo lo envidié.

 Gracias a los dioses por los reproductores MP3. Y a que tenemos batería suficiente. Y a que llevamos libros para leer. Y cuadernos en qué escribir.

 Apenas vamos en la caseta. Faltan chorrocientos minutos para llegar… Y ésta película, ya la vi…

 

miércoles, noviembre 26, 2008

LA ADMINISTRACION, CÓMO VERDADERA CLAVE Y OBJETO DECISOR EN NUESTRAS VIDAS

Diatriba Reflexiva. Pensamientos Bucólicos o Sólo Suspiros de Tiempos Idos y Mal Apreciados.

La administración es algo impresionante. No es poca cosa. Es el como se lleva a  cabo el manejo 

de una empresa sea ésta pública o privada. Todos administramos alguna vez, ya sea nuestro tiempo, ya sea nuestra casa. Todo mundo hacemos labores que tienen que ver con administración. Organizamos, planeamos, controlamos.

Esto de la administración puede tener graves consecuencias. Es algo muy serio, la verdad.  Alguien administra este país. Alguien administra sus recursos. Y nosotros estamos dentro de todo eso. Alguien administra la empresa en la que trabajamos o compramos o vendemos o participamos o etc. Y sufrimos las consecuencias de sus faltas de experiencia.


Y lo peor, hay gente que lo hace bien y hay gente que lo hace mal. Alguien como Jack Welch es mítico, como el sumo Michael Jordan de la Administración, manejó General Electric (GE para los amigos) a través de casi dos décadas y la llevó a ser impresionantemente fuerte, influyente, indestructible.

Le pusieron Jack “Neutrón” Welch porque mientras dejaba intactos a los edificios, a la gente la borraba totalmente, como aquella Bomba de Neutrones de la que nunca supe si se construyó o no, o si la llegaron a 

vender en Wal-Mart o qué. La corría pues. Bueno, había sus razones. Había dicho que de todas las empresas en las que estaba GE, sólo merecerían quedar vivas las que fueran la uno o la dos de su mercado específico. Pero por lo demás al parecer sí se preocupaba por su gente. Al menos eso dice el libro de “Controla tu Destino Porque Si No Alguien Más lo Hará” que habla sobre él. Muy bueno, ¿eh?

 

Panoramas de la Realidad Efectiva.

Bueno, según esto lo que hizo fue hacer más esbelta la empresa. Ese es el deber ¿no?, hacer más efectiva a la empresa. Se lo deben a los accionistas. Hay que crear valor para los accionistas. El que la gente trabaje dentro, el que la gente le compre a ella, sí importa, claro, pero lo importante es que hay que crear más y más valor a la empresa y a sus accionistas. Para que rindan más dinero. Mientras más dinero, mejor.

¿Quieres medición? Mide cuanto le creas de valor. Ninguna otra cosa es más importante. El Rey Midas debería de ser el ídolo. Todo lo que tocaba sería oro. Así debería de ser con los que manejan las empresas.

¿Los empleados? Son/somos/fuimos/seremos recursos, humanos, pero sólo eso, recursos a quienes se recurren, o se usan o se desperdicien o dilapidan. Cuadritos en organigrama. Flechitas. Bueno, así son las cosas, así las aceptamos los que queremos, los que no quieran, pues no.

Es la concepción del trabajo en sí que hacemos, o hacíamos, en las organizaciones o instituciones. Hacemos una función. Cumplimos con un objetivo. Estamos en un escalafón. En una organización. Damos servicio a alguien y otro alguien nos da servicio a nosotros.

Pero he ahí ellos, los administradores. Examinémoslos un rato. Ahí han estado en las empresas desde que aparecieron éstas. Ellos las fundaron. Primero tocando de oído, luego yendo a escuelas en el extranjero para aprender. Luego trayéndose las escuelas (casi literalmente) y sus influencias o sus metodologías, sus maneras y formas de enseñar para enseñar a otros. O las de maestría donde alguien les da clases y casos lejos de la sabiduría popular. Donde les dicen los secretos reales de la administración mexicana. Los conocimientos secretos que se pasan de voz en voz, cómo hálitos divinos. O sea, la entrega de los ajustes mexicanos alejados de la teoría. La tropicalización de la administración.  Por ejemplo el porqué se paga a la gente lo que se le paga. El estilo mexicano de administrar. O como alguien me dijo que le dijeron en una prestigiosa institución educativa de negocios, “la empresa mexicana es sólo para sacarle lo posible y luego cuando no de más, venderla”.

Y la escuela se fue dando entre los demás, proceso de aprendizaje, de adaptación y de imitación y difusión.

Poco a poco la masificación, la estabilidad política, los buenos tiempos, la frontera cerrada,  la escala de mercado siempre en ascenso que dio más poder a la empresa, a la industria, a la fábrica, fueron factores que se dieron sin cesar. Con todo, los problemas de cualquier manera se sucedieron, las crisis iban y volvían, mejores tiempos, prósperos, otros no tanto, más bien críticos. Las empresas seguían, sus líderes crecían, sus hijos salían de la escuela y se ponían a trabajar desde abajo, pero bajo vigilancia, buscando su propio camino… dentro de la fábrica rumbo a la gerencia, a la dirección con paso seguro, irremediable.

Y no hay nada de malo en eso, se puede, se hace, y ni quien diga que es injusto. La herencia es la herencia. El talento es el talento. Las rayas le vienen al tigre por la herencia, ¿no?

 

Las Ruinas de los Mundos Olvidados.

Pero algo pasó, como dice Andy Groove, fundador de Intel, en su libro de “Sólo los Paranoicos Sobreviven”

o “Only The Paranoid Survive” , cuando las cosas empiezan a combinarse para sacarte de mercado, o para ponerte en crisis permanente, o  para decirte de manera sutil que los buenos tiempos han terminado. Y no hay manera de saberlo. Un precio de petróleo que languidece, o que sube, una bolsa de valores que no levanta, un cambio de necesidades de cómputo, o de nuevos sistemas de distribución más eficientes de ciertas compañías.

O de plano que los productos extranjeros ya llegan a los anaqueles y vemos salmón a 100 pesos el medio kilo, playeras de muy buena calidad a 60 pesos, o películas recientes de Hollywood a 70 pesos.

Nuevas tendencias que se conjugan y que quieren decirnos algo. Quizá el neoliberalismo, comerciar a lo bestia derrumbando barreras sin esperar a que los demás lo hagan, o la tendencia de hacer a las empresas más estrechas, sin grasa corporativa debida al exceso de capas o de empleados intermedios, o un énfasis extra en ser el número uno o el dos en cada industria en la que estás, comenzaron con el susodicho Neutrón Welch en esos años en los que reinaba Flans y el año de Duran Duran con su Girls on Film sin censura.

La misma IBM pensaba en ser la reina de los mares industriales a finales de los años 80’s. Pero no contaban con la PC y las redes locales. Y en otros aspectos muchos no contaban con Internet y la revolución de los webservices. Y muchos no contaban con el comercio electrónico. Y muchos no contaban con la inmadurez de los mercados electrónicos. Y muchos no contaban con el celular y sus eventuales increíbles posibilidades de comunicaciones (los rumores de que ya sirven para microondas son injustificados). Y muchos no contaban con 

China y su bestial capacidad de consumir cemento y acero, además de mover increíbles cantidades de personas hacia la producción de maquiladoras chinas inmensa e intensamente baratas. Y no contaban con que la eficiencia de los transportes lograra que se ignorara el Pacífico, de entre todos los Océanos. Y muchos no contaban con un petróleo caro. Y muchos no contaban con un petróleo barato. Y muchos no contaban con una recesión económica a partir del exceso de confianza que los norteamericanos le tuvieron a su crédito.

 

Volviendo a principio de los 80’s, los libros empezaron a llegar a las empresas, la administración se siguió enseñando entre los fieles a través de esos libros sagrados. Se trataba de imaginar como reacomodar a la gente según funciones, alineación de misiones, visiones, objetivos, de cómo entenderla, cómo guiarla, cómo enseñarla a que realice éstas y éstos, todas enfocadas en los beneficios de la empresa. Se entendían los principios de él cómo planear, él cómo manejar el dinero, cómo comprar los insumos, cómo promover y cómo llevar a vender a través de la distribución eficaz lo que la gente pedía y lo que había que hacer para vender los productos fabricados a la gente prevenida y mejor aún, a la desprevenida.

En ocasiones se llegaban a inventar cosas y a utilizar esas innovaciones e invenciones en beneficio de la empresa. Los que la inventaban, pues, su estímulo, un reloj, una placa, un pequeño estímulo económico. Excelente trabajo, disposición y lealtad. Los valores son los valores.

Uno pensará que en ocasiones los que están arriba lo merecen. Que saben ser diferentes de quienes no estamos allá. Y los mismos pensadores-gurús-ídolos-del matiné-grandes-shamanes-de-la-administración lo afirman: “¿qué diferencia básica puede haber entre un tipo que está arriba en el tope y qué gana 500 veces más que el de más abajo… para que gane esas 500 veces más?” Por decir, en estos tiempos modernos, hubo las quiebras en los bancos y las financieras y como quiera se llevaron los altos ejecutivos millonarios dividendos de premios. Y eso que las quebraron. Imaginémonos que hubiera pasado si las cosas se hubieran dado hacia una situación de fantasía de no-crisis.

Y luego veo a mis grandes industrias en donde crecí profesionalmente y me pregunto donde está hoy Cigarrera la Moderna, Data General, Vitro, IMSA, Redsat, IMPSAT, CYDSA, HYLSA, esas empresas que eran dirigidas por personas muy competentes, porque lo eran… y en fin. Y donde están, bueno, ahí están unas empresas transformadas, como los tiempos lo exigen hoy en día, en lean enterprises uber alles. Dicen que abusando del outsourcing.

Dicen que abusando de los empleados por honorarios. Dicen. Dicen. Dicen. Dirán. Las demás, se disolvieron en su arrogancia, víctima de su propio hubris.

 

Los Brujos sin Retorno.

Me considero mediano estudiante de lo que es la Ciencia joven de la Administración. Sólo llevé los cursos en la escuela hace 25 años y lo que he leído.

Pero de entre todos me cae bien Peter Drucker, era genial. Conoció a mil gentes importantes. A Freud, incluso. 

A Kafka. El fundó la administración en sí, como una ciencia dedicada al manejo de los procesos productivos de una empresa para llevarla adelante y hacerla crecer, digna de reflexionar y pensar en ella para hacerla cada vez mejor. Él subtituló su libro de “La Práctica de la Administración” con “un estudio de la más importante función en la Sociedad Americana”. Para esto, “El administrador”, afirmaba, “es el dinámico, elemento dador de vida en cada negocio”. Impresionante, ¿no es cierto? (Eso de “dador de vida” me suena familiar…).

Y es que Peter Drucker fue el padre de todos, el que dio el comienzo al concepto de la administración práctica, el sumo sacerdote, el que inició todo. Sus trabajos siguen siendo vigentes hoy mismo.

Pero Drucker ya se nos murió. A los 96 años, casi. Muy recién, para esto, murió en 2005. Muchos estudiosos  no lo consideran muy en serio. Sólo porque le faltó teoría. Demasiada práctica, pues.

Después entre los gurús de administración son más conocidos, pues por supuesto tenemos a Tom Peters, el gran showman, el de los lemas, el de los signos de admiración!!!!!!!, el de las órdenes, el popular a fin de cuentas. El que cobra eternidades de dólares por sus conferencias. El que odia a Dilbert. El de TU ERES TU MARCA. El de los Proyectos WOW. Ése.

Luego está, veamos, Michael Porter, el de “las cinco fuerzas competitivas”, el de la estrategia, el de la ventaja competitiva de las naciones, el caro, pues. (Los demás también son caros, para esto).

¡Ah!, a mí la administración no me llamaba mucho la atención en mis años mozos. Y no era por falta de ganas, quizá por falta de orientación, algo así. (Si eres joven y tienes ambiciones, búscate un mentor, ¡pero ya!)

El punto es que de ciertos años a la fecha me ha dado por leer libros de administración. O de superestrellas de la administración. O libros algo de moda.

En algún momento hace más de 20 años leí el libro de El Principio de Peter y siempre me llamó la atención ese rollo del principio de la incompetencia. La Teoría Z me lo regalaron en Westboro, Massachussets, en la mera guarida de lo que era otrora rebelde fabricante de minicomputadoras Data General, al igual con el fascinantísimo libro de The Soul of a New Machine de Tracy Kidder… que se trata de cómo crearon ahí en Data General la máquina MV, proyecto clave Águila o Eagle. Que no sé como, pero un día le hago una reseña… veintisiete años después de que sucedió todo.

No he salido de los 80’s, no se confundan.

Hay que recordar los libros de Peters de aquellos años, 1982-85, especialmente el de En Busca de la Excelencia - In Search of the Excellence (que luego quedó, umm, algo desacreditado porque la mayoría de las empresas que venían descritas en el libro tuvieron pésimos resultados solo 2-4 años después).

Y es que con la difusión de las ideas se empezó a dar el tema de moda, y todos sabemos por supuesto que con el tema de moda entra el tema de la imitación.

Todo era excelencia: La excelencia, busca la excelencia, sé excelente, cuidado con los japoneses porque son excelentes, sé excelente por sobre todas las cosas, y su libro según esto, era sencillo de leer, una receta, un claro How-to. Hasta el mismo Drucker opinó de “En busca de...”, un tanto burlón: “sólo póngalo debajo de su almohada y todo le resultará…”. Suena familiar.

Bueno, la onda de los libros administrativos hechos por gurúes fue como mencioné al principio inventada por Peters con ese libro que según esto se originó porque su compañía, la hiperinfluyente Consultora McKinsey, le encargó que hiciera un reporte que mostrara cuales eran las claves de ser mejores que ciertas empresas mostraban con el paso del tiempo. Empresas como Data General y Wang, IBM y Sears, por decir algunas… con los resultados ya mencionados.

Según esto, este Peters con su libro hizo casi una iglesia, con ese libro como biblia, y que con al igual que la Biblia, que muchos tienen  pero no leen, le sucedió algo similar: dice él que fue un libro más comprado que leído: Peters calculaba tres años después que 5 millones de personas habían comprado su libro, que de 2 a 3 millones lo habían abierto, que alrededor de 500,000 leyeron 5 capítulos,  que 100,000 personas lo habían leído todo, y que sólo 5,000 de estas hicieron notas detalladas.

Hagan de cuenta que igualito que eran Los mismos Versos Satánicos de Salman Rushdie.

Luego llegaron los libros (o fueron al mismo tiempo, muchos libros en bola, las tendencias por eso son eso, tendencias) de Akio Morita, el de Sony, con el suyo llamado Made in Japan, luego el de Iacocca, escrito por Lee Iacocca himself, el cuate este que estuvo dirigiendo el esfuerzo de hacer el Mustang en la Ford allá en los 60’s, y el que salvó a la Chrysler en los 80’s, con los Dart K y las vagonetas y que por alguna razón pensó que a todo mundo le gustaría saber de su historia.

Y vaya que así fue. Iaccoca salió en portadas de revistas, conocido por muchos, natural candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Not.

 

Los Brujos Destructores.

Después llegaría la debacle a tu empresa de confianza, con los libros de la Reingeniería o Reenginering the Corporation de Michael Hammer. Y nos hicieron pedazos, precisamente, como con un martillo. Muchos de arriba lo leyeron, jefes de industria sobre todo, los que su opinión sí cuenta realmente, y que lo llevaron a pie juntillas hacia la realidad.

Nada más se escuchaba la frase en el radio pasillo, o en la cocineta, o en el comedor, o camino al estacionamiento, o junto al botellón de agua, o en el baño, la de: “dicen que va a ver “reajuste”…” y a partir de ahí el acto de temblar todos (seguía pasando aún antes de esta crisis que hoy nos acontece, en la que hoy por hoy el miedo y terror vuelven rampantes a reconocer sus dominios).

Todos temblábamos.  Nunca estábamos tranquilos. Y luego se dice que en el ambiente de jefes lo que tiene que hacer un jefe nuevo para imponer respeto, es sencillo, que despida a alguien. (Además de Maquiavelo, ¿qué libro de Recursos Humanos lo dice? Me gustaría saberlo.)Y vaya que lo consigue. Los demás no dicen ni pío.

El resultado era que en la oficina se ponía uno a trabajar más, a quedarse tarde, y a traer la angustia, la ansiedad, a casa. Y en el corporativo en aquél 1991 éramos 120, luego 80 en el 1992, luego 50 en el 1993, luego 23 y luego a mí me tocó. Fui reingenierizado. Un cuadrito menos a quien pagar. Se les olvidaba, convenientemente que éramos más que cuadrito en el papel.

Bueno, había una familia. Una renta, un carro, bebes que pedían de comer. “Eres joven, encontrarás trabajo pronto”, te decían. Sí, sí, sí, te indemnizaban normal. Ok. Gracias. Que amabilidad. Y sí, estaban en su derecho, pero… Ah, esas fiestas de navidad, sobre todo las primeras, eran buenas, los abrazos, la bailada… pero sólo una, la primera, las siguientes fiestas por razones obvias ya eran más pequeñas, por obvias razones.

 

Las Tendencias de Imitación en el Rancho Local de Cada Quién.

Todo porque un grupo de personas clave de esa empresa y de otras, ciudad industrializada, rancho grande, todos se conocían, todos competían, todos se copiaban, todos buscaban el mismo libro (El simple libro llamado “¿Quién se llevó mi queso?”, dicen libreros amigos, que de él se vendieron alrededor de 60,000 copias en la ciudad de Monterrey. Si eso no es difusión e imitación en gran escala, no sé que sea.) De esa gran ciudad industrial en particular llegó ese libro estelar en la Maestría o en el Diplomado donde alguien diligentemente lo pidió, lo leyó en las revistas de administración tipo el Harvard Business  o lo vio en la librería del aeropuerto, o que incluso fueron al seminario, o que en la madre de todos los alardes el gurú mismo les habló por teléfono, o que hicieron cita y lo visitaron en su casa de las Antillas Holandesas, y  ¡zaz!

¡De inmediato porque no había tiempo que perder, la empresa podría caer en poco tiempo! Decrétese próxima junta urgente para jornadas de Planeación y Estrategia según el nuevo modelo. Desde arriba hacia abajo se trasmina el sentido de urgencia, el de emergencia, el de angustia, el de pesadilla diurna y ya de pronto tenemos Círculos de Calidad,  más nuevos cursos que nos dicen lo mismo, nuevos instructores que dicen lo de las pantallas tal cuales, nuevos índices de mediciones que todos olvidan a los dos meses, nuevos valores que todo mundo debíamos de reconocer de demasiado obvios, de aprender, practicar, y llevarlos a cabo. Así hasta la siguiente moda. Pero lo importante es lo importante: a apagar las luces y a usar papel reciclado para las copias o las impresiones, de eso depende el futuro de aparecer en la revista Expansión o no.

 

La Vida es Así o Dramas Usuales de los Corporativos de la Gran Ciudad.

Era siempre idílico, ceremonial, rutilante: como estar en medio de un sueño en la tierra laboral. Caminar por los grandes pasillos. Mirar por los espléndidos ventanales hacia los bellos jardines. El solecito cayendo. Las deliciosas asistentes de directores yendo y viniendo con importantes mensajes hacia destinatarios decisivos. Sentirse cobijado por un gran grupo industrial, ser parte de esa filosofía de ese gran grupo. Previsión social. La revistita mensual que te decía que éramos todos una gran familia. El servicio médico siempre listo. El subsidio a la despensa familiar. Todos cobijados. Todos abrazados. Todos anestesiados.

 

Don’t worry, be happy, no sólo era la canción de moda. Era el mismo credo traído del cielo por los Moisés con sus libros de la ley

Escuelas de Administración vendrán y se irán. Ahora es el Balance Scorecard, ¿mañana? Ya veremos el Harvard Business Review de Noviembre, si no en ese, en el de Diciembre, o en el de Enero, a ver que palabras clave nuevas traen.

 

Y aunque no es así siempre, hubo una época que… eran las buzzwords de hoy, las reestructuraciones de mañana, los reajustes de siempre…

 

Y es que, la administración, es algo, algo tan… impresionante, que…

 

(Este tema, da para más, mucho más…)

 

 

 

domingo, octubre 12, 2008

SUCEDIO UNA VEZ, EN LOS PASILLOS DE UN AURRERÁ

Se murió Paul Newman. Y antes se murió Richard Wright de Pink Floyd. Y tengo muchas cosas que hacer. Y por eso no he escrito nada. Y acabé el libro de Understanding Media, de Marshall McLuhan y me pareció fabuloso. Y me sucedió un incidente raro en un Aurrera local, tomándole fotos con mi celular en la sección de panadería a… unos panes.

 Pude haber sacado cuatro blogs distintos. Pero he estado ocupado.

 ¿Qué será primero? ¿Lo de las fotos del pan? ¿Las que no me dejaron tomar más?

 Resulta que me gusta tomar fotos. Me gusta mucho tomar fotos. Y las trato de sacar con composición, estilo, lo que se dice estilo, no fotos normales, de piñata, de reuniones, de familia. Bueno, sí las he tomado, pero me… fastidian un poco… En piñatas ya no me dan cámaras de video los cuñados porque saben que verán algo muy diferente a lo que están acostumbrados. Es que hay tanto que se puede hacer con una camarita.

 Y así voy por el mundo con un celular Sony Erickson con cámara de 1.3 megapixeles, listo para echarlo a andar. Tomo como 600 fotografías en un mes. Mucho o poco, no sé. Y luego pacientemente las guardo en CDs, claro, no todas son buenas. O si prefieren  al revés, no todas son malas.

 Dicen que la resolución de 1.3 megapixeles no es la más conveniente para tomar fotografías digitales, pero como que tener un celular con resolución de 7.0 megapixeles en la cámara, según esto, el límite de lo que la gente requiere hoy en día para sus exigencias naturales, todavía no me sucede, ¡hey, recuerden sólo es 2008!, y no sabemos lo que nos depara el 2013, pues, me acostumbro y disfruto el asunto tal cual.

 (Acaba de salir, en este instante en un comercial del VH1 y en un alarde de coincidencia enviada por el Gran Centro de Coincidencias del Cielo, el Sony Erickson con cámara Cybershot de 5 Megapixeles y con detección de sonrisas, ok, lo corrijo, lo que nos depara el 2010, ¿de acuerdo?)

 Y así tomo a figuras caprichosas del cielo con el filtro de blanco y negro y este se ve cool con todo y sus humildes 1.3 megapixeles. (Si las fotos se ven con poca definición las arreglo con filtro de enfoque del Gimp J ) Muy contrastantes el azul del cielo y sus nubes. También le tomo a los puestos de periódicos con sus noticias desnudas del día y así puedo juntar un archivo de muchas imágenes de días con sus sucesos diarios con esos sus ayeres capturados.

 Y, por supuesto, me tomo muchas fotos no por vanidad sino por tratar de entender lo que soy. Sonó muy breve como explicación psicológica, pero no es el lugar, ni el momento, ¿de acuerdo?

 De estas muchas imágenes de mí, algunas son dentro del supermercado de mi localidad, un Aurrerá.

 El caso es que me gusta tomarme fotos dentro del mismo. Quizá es un punto a reflexionar que tengo mi rutina clara de ir ahí un día a la semana a buscar mis alimentos y artículos que necesito, como si fuera a realizar la cacería ritual semanal con la cual alimento a la familia. Sin ese hecho, bueno, las cosas se complicarían quizá un tanto. Y mejor que comprar, con todo respeto, en las misceláneas y demás, porque… es otra historia…

 Entonces es natural estar dentro de un lugar para conseguir tus alimentos y que ese lugar sea un supermercado. Intercambiar el fruto del trabajo por alimentos. Un trueque finalmente.

 El Supermercado al que voy es la tienda ancla de un centro comercial normal como hay muchos en toda la república.

 Para esto, un centro comercial dícese que son en los que hay una diversidad de tiendas diferentes en un mismo terreno. De los que hay interiores y exteriores. Los de más caché son los interiores. Esos son los malls denominados así, supongo, por el área abierta, como si fueran calles para peatones, o como dice Mamá Wiki: una calle de peatones, una avenida sombreada, un espacio abierto, o una explanada, o ya de plano, un “mal” de compras.

 (Se pronuncia “mol” y todavía me hace gracia después de todos estos años que en Monterrey, en la colonia del Valle, inauguraron en 1982 un centro comercial con muchas tiendas alrededor de una pista de hielo, sin tienda ancla, y se le llamó, con esa muy típica gracia regiomontana en ocasiones de tan ramplona, tierna, el Mol del Valle, sí. “Mol”, o “seáse”, “Módulo Organizado de Locales”… de tantos recuerdos adolescentiles…)

 El caso es que los Malls es donde la gente está acostumbrándose a vivir su tiempo libre, además de que ahí se reúnen con sus amigos a tener su vida social. Los Malls los protegen además del mal tiempo, sea frío impresionante, sea calor terrible. Además imitan la ciudad de antes, la que era amplia, con tienditas y árboles, gente caminando y deambulando. El Mall es un pueblito pero ahora con techo.

 Pero sucede algo en los Malls. No son lugares libres. Son privados. Y siendo privados, hasta se dan el derecho de aceptar o rechazar a quien entre y de prohibir lo que les de la gana, como fumar, y yo no fumo, pero es un punto interesante a considerar.

 Pero ya dejando de divagar, continuo.

 En México los Centros Comerciales optaron por llamarse Plazas, por aquello de que recuerdan la clásica configuración urbana de los centros de las colonias de las ciudades del país y de Latinoamérica, en donde en el centro de cada centro urbano, hay siempre una plaza.

 En mi plaza comercial no hay tiendas macro, en este caso, como ya dije, mi supermercado es la tienda ancla y siguiendo el patrón comercial instaurado desde los años 70’s y más desde los 80’s en este país, alrededor está pululado de tienditas tanto interiores como exteriores en una rara configuración geométrica.

 Este Aurrerá al que voy es como todos los Aurrerá del país. Primero que nada, ya no es de los originales dueños que lo vendieron hace tiempo. Segundo, los compró, inevitablemente, WalMart. Y me hace gracia que como quiera festejan los 50 años de Aurrerá. ¡Pero ya no son Aurrerá! ¿O sí? ¿Se puede decir que sí? ¿El hecho de que los WalMart los compraron significa que les despojaron, o mínimo, les usurparon el acta de nacimiento o algo así? Bueno, ¿a quién le importa?, que hagan su fiesta, total…

 El punto es que, bueno, no quiero aceptarlo, pero el lugar a donde compro cosas fielmente es un lugar que es parte de mi vida. Pasó ahí a la semana dos horas o a veces tres comprando cosas. O viendo cosas, circunstancias simpáticas de la economía.

 Y la ironía del punto aquí es que he escrito dos o tres artículos sobre WalMart y su implacable conducta comercial a favor de su política de “PRECIOS SIEMPRE BAJOS”. Y digo “implacable” porque eso son ellos, implacables en ese lograr precios bajos a favor de sus clientes, lo cual es loable, en perjuicio, si, en perjuicio muchas veces, de sus proveedores que finalmente si nos ponemos a verlo son parte de una comunidad y son clientes que viven en comunidades a su vez y…

 Retomando el tema, me tomo fotografías dentro del lugar. No sé si sea algo raro, sólo que es un 

lugar en donde me tomo fotografías. Entre los artículos. Entre los estantes, en las configuraciones de los mismos. Entre el Corn Flakes, el Rice Krispies (que lo dejaron de vender durante más de una década, luego lo vendieron por tres meses y ahora lo dejaron de vender de nuevo), los jugos, las sopas, lo que tenga colorido más que nada.

 Los productos es lo que consumimos, por donde lograremos calmar nuestra hambre o satisfacer nuestras más inmediatas necesidades de maneras diversas. Ahí reside la economía a nuestro alcance de entendimientos cortos. Está barato, lo compramos, no preguntamos porqué, sólo lo hacemos, sin remordimientos. Está caro, ya le pensamos. Hay compañías grandes y pequeñas que viven de que les compremos, a su vez, hay personas que trabajan en esas compañías y dependen de nosotros para que sus familias a su vez consigan sus alimentos y satisfactores diversos, una gran cadena conectada de valores atados por lo que puedes consumir y por lo que puedes ganar para consumir.

 Así las cosas, un super es una metáfora de la vida. Es un punto focal de la existencia. Sólo los muy ricos y muy pobres no entran a un super por causas obvias. Los demás lo hacemos porque no hay de otra, si es que queremos cuidar nuestros ingresos para que estos nos duren más, lo cual es a todas luces, obvio.

 Yo en el proceso voy creciendo, tengo recién 46 y me gusta retratar mi vanidad, mi ante-decrepitud, mi post cenit, mis yos diferentes, mi interior, mi exterior, mis caras, mi estética o antiestética.

 Eso no sé si pasa o no, pero bueno, no es lo único de lo que tomo fotos en Aurrerá.

 Sí, tomo fotos del pan. Del pan de dulce. De su pan de dulce. Que es suyo mientras yo no lo pague.

 Resulta que el pan de dulce cuando lo colocan en las charolas de los anaqueles, igual que en todas las panaderías que hacen pan y lo venden al público en el país forma figuras curiosas cuando las ves desde cerca.

Me son atractivas. 

Interesantes.

 De ese modo le tomé varias fotos a las donas, a los bisquetes, orejas con chocolate en un lado, roles y a otros panes que desconozco su nombre, misericordiosamente para mí.

 Panes comunes y corrientes pero que cuando los ves desde cerca, insisto, se perciben imágenes diferentes, fuera de lo común. Porque, ¿cuántas veces te acercas a ver el glass, o el chocolate en tiritas, o las grageitas de colores diversos que adornan algunos de ellos? Ignoras sus entornos y descubres que parecen paisajes rocosos, montañas extrañas que se podrían escalar, superficies sacadas quizá del Principito, o de Dunas, etc.

 Nada de valor aquí, o nada de interés quizá más que el que uno le encuentra.

 Y yo ahí acomodándome con el celular para no llamar mucho la atención. ¿Por qué no quería llamar la atención si intrínsecamente no hacía nada malo? Porque podía que alguien se moleste porque examinaba sus cosas de tan cerca.

 O quizá todavía recuerdo cuando ellos, los del super, no te dejaban anotar precios o usar calculadora en un super, de eso hace ya varios años. Yep. Eso pasaba.

 La paranoia muchas veces tiene su razón de ser. El espionaje industrial puede ser rampante en estos días. Claro que eso es entre ellos, los mismos de las tiendas de automercado, y esto está demostrado por el hecho claro de que ponen a un lado de cada producto significativo el precio de lo que cuesta el mismo en Soriana por decir. Y los de Soriana no se quejan visiblemente de esa práctica. Quizá hacen lo mismo. El extinto Gigante hacía lo mismo también.

 Ahí estaba yo con ese conocimiento en mi mente cuasi-inocente ya en una segunda sesión de fotos. Ya habían sido mías las donas de glasseado blanco, unos bisquetes con un promontorio que parecía, que parecía… Bueno. Y ahora le tomaba a panes con ángulos desde mi celular mirando hacia arriba, hacia el techo, cuando sucedió.

 Llega un tipo que me preguntó de manera un tanto educada que estaba haciendo.

 --Aquí tomando fotos –le dije lo obvio.

 --¿De dónde es usted?

 --Ah, eso, soy un cliente que le gusta tomar fotografías de manera libre en lo que a estética se refiere y me gusta tomarle al pan de cerquita porque las formas, vengo muy seguido y soy ingeniero de sistemas y…

 En ese instante imaginé que todo lo que dijera en mi defensa no tendría importancia.

 Le mostré que sólo era eso, un cliente un tanto excéntrico con ganas de fotografiar cosas raras entre las comunes y corrientes.

 Muy amablemente me dijo que eso no era posible.

 ¿Por qué?, le pregunté, ¿le teme a algo como espionaje industrial?

 Él me respondió que sí, que uno nunca sabía.

 Pero son sólo panes, le dije. De dulce.

 Él me respondió que estas personas, las señaló, las de la panadería, le hacían tal vez a sus panes agregados propios de la empresa (ingredientes, formas, diseños, cosas así, supongo)  y que por eso no era deseable que se le tomaran fotos a sus, creo sorprendentemente inusuales, panes de dulce.

 Me quedé tan impactado del grado de innovaciones que precisamente sucede ahí en mi propio super de mi propia localidad que no le respondí nada. Quizá sería una grosería decirle que qué tanto se le podría agregar a un pan de dulce tal como una donita rica, eso sí, para considerarlo innovación industrial revolucionaria.

 Le dije también si había considerado que le podría hacer yo, una persona común, a la gran industria que era WalMart primer empleador privado en el país y si mal no recuerdo una de las primeras empresas nacionales en lo que a ventas se refiere y capaz de cambiar la inflación nacional en medio punto porcentual si se empeña en eso.

 Una aplanadora tamaño megacósmico.

 Se río y no dijo nada. Le pregunté que si de casualidad había leído El Efecto WalMart.

 Me dijo que sí.  

 Ahí acabó la cosa. Le dije que me sentía como niño regañado y nos reímos. Quizá de lo absurdo del asunto. Ni me quitó el celular ni me hizo borrar las fotos ni nada.

 Después es cuando me puse a pensar.

 ¿Me hubiera quitado el celular de haberle seguido? No, creo que no.

 ¿Me hubiera sacado de ahí? No lo sé. Hasta que punto se sentirían ofendidos, o molestos, o hasta que punto incurrí en una falta administrativa para ellos, no lo sé. No era un robo o hurto, o algo que pudieran consignarme a las autoridades. Correrme de ahí y no dejarme entrar de nuevo, no lo sé. Pero es mi super mas cerca, eso sí lo sé.

 Era su lugar, ellos son los dueños. Eso sí. Totalmente.

 Yo soy un cliente. Es más, un cliente asiduo.

 Ya después del shock no pude dejar de reírme y de decirme tonto por no haberle hecho las preguntas claves. Pero es que todo fue tan rápido. Casi quise ir a buscarlo de nuevo.

 Por ejemplo:

 ¿No sabe acaso que puedo llevarme los panes de una charola, pagarlos y hacerles lo que quiera, comérmelos y hasta tomarle fotos?

 ¿No se imagina que podría llevarlas con un panadero o pastelero para que me dijera los ingredientes?

 ¿Reflexionaría en que después de todo, hablamos de espionaje industrial, de los agregados secretos que se le pueden poner al pan?

 ¿Qué parecía que tratábamos de ingredientes, moléculas maravillosas, partículas de glucosa indescriptibles?

 ¿Quizá de levaduras milagrosas, de novedosos diseños que quizá harían que se implantaran postmodernas formas de hacer pan que pudieran instalarse en todas las panaderías no sólo las de México sino las del mundo?

 Nop, sólo hablábamos, finalmente, de los panes de dulce cotidianos y eso sí, ricos, que venden ahí, en nuestro Aurrerá local.

 De sólo panes de dulce.

 De panes de dulce.

 De sólo panes.

 La paranoia, a final de cuentas, ¿será de ellos, o sólo será mía?