viernes, agosto 31, 2007

Da la cara, Malandro: (Sobre Facebook, pero antes...) No estamos tan separados ni por seis grados ni por cinco, ¿eh?




(This small text is for non-speaking Spanish visitors. This is a try to give you an idea about the blog. I’ll intend to do this always with the next notes that I’m going to publish in this place. Please welcome and excuses our limitations in your language.

Thank you for coming)

Abstract: Face to Face: We aren’t so separated in degrees, not for six, not for five, not for…

This blog talks about Facebook from the perspective of the social networks; o redes sociales, including now the thing of the Six Degrees Separation (or the game of Kevin Bacon) with an example of mine about it. The text talks too about the tendency of we, people, to go with the people, wherever will be them. There are the ways of always. People look for, and watch, people at the restaurant, at the coffee saloon, at the mall, at the cyberspace, at that Second Life thing, at Facebook.

Please welcome…



Antes de continuar con nuestras ruminaciones acerca de Facebook, primero unas reflexioncillas sobre los Sempiternos Seis Grados de Separación.

Dios creó a los seres humanos con una alegría que daba gusto, caramba. Multiplíquense, jijos de la… por todo el planeta, que así está de grande el jijo de su… (no sé si Dios hablase así, pero de que escribía en renglones torcidos, me consta).

Debajo de los robots (incluso los que rondan por Internet, que me los imagino que son como los que crawlean por la tierra, parecidos a los que salieron en la película de Minority Report), debajo de los cajeros automáticos, debajo del RZR, del mismo MP3, del destacado y estético Ipod y del humilde JPG está (gran descubrimiento) ¡la gente!

Sí, sólo rásquenle tantito y encontrarán personas. Personas como tú y cómo yo, personas normales, exacto. (Alguien pondría eso a seria discusión, pero en fin).

Desde que leí el Tipping Point del buenazo de Malcolm Gladwell, formalicé en cierta medida mi conocimiento de las redes sociales. Ya sabía algo del tema por aquello del juego de los Seis Grados de Separación de Kevin Bacon.

Sí, ese rollo de que todos los actores de cine (del mundo, afirman) está a sólo seis pasos de Kevin Bacon, quién por una extraña bizarrencia de la naturaleza, o gran broma o gran casualidad, está ahí en medio de toda la industria del cine. Y eso hace que el actor que se te ocurra que haya salido en una película (comercial, queremos decir) con alguien, que haya salido con alguien en una película, que haya salido con alguien en una película, haya salido precisamente con Kevin Bacon.

Y esto es probable por la cantidad de películas en las que ha salido el tal actor y en las que ha compartido créditos con muchísimos otros actores de muchas épocas que con el tiempo se van traslapando poco a poco en esto del mundo del cine a través de sus géneros, las décadas y sí, películas de todos tipos y nacionalidades. Entre cada actor que se les ocurra con cada actor que se les ocurra, llegarán a unirlos en seis pasos y si usan a Kevin Bacon como centro o bisagra cósmica será más sencilla esa búsqueda de unión.

Eso es lo que se decía, la verdad. Pero al leer el Tipping Point de Gladwell descubres que Kevin Bacon no es el centro del mundo fílmico realmente. Ese honor, si es que se puede llamar así le corresponde al veterano actor de carácter Rod Steiger, ganador de Oscar y todo que apareció en más de doscientos películas de todos tipos de género, policíacos, cómicos, de ciencia ficción, de vaqueros, de tipo B, y un gran etc. John Wayne, por decir, hizo más de 150 películas, pero el 80% de ellas eran de vaqueros, lo cual lo limitaba a ese ambiente predominantemente, por así decir.

Bien. Extrapolando este juego de los Seis Grados, los científicos que se dedican a esto dicen que obvio, que no tiene que ver con cine, sino que más bien tiene que ver con la manera en la que estamos organizados los seres humanos en este mundo al que llegamos insospechadamente.

Propone esta idea que no tiene nada de raro que todos estemos conectados, ya que al meterle matemáticas al asunto no es raro que conozcamos a personas que conozcan a personas y que nos abran espacio en áreas que ni nos imaginamos.

Un ejemplo para ilustrar esto (sí, todo este rollo tiene que ver con Facebook, claro que sí):

Mi caso y como estoy conectado con un bosquimano determinado que viva en el desierto del Kalahari, al sur de África, arribita a la izquierda de Sudáfrica, en sólo seis pasos, cuestión de buscarle.

Puede parecer un poco disparatado pero no tanto, ahí les va: Yo nací en Tamaulipas, viví en Monterrey treinta años y ahí en esa ciudad me tocó conocer en una conferencia de fotografía que me invitaron en una Universidad a un cuate joven como de 30 años, fotógrafo nacido en Torreón (CONEXION UNO), pero asignado al staff de la revista National Geographic Society (a él le tocó acompañar al fotógrafo de planta a recorrer todo México para hacer el especial sobre nuestro país que apareció esa revista en Junio o Julio de 1995), por el tiempo que les cuento, él vivía en la ciudad de Washington, D.C. USA.

Ok, yo hasta ahí sé. Ahora hagamos un ejercicio de la mente. Por favor, inhalemos con fuerza para poder seguir:

Pero no está muy tirado de los pelos que él conozca a muchos fotógrafos de todos los años de experiencia o veteranía, ahí en NGS, ¿verdad?

Entonces, ¿sería muy aventurado, digo y subrayo, muy a-ven-tu-ra-do afirmar que al menos éste cuate de Torreón pudiera haber conocido a un fotógrafo o dos (CONEXION DOS) que hayan hecho reportajes allá en ese Desierto del Kalahari, situado al norte de Sudáfrica y que a su vez conozcan a varias, pocas o muchas tribus de estos habitantes naturales de ahí y que por una de esas propias redes sociales naturales que se dan en medio de estas, alguno de estos habitantes (CONEXION TRES o CONEXION CUATRO) conozcan, a través de sus propios contactos bosquimanos a un bosquimano en particular? (Nota, no conozco ningún bosquimano, sólo sé que hablan la lengua Xhosa, a puros clicks en la boca hechos con los puros dientes, ¡ah y sin vocales!, y que aparecen preponderantemente de manera muy simpática en aquella película sudafricana de Los Dioses deben de estar Locos, genial, ¿a poco no? La de la botella vacía de Coca-Cola que es aventada por una avioneta que pasaba errante por ahí y que le cae a uno de ellos y…)

Volviendo, los pasos en total son esos, tres o cuatro para que yo, un simple mortal, pudiera llegar a un bosquimano en particular.

Queda esto dicho.

Y si esto pudiera funcionar con bosquimanos o con esquimales, ¿como verían que funcione con personas en nuestro mismo país o ciudad o vecindario? Yo me he encontrado con cada persona conocida en cada lugar que al parecer no puede ser más que una megacoincidencia (recuerden que allá en el Cielo hay una Gran Central de Coincidencias) y que tal vez no lo es tanto, es sólo que el ser humano aparentemente no tiene límites por ir a donde le guste ir o vivir, o estar, o asentarse, finalmente. Y como buenos humanos que somos, tendemos a ir a donde la gente como nosotros va. Al cine. A un museo. A un crucero. A un funeral. A Facebook. A Second Life (bueno, esto último es un caso de esos que son tomados en cuenta por los medios demasiado tarde porque la moda de tener tu avatar en el ciberespacio es tan pasada de moda, tan 2006, sí me entienden, ¿verdad?)

O sea, la gente va hacia el punto de unión social, gregaria, a buscar la compañía de sus iguales, en donde la gente tiende a ir para seguirse encontrando a sí misma, ni más ni menos. Así es Facebook. Se fomenta la unión social. La convivencia. Y algo más, el registro de nuestras vidas poco a poco. Ciberregistros vitales.

Exploremos ese ciberespacio un poco. Sólo un poco. Vean la siguiente, que no dolerá.

miércoles, agosto 29, 2007

Da la cara, Malandro: Cuando el Destino (y Facebook) nos alcancen.

Parte Una de Tres o Cuatro Partes, ya ni sé. El Protocandidato Facebook, nato y barato. (O el paciente cero. O uno de ellos.)

(This small text is for non-speaking Spanish visitors. This is a try to give you an idea about the blog. I’ll intend to do this always with the next notes that I’m going to publish in this place. Please welcome and excuses our limitations in your language.

Thank you for coming)


Abstract: Face to Face: The Protocandidate of Facebook, cheap from the beginning.

This note talks about Facebook from the perspective of the social networks; o redes sociales, since the prebrowsers eras. This is an introductory note about... about… ¿what? What it is Facebook exactly? To which social demands Facebook responds? The answer probably is not here, but I’m going to try to give one or several. Or at least, I’m going to take a walk a pretty ride around the answers, if any.

Please welcome…

Pues ni hablar. Facebook ya llegó. Está aquí con nosotros. Y de cierta manera nos va a gustar, al menos algunas cosas sí y ya saben, su eterno complemento, otras no. No vengo a hablar de lo que es Facebook en cada una de sus circunstancias y fiturines (palabra que viene de features, o sea características, fiturines es sólo una palabra que inventamos por ahí hace años). Digo, yo no lo conozco plenamente. A mí me invitó a estar ahí una amiga-prima-lejana y ahí me encuentro desde hace un mes. Eso sí, es un lugar interesante.

Ya hablaré de él en unas palabras más.

Esta es la introducción. Vamos a ubicarnos, hablaremos del medioevo digital, cuando los Digitosaurios gobernaban la Tierra, ni más ni menos.

(Impresiones para blog que bien podrían estar en Facebook: estoy escuchando a John Lennon con Working Class Hero y estoy comiendo Galletas Marías con Coca-Cola Zero, estamos a dos días de la repasada que nos dio el huracán Dean aquí en esta ciudad)

A ver. Yo entré a Internet en una época muy antigua. No había navegadores-browsers. Ahí está dicho todo.

Internet era un servicio que un amigo mío me metió de contrabando cuando estaba en su universidad, se llamaba Bitnet (¿existirá aún? y si no es así, ¿cómo habrán sido sus últimos días? ¿Cuál habrá sido y a quién, su último mensaje?), me daba su cuenta y password y ahí encontré un mundo de maravillas. Claro, todo era texto, ASCII et Urbi. Cuando se descargaban archivos era eterna la cantidad de puntitos que tenían que pasar en nuestros flamantes y modernos modems de 2.8 KB. Sí, 2.8 Kilobits por segundo. Antes, un buen amigo, Rubén, me comentaba de los decenas de cientos de lugares a los que se podía meter para obtener información en su propia red mundial, que se llamaba Diginet, él trabajaba en esa compañía de minicomputadoras, Digital, ¿si la recuerdan, verdad? La inmensa compañía de minicomputadores y clusters, que creó la PDP, la Vax (genial nombre para una computadora), la que seguía a IBM en cuanto a… ¿no se acuerdan ya de nada de eso? ¿Quéee? ¿Qué la compró Compaq? ¿Qué luego Compaq fue comprada por HP? ¿¿¿Cómo???

Ok, esos días de hacha y dientes de sable derivaron en otros que nos trajo por fin al embrujo del navegador-browser en nuestras manos. Todavía cierro los ojos para estar dentro de esos grandiosos días en los que me metí de lleno en medio de las primeras veces a ese caudal de información llamado Internet, todo era lujuria, imágenes, gráficas, colores. Guauu, mejor que la Televisión. Además de vagar sin mucho tino por entonces, había algo llamado portal, conocido como Yahoo!, totalmente anarquista que trataba de dar cierto orden a lo que había “ahí”. Pero además de ver las imágenes que una artista colocó en algún lugar de tres muñecas barbies realizando actividades inenarrables unas a otras, me tocó ver la hoja “personal” de un tipo que por supuesto que ni recuerdo su nombre que tenía sus datos ahí, la imagen de su familia, de su casa y ¡hasta su perro! Gran cosa. ¿A quién más que a sus amigos les interesaría ver eso ahí? Y el año que marcaba el calendario era 1994, Colosio no tenía el año de muerto.

Doce años después ya se puede ir concluyendo: A todo el mundo le interesa que sepan de su perro y al mismo tiempo ellos están interesados en ver los perros de sus propios amigos, claro está. (Eso de los perros es recíproco, me consta).

Esto tiene que ver en definitiva con Facebook. En Facebook sales tú. Sale tu cara, se sabe que no eres un perro, sino que tienes un perro, como el antediluviano ejemplo del cuate de arriba, ilustre desconocido.

Sale tu cara porque no tienes de otra. ¿Quieres interactuar con la demás gente? Ellos leen tu historia, saben si eres conservador o liberal o moderado (Yo soy moderado). Saben de que año eres. Bien podrías mentir, y lo puedes hacer durante un buen rato, pero, ¿qué caso tiene? Se darán cuenta. No es un lugar de encuentros amorosos y medianamente clandestinos, es un lugar de socialización.

El tipo trimencionado de arriba lo entendió de manera inesperada. Él quería decirle al mundo que tenía un perro y que lo amaba tanto que subió su foto a Internet y lo puso en una hoja de HTML para que todos nosotros bienaventurados, lo conociéramos.

Él, el amante de perros desconocido, a final de cuentas, quería socializar. Pudo ser un protoFacebook candidate nato. Ya dije.


martes, agosto 28, 2007

Cuento Ultracorto: Tercer Intento, Conato y Práctica

Tercera entrega de veintitantas.

Cuentos ultracortos que caben en un renglón. Que caben en un reloj (¿qué no puede caber en un reloj?). Que caben en la cabeza de un alfiler. Que se olvidan en un segundo. Que no valen la pena siquiera cavilar si valen la pena. Que sin embargo, sin embargo, alguno, alguno, alguno, pueda que se quede siempre.

Y si de repente te suena conocido, cúlpame. Si te sientes identificado, maldíceme. Si te sientes agraviado, lápidame. Si te sientes aludido, repúdiame. Si te sientes con poder, reprímete. (¿Qué, creías que te ba a decir que me reprimieras? Nop, para nada. Esto es sólo un divertimento, no lo olvides.)

Nada de disculpas. Nada de lamentos. Nada de Nada. Sólo lo que es. Sólo lo que fue.



51. Miro mis pinzas: Soy calcáreo y divino. Sólo que, camino sólo para atrás…

52. Veo al rayo y danzo en él. Partículas van. Ondulante y línea, pienso y existo. Luz, ¿y Liz?

53. Mi sangre vida es. Mis eritrocitos pululan. Todos en democracia. No voten contra mí, ¡no!

54. Red de redes. Todos conectados. De repente me leo. Me saludo. ¡Me ignoro! Me duele.

55. Hago proyectos y mis proyectos me hacen. Hoy soy detalle, recurso. 17.- Ni-cuenta-me-di.

56. Al espacio están mis datos, todos escucharon. Ya avisaron que vienen. Ya es fecha. Mira.

57. Fue cierto lo de los gladiadores y leones. Hoy lo sé, me los trajeron aquí. Cuidado al salir.

58. Todos los ejércitos confluyeron. Llegaron y se pusieron a jugar. Quienes pierdan, perderán.

59. Estoy en Google. Todo mi todo: ojos, brazos, mente. ¡Ay! Perder mis derechos de autor.

60. Nanobots te rodean. Míralos, son como bellos puntos grises. No temas. Que inunden todo.

61. Cuando los observas en su caja de Petri, se ven tan educados… ¡Mira, me están hablando!

62. Ya me fastidiaste con eso de “¡Agujero negro suelto!”¿No puedes hablar de otra coossaaaa?

63. Era un cuento: “¡En blanco!”. Recuerdos de soledad. Pero todo fue eso, un blanco mito.

64. Están afinando su puntería. También nosotros. ¿Y si declaráramos empate? Sería fabu-

65. Destruí al planeta Tierra con un martillo. No me importa, me sobran muchos. Sigue Venus.

66. Creo que ésta computadora me quiere para ella. Imposible, ¿verdad, amor…? ¿Amor…?

67. Ser el último oficinista entre máquinas tiene ventajas. Permítame. Quieren más electricidad.

68. Justo… viajar miles de millones de años luz, sólo para volver a encontrarme, no es justo…

69. Espero tu cadáver, maldita, pasar frente a mi casa. Vendrás, si… Um, ¿quién llegó? Ops.

70. Los agudos acordes de guitarra eléctrica me hacen recordarla. Se agitaba mucho. Al final.

71. Este era el último Libro Negro del Mundo. Temeroso, lo abrí: Llamas y Demonios. Por fin.

72. Las fresas con crema más deliciosas, todo porque tú me las dabas. Suerte, todavía vendías.

73. ¿Ser prisionero eterno con brazalete al pie? No. ¿Seguiré siéndolo cuando falte? ¿…el pie?

74. Detengan mi pulso… mientras pueda ver hacia los Soles… todos ellos…

75. ¿No me ves? ¡Estoy a tu lado! ¡Mírame! ¡El experimento falló! ¡Falló, te digo! ¡Fallooó!

La Tarjeta Infernal



Esta es una minificción de 600 palabras que tiene que ver con el tema de "prepago", alguna más, alguna menos. Esto de ceñirse a una disciplina es divertido. Lo pongo aquí por... what a hell, porque puedo, pos total...





***











–John, puede que muera pronto, lo sabes.
–Sí, Michael. Lo sé…
La oficina era de tamaño considerable.
–John, he leído mucho últimamente…
–Por algo dejaste tus juegos de inversiones…
–Esas son minucias… Me temo que he concluido que puede que sí haya Cielo o Infierno… y como sabes, siempre me anticipo… No quiero llevarme sorpresas… Tal vez no hay Dios, pero no me quiero arriesgar…
–¿Qué harás?
–Aquí está este informe… Hay algo que me puede ayudar considerablemente… Se llaman Indulgencias… y son muy importantes… en el mundo de los católicos, quiero decir… Te ayudan a entrar al Cielo, dicen…
–Tú eres judío…
–No importa, así me aseguraré, John…
Casi siempre, pensó éste, recordando los últimos y lastimeros resultados de la compañía. Su último sistema operativo había sido un fracaso y la gente generó una gran campaña en contra. “La gente se rebeló por fin”, concluyó John, amargo.
–Investigué que hay una sociedad secreta. Me convencí, John, ellos sí están conectados al Cielo…
John protestó.
–Todo es una tontería, Michael… ¡qué alguien esté conectado al cielo! ¡Absurdo! Yo te… –quiso seguir hablando pero la mirada glacial de su jefe lo enmudeció.
–Tengo que adquirir muchas indulgencias… No quiero ir al Infierno. Tengo miedo y tengo un plan… se llama la Tarjeta de la Megaindulgencia Prepagada. Estoy enterado de que sólo hay una y deseo comprarla… y no importa tu opinión, John. Haz los arreglos y cómpramela. Hazlo por mí, John…
“Bastardo, hasta eso quisiste asegurarte, tu entrada al Cielo…”, pensó John.
Siguió las instrucciones e hizo la transferencia de la manera más secreta posible. La “tarjeta” prometida llegó en una austera cajita de madera.
Se la entregó a Michael, cuando ya estaba éste en su lecho de muerte.
La tarjeta decía sencillamente, “La indulgencia sólo viene del Señor”. Michael murió con la tarjeta en la mano. Las acciones de su imperio tecnológico terminaron desplomándose poco después.

–Señor Michael. Pase al Juicio por favor….
Michael estaba confuso mirando a un tipo extraño frente a una pantalla, pero se repuso de antemano enfocándose a toda prisa.
–No, no, espere. Mire –blandió la tarjeta que traía en su mano sin saber como llegó con ella a ese abstracto lugar–, la tengo, la tengo… La Megaindulgencia.
El tipo lo miró con sospecha. Examinó la Tarjeta con cuidado.
–Disculpe la desconfianza, pero ya nos han llegado falsas. Pero esta… parece verdadera. La pondré en el sistema y él decidirá.
–Claro –dijo Michael, jovial como siempre, en apariencia.
No habría error, la Tarjeta de Megaindulgencia estaba prepagada, estaría correcta.
Alcanzó a ver a su izquierda cómo muchas personas eran empujadas a un abismo. Pudo observar a la distancia los gestos de los caídos. La angustia suprema.
¡Sí existía eso del Cielo y el Infierno!
Se vanaglorió de haber estado más que preparado.
La persona introdujo la Tarjeta en el sistema sin más ceremonia. En eso, todo se apagó por un microsegundo y se encendió de nuevo.
–¿Qué ocurre? –dijo Michael, alarmado, mirando a todas partes.
–Nada, alguna falla sin consecuencia. Todo vuelve a encender correctamente y además este sistema está a prueba de fallos. Sólo la vuelvo a insertar así… ya…
Así lo hizo. Michael estaba impaciente. Pasaron diez segundos.
Una sonrisa trató de ocultarse en el rostro del portero celestial.
–No, Señor Michael, la tarjeta no está en el Sistema. Buenas tardes.
–Debe de haber un error…
–Aquí no hay errores, señor Michael, es el Cielo. ¡Él que sigue!
Michael, sin poder entender nada a su alrededor de inmediato apareció frente a un abismo y cayó. Y cayó y cayó. Para siempre.

sábado, agosto 25, 2007

Recordando a Pina Pellicer, en un día de otoño

"Un día acabará el olvido o acabará la esperanza.”

A Pina Pellicer casi no la conocí. Sólo supe de ella de una película mexicana que se llama Días de Otoño de 1964.


Me gusta esa película. Se me hace suave, nostálgica, melancólica. El otoño suena a eso, a melancolía, a añoranza imposible. A caminar por un parque lleno de hojas cayéndose de los árboles. Sin que te hagan caso, sin que llames la atención, sin que casi existas.

A eso creo que se refiere Pina Pellicer en esa película. Ella es Luisa, una mujer que es engañada y dejada vestida de blanco en el altar.

Ese engaño que le hicieron a ella se convirtió en un engaño que ahora ella les hizo a todos. Ella finge estar casada, ella finge estar embarazada, ella finge tener un hijo, ella finge quedarse viuda, ella finge pasear a su hijo en Chapultepec.

López Tarso es su jefe en una pastelería. Las amigas que la menospreciaban de pronto la aprecian y le dan muestras de cariño.

La historia es originaria de B. Traven, el dizque alemán (nunca se supo con certeza su origen) que vivió en nuestro país y que escribió tremendas obras que podrían ser tan mexicanas como las de Azuela.

Pero además de la belleza indígena de Pellicer, la fotografía. La fotografía de Gabriel Figueroa es magnífica. Blanco y negro, no tan preciosista como Pueblerina tal vez, pero sí subyugante por la claridad de sus alcances, por la audacia de sus encuadres, por la gracia de sus movimientos.

Yo que no he vivido jamás en la ciudad de México, pero que la he venido visitando seguido desde hace 30 años, conocerla en su majestuosidad del 1964 en que se vivía es inapreciable.

De hecho es por esto que en muchas ocasiones me encanta el cine mexicano urbano. La visión de los edificios a medio construir, los alcances con los que soñaba la capital, presenciarlos, uff, invalorable.

Siempre he pensado que este material fílmico urbano será fuente de investigaciones dentro de cincuenta años, cuando se quieran realizar estudios acerca de comportamientos sociales de personas comunes y corrientes. No todo el cine urbano mexicano es así, pero este sí lo cumple en demasía. La escena de la visita a la clínica en la sala de espera es magnífica.

No me engaño, esto viene de la imaginación de un autor siendo filtrado por la dirección de alguien con sus propias visiones, pero de que está sentido y percibido con sinceridad y honestidad no queda la menor duda.

Evocaciones de imágenes de la Glorieta de Insurgentes de los días del Pre-Metro, de día y de noche, vistas desde una azotea al parecer insignificante, que son gloriosas.

Otras cuando va ella, recién abandonada en el altar literalmente, y se retira apresurada, llena de angustia, corriendo por las escaleras, puentes peatonales y en medio de tráfico, vecindades que aparecen de sorpresa, hasta llegar a su cuarto en soledad. La textura del ladrillo, la aspereza del escalón de concreto, la rugosidad del pavimento. La soledad protectora, refugio absoluto y sutil, de su cuarto. El tejido fino de su mentira, tan necesaria para vivir.

Sí, claro, tiene su punto de vista de tristeza proyectada, sentimentalista en ocasiones, pero se le pasa, se le permite, porque una película de esta naturaleza es para verse y sentirse una y otra vez.

Pina Pellicer tenía gracia, tenía belleza interior. Aún en la pesadumbre de su situación, Luisa tuvo la capacidad de levantarse. El asunto de su engaño en sí, terrible y con su falta de sinceridad y todo, se sostuvo con alfileres, pero al final se sostuvo.

Algo tenía en ella, una luz que incluso le alcanzó a actuar con el mito mismo, Marlon Brando. Nunca sabremos que pudo pasar con ella en el cine al pasar el tiempo.

Esa es la melancolía sin resolver de esos Días de Otoño.

Pina Pellicer se suicidó en 1964. Siendo yo también sentimentalista y cursi, todavía percibo su luz.

miércoles, agosto 15, 2007

SOBRE EL SECRETO. CONTRA EL SECRETO. PERO NO CONTRA QUIEN CREE EN EL SECRETO O LO COMPRAN Y NO LES FUNCIONA. Y SI FUNCIONA… TAMPOCO LES CREO.



Por supuesto que no he leído El Secreto. Por supuesto que no lo voy a leer. Yo no estoy aquí criticando algo que no he leído. Estoy criticando la actitud detrás de querer VENDER, y de COMPRAR, un libro y un DVD con ese contenido.

¿Leyes de la Atracción, dicen? A ver si es cierto…

Empecemos por partes, que esto es largo.

Yo antes fui un verdadero crédulo. Era tan crédulo que leía la Revista DUDA (Lo Increíble es la Verdad) y la creía. Bueno, tenía 11 años de edad (de eso hace 33, casualmente, la edad de Cristo, por otro lado, denme chance, aunque sea una poca, ¿no?) entonces no era muy complicado creer que el Hombre vino de Venus hace 5,000 años o que las Siete Palabras que Cristo dijo en la Cruz eran mayas (lo juro, leyeron bien, así concluían). No había mucho criterio. (No que haya mucho ahorita, pero ustedes me entienden).

Pero el tiempo pasó y tomé la costumbre de leer su bibliografía, la que aparecía al final de cada número, Enciclopedia Salvat, sobre todo. La segunda fuente era Misterios de la Gran Pirámide, o sino el de Isis sin Velo de Helena P. Blavatsky o algo así. La tercera era Misterios de lo Desconocido, (pudo llamarse así también, es mucho tiempo) de Tomás Doreste (de él sí me acuerdo), cosas del destino, publicado por la misma casa editora de la revista.

Mi credulidad hizo ¡CRASH! de manera tan estrepitosa poco tiempo después a causa de un maestro de sexto año en la famosa escuela primaria-penal José Joaquín Fernández de Lizardi, que nos contaba cada locura tan obvia ahora, pero que en ese año escolar (1973-1974) no tenías criterio o conocimiento suficiente, pero un día este señor se pasó de lanza en ese terreno y de plano todo lo que había construido en cuanto a conceptos se desmoronó de manera lamentable.

Y me hice totalmente incrédulo de muchas cosas. En otros temas seguí siendo crédulo, en terrenos personales y políticos, pero no en los generales.

Bueno, están las buenas intenciones de las personas que te rodean, de tu primer círculo, digamos, luego las de más allá, y si nos vamos alejando de nuestro Ground Zero personal, cada vez más a la distancia nuestra credulidad se desvanece como luz en atardecer mortecino. Llega a terminarse por completo, por ejemplo con los medios de comunicación o con el gobierno, y sus líderes, claro.

El caso es que al pasar el tiempo he visto incontables objetos que aparecen aparentando credibilidad (¿estará bien escrito lo anterior?) como el caso de autores o escritores que se vuelven populares en ciertos momentos de nuestras vidas.

Parece que sucede cada década.

Recuerdo en los sesentas a Lobsang Rampa del cuál leí la versión aquella de El Médico del Tibet y la de El Tercer Ojo, no recuerdo cuál era cuál o cuál leí condensada en la revista Contenido de por entonces. Lo que sí recuerdo era que al protagonista, no recuerdo su nombre, le pusieron una astillita en la frente para abrirle eso precisamente, su Tercer Ojo. En la otra historia traía un rollo de catacumbas hechas por gigantes. El punto aquí es que todo es contado desde la perspectiva de un hombre occidental, extrañado y sorprendido de tantas maravillas que sucedían en el Tibet. Esto último no debería ser raro porque luego se descubrió que el tipo era un inglés con demasiada imaginación.

Luego en los setentas llegó Carlos Castaneda. Hasta portada del Time le dieron. Aún antier una persona estuvo conmigo y en la conversación salió el tema de Castaneda. “Yo no creo en sus rollos”, le dije, “y si lo leí fue para ambientar mi novela inédita (Sangre de Neón) con el asunto de un shaman espurio, por eso me dispuse a leerla para saber que asunto es ese de brujos que se intoxican con hongos y que alucinan creyendo en los caminos del guerrero y en los lobos y los coyotes y los peyotes y los cuervos”. Castaneda murió hace como cinco años de una enfermedad hepática común y silvestre que no me imagino como ni Don Juan lo pudo salvar. Este señor, Castaneda, no Don Juan, claro, era un antropólogo de origen peruano avecindado en California que, ¡a cómo vendió libros!

Más reciente en los ochentas en este asunto de escritores que se dicen serios y que sacan libro tras libro como si fuera pan de horno, el caso del español J.J. Benitez., con sus libros de Caballo de Troya. Me dicen que sólo el primero está muy bueno, pero también me abstendré de leerlo. Un día lo vi en una entrevista por TV afirmando con cierta candidez que todo lo que narra en sus libros es cierto. Cosa más fastidiosa, la verdad. Viajes al pasado, astronautas que atestiguaron a Cristo y sus hermanos, bodas, parábolas, resurrección, bla, bla, bla. Pruebas, a mí denme pruebas. No me vengan a decir cosas. Quiero pruebas irrefutables de viajes en el tiempo. O de fantasmas. O de brujos. O de buenas intenciones en la política. Cosas así, del más allá.

Y más todavía cercano a esta época están los libros de la serie llamada Left Behind (libros que tienen que ver con el Anticristo y su llegada a la tierra y con la inmensa cantidad de personas que se quedan estupefactas después de ver como muchos desaparecen cuando al parecer se van directo al Cielo) de no sé quién y finalmente están los de La Profecía Celestina, del cual tampoco recuerdo su autor, libros igual de tendenciosos de los que también se han escrito diez tomos de su propuesta espiritual.

El Código Da Vinci está como que en medio de lo que se afirma como ficción y como no ficción. Todo un caso. Toda una industria. Todo un negocio. Tampoco lo leeré, por supuesto. Eso sí, el que lo quiera leer, que lo lea.

Y ultimadamente ni vale la pena decir los nombres de ciertos autores porque las personas que lleguen aquí por equivocación a este site sabrán que sus libros no son tratados de manera benévola. ¿Para qué la molestia?

Digo, libros son libros y el libro es cultura, pero cuando estos tipos escriben cosas afirmando que medias verdades y seudociencias son certezas y que su intención es enaltecer el espíritu humano y disminuir la ignorancia por extensión, pues no, no va por ahí. Antes al contrario.

Lo que tienen en común estos autores es que todos encontraron un filoncito productivo, todos ellos, de libros que pregonaban decir la verdad y que a final de cuentas no lo hacían. Pero que divertida se dieron mientras vendían tiradas y tiradas de volúmenes, ¿eh?

Así toca en suerte el libro al que acabo de darle sólo un vistazo llamado El Secreto, de una tal Rhonda Byrne, ex ejecutiva de producción de televisión australiana, que primero sacó el DVD, un documental que terminó después de mucho estira y afloja por la TV australiana pero al que le vieron cierto potencial, luego apareció el libro el año pasado.

Este es un libro que vale en México la friolera de 330 pesos, ni más ni menos 33 dólares (en USA vale 24 dlls) para que cualquiera saque el precio en su moneda particular. Un libro de pasta dura, de una textura lustrosa, agradable al tacto, claro, con portada de un manuscrito con un sello de cera, al parecer secreto, con ese sentir de estar escrito con tinta y pluma de ganso, como sugiriendo antigüedad y confidencialidad muy a la Código Da Vinci.

Entremos ya en materia:

El libro de El Secreto promete la lectura-conocimiento-transmisión de un conocimiento ignoto, alejado de la mayoría de las personas, al parecer totalmente benéfico.

Dicho de manera sencilla ese secreto es el de la Ley de Atracción.

Su enunciado básico es Pide - Cree - Recibe.

Esto significa que sólo se tiene que visualizar lo que se quiere, sentirse bien al respecto, y pedirle al Universo con toda intensidad, y de ahí sólo es cuestión de tiempo para que lo que se pueda imaginar será recibido.

Lo que se pueda imaginar, lo escribí bien, lo que se pueda imaginar. Lo que sea.

El Secreto no es un libro motivacional cualquiera.

Veamos algo de sus enunciados, premisas, propuestas.

…Es un libro que afirma que los pensamientos son magnéticos, y que los pensamientos tienen frecuencia.

(¿Cómo definieron un “pensamiento”? ¿Cómo los aislaron? ¿Cómo ubicaron sus frecuencias?)

…Que mientras pensamos estos pensamientos son enviados al Universo.

(¿Cómo supieron que es exactamente el Universo? ¿A través de qué se envían?

…Que los pensamientos magnéticamente atraen las cosas similares, a todas, a las que estén en la misma frecuencia.

(¿Cómo comprobaron eso de la atracción? ¿Cómo sabe el Universo que es el concepto de “similar” ¿Tamaño, denominación, color, cantidad, calidad, ancho, duración, largo, dimensión a fin de cuentas?)

…Y que todo vuelve a la fuente original.

(¿Cómo estos pensamientos regresan, de entre todo el Universo a su origen?)

…O sea, vuelve a quién lo pensó originalmente.

(¿Cómo supieron encontrar el camino de regreso?)

…De ahí que el Universo me lo dará sólo si pienso con la misma frecuencia e intensidad.

(¿Cómo se mide objetivamente una intensidad? ¿Cómo comparar una intensidad con otra intensidad? (Sobre todo si compito con cientos de miles con la misma cosa, como el Melate o la Casa del Tec) ¿Será pensamiento intenso de todos contra probabilidad sencilla?)

Lo bueno y lo malo, ¿eh? Si pienso en que no me quiero enfermar, me enfermaré. Por alguna extraña razón el Universo no distingue los “no me quiero” de los “me quiero”, sólo se fija en el complemento. Problemas de procesamiento verbal en nuestro pobre Universo.

A veces me pregunto con todo lo que he leído, el porqué nadie, a su vez, se pregunta ¿cómo le hicieron, la autora original, los productores del DVD, para conocer El (mentado) Secreto? ¿Después de qué tipo de investigación? ¿Cómo llegaron a sus conclusiones?

(Parte del asunto es que mientras leo más información me admiro del alcance de lo dicho en esas páginas del libro. Dudaba por un lado que se haya escrito tal cual. Bueno, un poco de lectura comprueba que sí, que así fue escrito. Pero lo otro también me maravilla, que hay quién se lo ha creído. De hecho, millones de personas lo han hecho, lo están creyendo y lo creerán.

Por otra parte la Lotería Nacional de aquí en México puede ser pionera en lo de El Secreto y pudiera demandar a la autora ya que en parte de su publicidad de hace dos años, algo así, aparecía un tipo que manejaba un Volks como de taxi que repetía a alguien sin verlo, mirando con esperanza hacia el futuro: "Ya me vi, compadre, ya me vi” y empezaba a decir en voz alta como se veía: “un carrazo del año, una casota con mayordomo, ¿qué desea tomar el señor…” y terminaba con eso del “sí, compadre ya me vi…”.

En otras palabras eso de la visualización optimista y esperanzada no es absolutamente nada nuevo. En esas campañas usaron ese concepto hasta el cansancio. Pero no se olviden que el Melate, o sea, la lotería de números, se le conoce también como el Impuesto de los Pobres, con eso de que los pobres no pagan impuestos religiosamente y sin que lo sepan explicitamente los pagan a través de la Lotería y de los melates, tris y demás progoles de la vida urbana-campirana de este país en el que vivimos…)

Volviendo.

De hecho, según esto en el DVD de El Secreto dice el productor que es “como tener al Universo como si fuera un catálogo y empezar uno a darle vuelta a las hojas para buscar que es lo que queremos exactamente…”

(Lo anterior no es poca cosa, pedirle al Universo, dense cuenta, a todo todo todo todo todo lo que existe y que se consiga, dinero, un riñón, juguetes, una bicicleta, éxito, amor, ser amado, ser delgado, aunque no se menciona nada al respecto de los Universos Paralelos, los Universos Alternos, la cantidad de Multiversos que salen cada tanto como espuma del flujo ilimitado del Río del Tiempo, ¿funcionará este asunto tan delicado, que parece que no desequilibra estos Universos ni en sus propias y locales Leyes de la Termodinámica, en Melchor Ocampo, Nuevo León?)

El libro contiene como cien premisas al respecto de lo que es La Ley de la Atracción, como estas quince siguientes:

1. Cualquier cosa que esté pasando por tu mente es lo que tú estás atrayendo.

2. Pensamiento es igual a creación. Si estos pensamientos son anclados a emociones poderosas (buenas o malas) eso acelera la creación.

3. Aquellos que hablan más de enfermedades tienen enfermedades, aquellos que hablan más de prosperidad la tienen, etcétera.

4. Está bien que los pensamientos no se manifiesten en la realidad inmediatamente (si vemos la imagen de un elefante e instantáneamente se apareciera, sería demasiado pronto).

5. Todo en tu vida lo has atraído. Acepta el hecho, es verdad.

6. Tú consigues exactamente lo que estás sintiendo.

7. Lo que piensas y lo que sientes y lo que se te manifiesta es siempre lo mismo (un match pa’ que me entiendan) –sin excepciones.

8. Tú no necesitas saber como el Universo se va a rearreglar a sí mismo (esta premisa es genial para nosotros que sólo le ponemos la llave al carro y se enciende).

9. ¿Por cuento tiempo? No hay reglas en el tiempo; lo más alineado que estés con los sentimientos positivos lo más rápido que las cosas pasan.

10. El tamaño no significa nada en el Universo (o sea, abundancia ilimitada si es eso lo que deseas). Nosotros mismos hacemos las reglas en tamaño y en tiempo.

11. Si tú lo envías al Universo (siempre me ha encantado escribir Universo con “U” mayúscula, se siente más imponente que “universo”, el problema es que la escritora del libro también lo hace así, mal, mal, mal), quedarás sorprendido y maravillado por lo que se te entrega. Aquí es donde la magia y los milagros suceden. (Esta parte me encanta. “Magia” y “Milagro”. Dentro de ellas, todo sucede, todo, de la manera que se requiere. Guau.)

12. Los “Cómos” son el dominio del Universo. Siempre él sabe la forma más rápida, oportuna y armoniosa entre tú y tu sueño. (Que es exactamente lo que me preguntaba arriba. Como siempre: no veas al tipo detrás de la cortina, no preguntes como está hecho el truco, no cuestiones a la que va a leer las cartas a que defina que son “malas vibras”, no descubras tú el truco, siempre serás impopular.)

13. Nuestro trabajo no es preocuparse acerca del “Cómo”. El “Cómo” aparecerá del compromiso y creencia en el “Qué”. (Igual que lo anterior).

14. Somos energía. Todo es Energía. Todo. (Más bien, somos masa que se convierte en energía, no somos energía, ¿ok? Si fuéramos energía, ¿por qué entonces nos cansamos con tan poca cosa?)

15. Un pensamiento afirmativo es cien veces más poderoso que uno negativo. (Ah, nada como saber la diferencia del “positivo” como del “negativo”)

Pronto en la lectura uno se da cuenta que estos tipos y tipas de El Secreto concluyen que es la Mente la que crea la Realidad. Ni más ni menos. Poca cosa.

Estas ideas permean este tipo de filosofías al vapor. La revista Skeptical, habla de que más que funcionar el mantra de Pide – Cree- Recibe, para que las cosas funcionen el mantra correcto debería de ser más bien la secuencia de “Imagina-Piensa-Crea-una Idea– llévala-a-la Acción- y-así-obténdrás Resultados”, siendo este otro mantra el que sí obtendrá resultados para la gente y que será el que realmente se realiza a la hora de conseguir estos.

Según esto, al respecto de que la gente pide de todo y si esto fuera posible en el planeta no habría suficiente para complacer a cada quién, en el DVD aparece un tipo hablando acerca de que aunque hay muchas ideas, hay amor más que suficiente, hay poder más que suficiente, hay gozo más que suficiente y agrega :

la gente sabia siempre ha sabido esto, ¿por qué crees que el 1% de la población gana alrededor del 96% de todo el dinero que está sido ganado? ¿Crees que es por accidente? (Sepa Slim)

No es accidente. Está diseñado de ese modo. Ellos entienden algo. Ellos entienden El Secreto.” (Ahhh, ¿es por eso?)

En el DVD empieza también el doloroso galimatías científico con el que siempre se inundan este tipo de cosas (como esa película de ¿Y tú que [bleep] sabes?, en la que empiezan de pronto a mezclar mecánica cuántica, física atómica y demás lindezas junto con poderes del pensamiento, pa’ acabarla, algo similar a lo que aparece en esto de El Secreto en su DVD version y de hecho, ¡esperen! acabo de leer que uno de los tipos que aparecen en la película de El Secreto y que está mencionado ahí como uno de los “científicos”, salió en la película esa de ¿Y tú…? ).

Habla el DVD por ejemplo de que todos somos energía, que hay dentro de cada quién energía para iluminar una semana una ciudad (excelente idea, por donde se le vea, lástima que es falsa) y tonterías similares sin nada que las sustente de manera sólida.

También en el libro tales comentarios erróneos o de plano malintencionados se utilizan para crear efectos benignos por asociación apariciones convenientes de Einstein y de su E = mc2 dentro de sus páginas para de cierta manera atraer los buenos augurios al respecto del librito. (“Debe de ser cierto, ¡hasta trae a Einstein! Y Einstein, todos lo sabemos perfectamente, jamás se equivocó…”.

Dos puntos aquí a modo de ejemplos:

Uno, seguramente ustedes han escuchado ese rollo, un supuesto hecho científico, de que funcionamos con sólo el 10% del cerebro y que eso es la muestra de que todos tenemos un potencial impresionante, pero de hecho, si así fuera: ¿qué parte del cerebro estamos dispuestos a rebanarnos para así demostrar con hechos que seguimos funcionando? Por un lado eso y por el otro, ¿y tanto tipo o tipa golpeados o balaceados en la cabeza que pierden funciones básicas de pensamiento o del habla o de la visión? ¿Pero cómo es esto posible si tenemos un 90% que no usamos?

Apueste su 10%, a que no le pasa nada. Apueste a que su cerebro encontrará sus reconexiones solito, solito.

Ajá. Claro.

El segundo: Recuerdo la película de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Se trata de ovnis, ¿recuerdan?, en los que yo no creo. Pero a pesar de eso la película me fascinó. Pero todo tiene un límite. Hay que pintar la línea en algún punto. Una cosa es la fantasía que me muestran y que la acepto. En el área de la fantasía no pienso que lo que muestren sea realidad o que pueda serlo. Pero Spielberg le hace decir al excelso director de cine Francois Truffaut en su papel de Lacombe, el científico francés, al escuchar comentar un técnico que los pilotos que bajaban de la nave nodriza no habían envejecido un día desde su “abdución”, y agregando que Einstein tenía razón, Lacombe-Truffaut resalta: “Quizá él era uno de ellos”. Puffffff. Yo admiró mucho a Truffaut, pero como cineasta, no como lector de temas científicos, pues. Y Spielberg, Spielberg, pues, es otra más, otra más…

Esto es de causar pesar, la verdad. Hasta donde supe el libro tiene en impresión casi cuatro millones de ejemplares. No en venta. En impresión. Si la cifra fuera un cuarto de eso, como quiera sería sorprendente.

Esto es un ejemplo más de la Ley del Menor Esfuerzo. De conseguirlo todo sin batallar, sin poner nada de nuestra parte. Sin trabajar. Por eso ha de tener éxito entre las masas.

Si todo está en mi mente, y ni siquiera flexiono ni las orejas, que mejor, pues pondré a trabajar a mi mente, ¿qué tanto me puede costar? ¿330 pesos? Los vale. ¿Qué tanto me puedo cansar deseando algo?

Y la gente que cae en esto es gente inteligente, es lo peor (bueno, no toda). El problema que existe es que hay mucha gente espiritual por ahí que cree que hay más mundos o dimensiones además de ésta. Los que leen su horóscopo religiosamente. Los que le hablan por teléfono 1-900 a las adivinadoras que aparecen en TV. Los que se recargan de energía los 21 de marzos en las pirámides (¿cuál y para qué les sirve específicamente?). Los que van con brujos a que les lean las cartas, el tarot, la mano, la tierra. Los que creen en los ovnis, en los círculos de los trigales y un gran etcétera.

Mucho de esto tienen la culpa los medios. Oprah, la célebre conductora, es un ejemplo claro. Invita a estos tipos y los apoya, les da sello de confianza a su alrededor. Y la gente les cree. No hablaré aquí acerca de quien es la gente que ve a Oprah, pero ella, sépanlo, ha ensalzado a decenas de escritores que sólo por estar ahí en su programa han visto aumentar sus ventas al triple que si no hubieran ido. Cuidado con Oprah.

El problema es que la TV trata de vender un mensaje blando. Sólo ciertos programas son críticos con el celo mínimo para llevar a cabo un análisis imparcial.

No me ha tocado ver un medio que realmente sea imparcial y crítico frente a los absurdos que propone este libro. Todos lo dejan con un “¿será verdad o mentira?, eso lo decide usted, señor lector o señora lectora”. Eso no es ser imparcial u objetivo. Eso es no querer emplazarse en contra de un gran grupo de personas que prefieren dejar de ser críticos más allá de aceptar una mercadotecnia viral. (“Lo leo porque está de moda, está de moda porque lo leo”). Y luego se regocijan estos medios afirmando que al menos la gente está más positiva y optimista frente a sus dificultades.

Nunca hablé de que hay problemas con el pensamiento positivo, o hacia la actitud que te va empujando hacia delante a fuerza de siempre ser optimista aunque por dentro te esté llevando la tristeza. “Al mal tiempo, buena cara” no es frase mala, o vacía, o hueca, ni encierra un falso optimismo. Esa actitud refleja una recarga de energía frente a la mera dificultad. No todos pueden. Los que la consiguen, la “buena cara” tal vez no les cambie el panorama pero lo aceptarán con más serenidad y podrán pensar con más claridad hacia como resolver sus obstáculos.

Es similar al mensaje de “uno propone y Dios dispone” aunque suene un poco vago a fin de cuentas, o el otro de “no por mucho madrugar amanece más temprano” que se equilibra con el “al que madruga, Dios lo ayuda”, que denota por debajo un esfuerzo, un propósito de llevar las cosas con el brío de quien madrugó con o sin la ayuda explicita de su Dios Particular.

El libro se seguirá vendiendo como plan caliente. Seguirá siendo industria. Cursos, conferencias, videos, audiolibros. Se seguirá leyendo. Se dejará arrumbado en seis meses. Al final nadie conseguirá ese millón de dólares que quiso atraer. O será más flaca o flaco. O tendrá un riñón nuevo. O vivirá 150 años. Y será una moda más. Y así estaremos hasta la siguiente moda. Y allá vamos de nuevo… Oh, sí se conseguirán cosas. Alguien se tiene que sacar el Melate o la Casa del Tec a fuerza. Está dentro de lo posible que cualquiera que compre boleto lo haga aún así sea el 000001 o el 649999. Pero habrán comprado su boleto. Otros más triunfarán en mil campos. Pero habrán estudiado el mercado, su campo, habrán atendido el llamado, habrán olfateado la oportunidad más que otros y la habrán aprovechado. Y tal vez ninguno haya leído jamás de El Secreto.

Como la revista Skeptical dice: “Uno podría concluir que, ¿bien? ¿Y qué pasa con eso? ¿Qué daño ocurre cuando se cree en cosas que no son literalmente verdaderas mientras se consiga el resultado deseado? El daño puede ser grande, y nadie ha dado mejor voz a esa preocupación mejor que W.K. Clifford en su ensayo Las Éticas de la Creencia:

El peligro a la sociedad no reside meramente en que creería en las cosas equivocadas, aunque eso no es un grave peligro en sí; pero sí el que nos volveríamos crédulos y perderíamos el hábito de examinar las cosas e inquirir, averiguar, sobre ellas, eso nos devolvería a los tiempos salvajes… eso puede importarme poco, viviendo yo en mi castillo en las nubes de ilusiones dulces y queridas mentiras; pero importa mucho al Hombre que yo haya hecho a mis vecinos listos para el engaño. El hombre crédulo es el padre del mentiroso y del tramposo…

Finalmente me hizo mucha gracia releer la manera en que Steve Martin pregonaba una de sus rutinas de esta manera: “¡TÚ TAMBIÉN PUEDES SER MILLONARIO! ¡Es muy fácil!, primero consigue un millón de dólares y después…”.





miércoles, agosto 08, 2007

Sobre Stephen King, revisión de sus novelas y Celular.

Más genio de la oscuridad que el mismo Ozzy Osbourne, Stephen King conoce su estilo, conoce su material, y lo más impresionante de todo es que conoce perfectamente a sus lectores.

Stephen King siempre se me hizo un escritor que va directamente por ti a cazarte en tus sueños y pesadillas. Siempre es alguien que se ha distinguido por exponerte la realidad prosaica y cotidiana y de pronto en un segundo, le da un doblez inesperado y te la coloca enfrente pretendiéndote ahorcar con ella.

Me sigue agradando mucho Stephen King. He leído sus editoriales en el Entertainment Weekly sobre cultura popular y se me hace muy lucido. Se me hace muy yo. En el término de familiaridad es como muy nuestro. Habla mi lenguaje y eso que soy mexicano, 44 años, de origen católico, etcétera. Es muy tendiente a universal, ¿está claro?

O común y corriente, dirían otros.

Y he leído magnificas novelas de él. Insólito Esplendor, la primera, creo. Ese fue su título originalmente de The Shining, más llamada El Resplandor desde la película de Stanley Kubrick. Recuerdo que mi tía me dijo que en la noche, muy ya de madrugada, tenía que detenerse a rezar de lo impresionantemente diabólicas escenas que ese libro traía (o trae, claro). Yo leí ese y recuerdo su particular estilo de colocar texto fuera del párrafo

(porque porque porque porque)

que de alguna manera daba cierto conocimiento, presencia de pensamientos, ráfagas extraídas de diálogo perdidas en alguna parte del subconsciente del protagonista o del villano. Insólito Esplendor me llevó sin problemas hacia ese hotel maldito a pasar varias noches acompañado de personajes malditos.

Inevitablemente sabemos que eso no puede existir. Por más que se diga de leyendas y folklore, sabemos que los hoteles no están malditos. Él mismo lo afirma en algún texto de esos que tal vez sean tan sabrosos de leer que mucha de su prosa en sí. Pero el genio de un escritor como Stephen King es que es tan hábil en el truco de magia que hace con sus propias manos delante de tus propios ojos

(él sabe lo que hace siempre lo ha sabido él sabe lo que hace siempre lo ha sabido)

que no puedes evitarlo, te hace el truco y le crees. Crees algo y de pronto totalmente descubres que suspendiste tu incredulidad. Clave de todo esto es el make believe. ¿Si están familiarizados con ello, no? La suspensión de la incredulidad. A partir de la página uno tiendes a creer lo que el escritor hace, describe, estimula y reacciona.

Con los años leí más cosas de él: Carrie, Salem’s Lot, o La Noche del Vampiro (llena de clichés vampirescos, pero genial a fin de cuentas), luego la colección de cuentos de El Umbral de la Noche o Night Shift, La Zona Muerta o Dead Zone (genial, una de mis favoritas), Ojos de Fuego o Firestarter (fascinante, durante su lectura hasta aprendí a decir bien la letra erre), Christine (so-so). Danse Macabre (colección de ensayos sobre literatura y cine y demás sobre espantos y cosas que te dan terror y que nunca lo he visto en español), La Danza de la Muerte o The Stand (esta está descrita más abajo). Cujo (la del Perro San Bernardo rabioso con su final un tanto…), Pet Sematary o Cementerio de Mascotas (más aterradora con el paso del tiempo, sobre todo si tienes hijos, cuando la leí todavía no tenía los míos y ya no la podría leer, sólo basta recordarla). Las Cuatro Estaciones o Four Seasons, que no son más que cuatro noveletas: Alumno Aventajado (me gustó con todo lo viciosa que es), El Cuerpo (de la que hicieron la película de Stand by Me), Rita Hayworth y La Redención de Shawsank (cuya película y por raro que parezca a mucha gente le fascina como lo puede atestiguar el site de
http://www.imdb.com/chart/top con su lista de 250 películas más populares en Internet y que misteriosamente quedó en el ¡número dos!), y la última de las cuatro que no recuerdo su nombre que tiene que ver con una mujer embarazada y su método de respiración (¿se llamaría así?), o sea, textos que son más largos que cuentos y más cortos que novelas, y después de eso uno ya empieza a perderle la vista. Por decir, no conozco nada, pero nada, de The Dark Tower, que por cierto abarca varios libros y que al parecer acaba de terminar y que me dicen que está super...

Con el correr del tiempo nos enteramos también que escribió novelas con otro nombre, Richard Bachman, debida a su excelentísima prolificidad (¿así se dice?) (de la cual sólo leí Thinner, o ¿cómo se llama en español? Ah, sí, Maleficio), cuestión totalmente envidiada por muchos escritores. Luego siguió con más novelas como por ejemplo La Mitad Obscura o The Dark Half, la cual me leí en cuatro idas a un supermercado de compras con mi esposa, mientras yo manejaba el carrito (o sea, la parte más fundamental e importante de ir de compras a un supermercado) y antes de eso recuerdo que Stephen King trabajó con Peter Straub, otro escritor de terror (escribió Fantasmas, genial) en El Talismán. Y creo que cerré ese ciclo de mi existencia respecto a Stephen King, con It, una genialidad en sí misma, larguísima novela, hábilmente contada en dos tiempos, descubriendo detalles de ambos de manera que nunca te enteras de lo que sucede en el pasado sino cuando él lo desea, lamentablemente con un pésimo final (cuestión de la que sí adolece nuestro escritor, malos finales en la mayoría, detalle que no lo hace menos, supongo).

En televisión dieron muchas cosas de él: Tommyknockers, Langoliers, su propia producción de The Shining o sea, la revancha de King contra Stanley Kubrick, últimamente dieron por cable Kingdom Hospital, y también me tocó ver la película de Johnny Depp de La Ventana Secreta de al parecer un cuento desde mi punto de vista demasiado predecible. Ah, y acaban de estrenar 1408, una película con John Cussack que tiene algo parecido, por lo menos a lo que Hotel se refiere al Overlook, el que salió en El Resplandor.

O sea, nada muy muy muy memorable últimamente. Quizá Rebecca de Mornay en The Shining, sólo estéticamente mejor, para mí, que Shelley Duval.

Nunca leí Misery, ni Dreamcatcher, ni La Tormenta del Siglo ni El Corazón de Atlantis o Dolores Clairborne, o Needful Things, o Nigthmares and Dreamscapes o Buick 8 ni muchas más que siguieron. No me llamaron la atención de ninguna manera.

Pero luego leí Un Saco de Huesos, o sea, Bag of Bones. Y dije, woow, qué excelente trabajo. No era este el horror por el horror, ni era el efecto por el efecto, era la búsqueda de lo que realmente hay en su corazón, de cuando un ser perfectamente normal en un mundo perfectamente normal (lo que quiera decir eso) se encuentra con seres ultraterrenos, con lo que no existe, con lo que es imposible de que exista venga a este mundo (sí, este, el de levantarse en las mañanas, el de comer huevitos con tortillitas, el de sufrir el tráfico, a tu jefe y a tus gobernantes, el de leer las noticias, el de reírte de Seinfeld, el de asombrarte con Lost) declarando que la maldad por maldad positivamente (o negativamente, claro) de fuera de este mundo sí existe en lo ordinario y tú, o peor aún, tú familia, la va a pagar y de manera muuuuuuy mala.

El punto del terror que invoca, provoca y convoca Stephen King es la naturalidad con la que la realidad fantástica (esto último es un oxymoron, o sea, una recontradicción en esencia) que nos proyecta en nuestras mentes e imaginaciones, está siempre a nuestro alcance, una realidad totalmente retorcida de maneras espantosas, que se regodea haciéndonos recordar nuestros temores infantiles: por un lado de los espantos y cocos y viejos que vendrían a hacernos daño; y por el otro nuestros temores más maduros: por supuesto el temor a la muerte, o el de la muerte de nuestros seres queridos, y también por supuesto a la manera misma de morir, llámese de enfermedad crónica o adquirida o genética (sea de cáncer, de ántrax, de ébola, de bacteria necrótica, de pandemia de SARS), o en un terreno de más violencia próxima desenfocada, llámese a manos de locos sueltos en la calle que la aleatoriedad cotidiana nos pondrá enfrente en cualquier bonito y brillante día, o, si se quiere, llámese morir en manos de objetos comunes que de pronto adquieren autonomía y cierta consciencia y que esos objetos llámese automóviles, sean estos planchadoras de vapor, camiones, y mil objetos inanimados más

(eso no se estaba moviendo y ahora se mueve no se movía y se mueve)

que, curiosamente, en lugar de maravillarse y vanagloriarse de la recién adquirida razón, les ocurren deseos acelerados de destruirnos a nosotros, seres humanos inmersos en los dramas ahora compartidos de significancia leve a excepción de nosotros mismos.


En el caso de Un Saco de Huesos, aunque hay fantasmas y formas de comunicarse con seres del más allá con nosotros, en este caso con los imancitos de letras de colores que se pegan a un refrigerador, no es una novela tan sencilla de asimilar a como muchos bestsellers nos tienen acostumbrados.

Porque han de saber que Stephen King es firme creyente de la camisa hawaiana, es decir, mencionar algo a mitad de la novela, un snippett aparentemente inocuo de información regalado de manera somera que a la larga toma mucha influencia en el desenlace de la misma (lo mismo hacía Irving Wallace en sus kilométricas novelas de entonces, especialmente en La Palabra y El Documento R).

Este punto de entender eso no es que te haga revisar dentro de todo el texto el punto preciso de cuando llega la camisa hawaiana (se llama así porque alguien en una parte del texto dice por ejemplo:“Ah, no te había contado de esta, mi camisa hawaiana de la suerte, cuando la uso todo está bien, me da mucha confianza en mí mismo y me otorga cierto poder de salir de las dificultades…”, y cuando surgen la persecución de los monstruos y hombres lobo, el protagonista se pone a buscar frenéticamente en su guardarropa

(la tenía aquí donde está maldita sea)

mientras los dientes y fauces babeantes del terrible ser sin entrañas están afanosamente en busca de su cuello…) pero sí te da una idea de lo formulaico que un escritor puede llegar a ser.

Y es entonces cuando Stephen King se pone más interesante, cuando no es predecible y no cae en esa consabida receta. O bueno, puede que también se lo perdonemos porque finalmente no le exigimos más a este prolífico escritor.

Así las cosas y ahora que lo pienso, antes de hablar de Celular o como se haya llamado en español, deberé de mencionar algo de las demás novelas, ¿no? ¿O dejaré algo para después? O las compararé con el mismo Celular, sí, mejor, eso haré.

Celular es una novela que es como un divertimento de parte de Stephen King. Es como una especie de Danza de la Muerte o The Stand alternativa que en lugar de una pandemia terrible que azota a la humanidad y la disminuye en un 99%, es un pulso electromagnético o algo así que explota a través de las mentes que tuvieron la mala suerte de hablar por su celular en el momento del pulso y a los que hablaron después.

Mientras algunos críticos ven a un King que regresa a la excelencia en cuanto a escribir se refiere (después de su accidente en el que lo atropellaron y es que, díganme, que otra persona de tal notoriedad ha sido atropellada en los últimos cincuenta años, yo no me acuerdo), yo la vi como si fuera eso, un divertimento algo insatisfactorio en el que King vuelve a visitar sus paisajes queridos, esto es, las calles de una gran ciudad abandonada, llena de muertos, con los pocos sobrevivientes en pie de lucha unos con otros. Y como ya mencioné Celular (o Cell) tiene más puntos de similitud con La Danza de la Muerte (cuyo título siempre se me hizo un excelente nombre más que el ambiguo The Stand en inglés, que quiere decir algo así como La Batalla, pero en un término más amplio, como La Cruzada o El Conflicto, pero así de proporciones magnas, algo como entre el Bien y el Mal, ni más ni menos) que con alguna otra.

La Danza de la Muerte pertenece a unos veinticinco años en el pasado y se le considera la obra maestra de Stephen, situación que a éste le perturba respecto a que no se le considera así a su trabajo posterior a 1981, y que desde entonces han pasado veintiséis años, después de todo. Es impresionante en cuanto a recursos de imágenes que usa, teniendo como lienzo a todos los Estados Unidos concentrándose en sus paisajes, carreteras y pueblitos, y en cuanto a cuadro de actores, por decirles así, utilizando como base a un cuadro diverso de lo más variado y diferente de la sociedad norteamericana.

Su conflicto se basa en la premisa de que en un laboratorio militar ultrasecreto en problemas en Nuevo México, o un lugar así, se escapa un personal contagiado con una cepa ultrainfecciosa de supergripa, a pesar de todos los candados y barreras de seguridad habidas y por haber, y que en plena posesión de sus facultades y debilidades humanas huye con su familia hacia Texas contaminando a todos con quien se atraviese en el camino hasta que ellos mueren. Pero ya se imaginan, cada persona contaminada de inmediato contamina a los demás en la misma proporción y tasa de contagio

(eso no puede pasar jamás ellos saben lo que hacen siempre lo han sabido)

y así avanza hacia todo el mundo. Lindo cuadro, ¿no? Por fortuna, en la historia hay personas que son inmunes y son las que plantean el drama (en el caso de que nadie hubiera resistido la famosa supergripa no hubiera habido drama que contar, punto clave de lo que es la esencia de una narración).

Aún y que La Danza de la Muerte es fascinante, una de sus debilidades es haber planteado un conflicto básico maniqueico entre el Bien y el Mal, como si fuera de una vez, ante la muerte de casi toda la humanidad, dividir a todo mundo en cuanto a la izquierda y la derecha. No hay en medios.

La Danza de la Muerte cuenta con un villano impresionante, Randall Flagg, el Hombre Oscuro que es también muy atractivo aún y que evidentemente es el tipo diabólico, énfasis en esto último por supuesto. Y hay otros personajes por ahí inolvidables, especialmente el que es también de cierta manera formidable: el Basurero, con su sorprendente habilidad para la mecánica. La última escena con él es de las mejores del libro. Totalmente nuclear.

Ahora, Celular. Es la misma circunstancia de la destrucción del mundo como lo conocemos y también producto colateral e inesperado de la tecnología. El mundo ahora es veintiséis años después de La Danza, pero el resultado también es similar: muchos muertos, pocos sobrevivientes, también hay un Conflicto, y claro, hay una desesperanza total acerca del futuro. La reflexión básica es la misma compartida por muchos desde que se escribió Frankestein de Mary Shelley en los principios del mil ochocientos: ¿No seremos demasiado listos para nuestro propio bien?

En este caso es el ubicuo celular el que altera la ya desequilibrada existencia humana. No sé si Stephen King quiso realizar un relato de prevención, o uno de sátira acerca de las debilidades humanas en cuanto a necesidad de comunicación se refiere, pero evidentemente utiliza el celular como el elemento común a través del cual el ser humano cae al infierno.

King dice más de decenas de veces y de formas distintas lo mismo: necesitamos demasiado esos artilugios, quizá demasiado es sólo una figura de lenguaje en la que se queda corto.

Aquí surge la caricatura de The Stand, en lugar de colocar a buenos contra malos, pone a personas que recibieron el Pulso contra los que no. Los que lo recibieron les fue borrado el por decirle así, boot system de sus cerebros.

El uso incluso de la metáfora por la cual a muchos millones de personas les es familiar, es decir, el programa básico ya preinstalado con el cual las computadoras al encender ejecutan de manera básica, cuentan la memoria, se dan cuenta de que discos tienen, para de ahí obedecer instrucciones automáticas dirigidas a cargar el Sistema Operativo de su preferencia, es también muestra de que King sigue con la misma recurrencia de utilizar artilugios que nos son familiares,

(sería tan fácil meterle un zumbido de ultrafrecuencia al celular y después)

por más misteriosos que sean en sí en cuanto a sus principios de operación, porque estoy seguro que mucha gente ignora como funciona un celular pero eso no importa finalmente, el celular es utilizado de mil maneras y nadie necesita un curso técnico de cómo las frecuencias de transmisión son utilizadas o de cómo los esquemas de seguridad son instalados, es más, ni siquiera como las tarjetas de pago en sí les permiten seguir a sus usuarios comunicándose, sólo saben que escriben con su tecladito mensajes de todo tipo ad nauseaum.

Y una vez más esas metáforas sencillas que flotan en el inconsciente colectivo de sus lectores es la que hace efectiva la transmisión de las emociones del escritor hacia ellos. Las personas que recibieron el Pulso y que ya se quedaron sin su boot system original se vuelven salvajes y violentas, como si nunca hubiera existido la naturaleza humana que nos es tan familiar.

Pero comienza la magia de Stephen King y no me refiero a magia en el sentido de positivo de admiración, podríamos hablar más bien aquí de la brujería de King con todos sus conjuros, como es el caso del desarrollo de entre los seres desconectados de conciencia que de pronto la adquieren de nuevo pero en esta ocasión de forma colectiva.

Es aquí donde la novela se pierde y cae en la presentación de trucos de brujería como telepatía, sueños exactamente iguales compartidos entre muchos, incluso apariciones de levitación lo cual funciona a medias (la imagen de la escena en este caso resultó incluso graciosa, o sea, un efecto contrario en cualquier novela de terror que se respete) como algo extraordinario en un mundo presentado lleno básicamente de sucesos fuera de lo ordinario.

Ya una vez leí, hace muchos años, una crítica de la revista Time respecto a La Mitad Obscura o The Dark Half en la que se decía de él, que si la violencia que rezumaba esa novela fuera sexo, sería totalmente pornográfica. El caso de Celular es el mismo. La violencia se aparece de mil maneras, muchas incluso grotescas y sus descripciones no dejan nada a la imaginación, lo cual desde mi punto de vista, haber aceptado entrar en un mundo infestado por zombies (que mucho le agradece a El Despertar de los Muertos) ya se percibe que la vida para los que no lo son, no será tan sencilla.

Al final es obvio que hay varias insatisfacciones, a la novela sólo la salva el punto de que te identificas con ese personaje que se parece tanto a ti, con tus dudas, angustias e incertidumbres, que está en su propia búsqueda vital y que esperas fervientemente que encuentre eso que tanto necesita.

Una vez más no hay que confundir magia con brujería ni extraordinario con maravilloso, es solamente la manifestación de los poderes de Stephen King (que los tiene y le sobran) como escritor de terror o de suspenso, que se podría responder que sí, que mantiene sus dotes de narrador, pero en cuanto a su imaginación también es cierto e inevitable tener que aceptar, que no ha podido superar La Danza de la Muerte, y como muchos otros, esa novela tan admirada, por más superior que la tengan los fanáticos de Stephen King es asimismo un límite, por más, repito, alto que este esté.

(en este punto sé que los lectores querrán que mi cerebro será devorado si no lo impido si no lo imp-)

martes, agosto 07, 2007

Antonioni en las alturas, Parte II: Blow Up, un vistazo, cuarenta años después.



Pero no sólo en los sesentas L’Avventura encuadró Michelangelo Antonioni esa búsqueda existencial del ser humano en su derredor además de dentro de su propio ser interior absoluto, en ocasiones no encontrando a nadie (mismo camino que siguió Ingmar Bergman, búsqueda perpetua que sucedía en los sesentas, y que en las cuatro décadas siguientes ha estado ausente en la inmensa mayoría de lo que es el cine), Blow Up hizo también algo más al respecto.

Según la revista Time, tal vez Bergman le dio más significado y profundidad al cine, pero que es Antonioni quien tuvo más influencia en los cineastas. Bergman, sin menospreciarlo jamás, les dio límites en el abismo interior y exterior de la existencia. Antonioni les dio permiso de hacer cosas más adultas, le quitó lo puritano a Hollywood. Le dio universalidad de temas. Y así fue el cine occidental, adulto en temas y tratamientos hasta que llegó, lástima, los Spielberg y los Lucas que hicieron del cine juguetes de acción para beneplácito de todos nosotros adolescentes.

El cine de Antonioni fue hecho no para ser actuado en forma de teatro filmado, sino para ser admirado como en una pintura, cambiando los tiempos, alterando los ritmos.

¿Qué fue primero? ¿Londres en los Sesentas o los Sesentas en Londres o los Sesentas y luego Londres?

Primero veamos los Sesentas.

De alguna extraña manera la consciencia de una sociedad envuelta en las primeras posibilidades de adquisición de productos de consumo que la tecnología podría entregar daba los primeros visos de lo que vino a conocerse como “el cambio”.

Los transistores, las nuevas telas, el nuevo mundo que ya dejaba por fin atrás los temibles años típicamente ingleses de los cincuentas con sus oscuras razones en lo que a prolongados racionamientos provenientes de los años de la guerra se refiere, dio lugar a una explosión de luz que dio por iluminar los más hasta entonces comunes y sin distinción barrios londinenses.

La posibilidad de consumir era algo tan nuevo que nadie se acostumbraba. Puede que todo parezca estar junto:

El ascenso de la música del Rhythm and Blues, junto con Los Beatles también subiendo inesperadamente como la espuma (y provocando que los conocedores se hicieran la pregunta más clave al respecto de los Fab Four: ¿Porqué ellos? De entre todos, ¿porqué ellos?), las nuevas opciones de rebeldía, la confluencia de la sociedad de consumo y su apremiante necesidad de vender más debido a que las fábricas por fin ya estaban despertando, la sensación de libertad sexual con la aparición de la píldora anticonceptiva, el surgimiento de la minifalda, el ascenso del pelo largo con su respectiva asociación con la música estridente y sus dejos de rebeldía evidentes

(agarren aire con el ex abrupto)

(en el libro de Bill Wyman, Stone Alone, el Rolling Stone que renunció a serlo cuenta como ellos empezaron a imitar el desaliño de sus ídolos marginados del blues y como al poco tiempo sus mismos seguidores comenzaron a imitarlos: me preguntó, ¿serían Los Rolling Stones, como evidentes máximas estrellas de la escena pop del Londres de por entonces [Los Beatles estaban más allá y dejaron de tener contacto directo con la gente a partir de 1966], repito, serían Los Rolling Stones los que iniciaron la moda del pelo largo entre los jóvenes y que luego se extendió por todo el mundo hacia todas las edades a lo largo de la década?),

-con el aumento en el uso de las primeras drogas de amplio consumo, y siendo la misma juventud la principal usufructuaria de todo lo anterior, siendo así como volvieron a grandes sectores de la sociedad inglesa en definitiva en experimentadores en contraste con los siglos conservadores que quedaban ahora hacia su espalda, muy, muy lejos en la memoria.

Naturalmente que tenía que haber un ground zero desde donde se generarían como desprendiéndose de una gran matriz intangible, muchísimas tendencias en cuanto a telas, modas, aditamentos, actitudes y la puerta en la que todo ello se abría era Londres.

Naturalmente Londres.

Cómo también es natural la moda no se quedó ahí, en lo externo y en las apariencias sino en el sentido amplio de expresiones culturales, incluso teatro, incluso literatura, incluso cine.

Londres era el lugar para estar. Así como San Francisco y su cruce de Haight-Ashbury: El más importante place-to-be. Donde las cosas ocurren. Donde las cosas “que valen la pena”, suceden. La ocasión de toda una vida y que mientras los que estuvieron ahí lo recordarán con alegría y nostalgia, si es que estuvieron conscientes, y los que no estuvimos ahí, sólo leeríamos de ello y nos maravillaría a la distancia de pensar qué pudo ser lo que ocurrió ahí y qué no pudo ser traducido a palabras.

Michelangelo Antonioni tampoco se pudo resistir al poder succionador del Londres de ese momento. Tal vez lo estrafalario en aquél instante significó verdadera Libertad e Individualidad por primera vez en toda la humanidad

(sin detenerte a pensar mucho que de cierta manera, cuando sigues esos designios de moda de ropa, colores, drogas y uso de pelo largo, o sea, lo que marca la Moda en sí, tal como los demás en su conjunto por más happening o in que pudieran estar, ya estás atentando contra esos conceptos de Libertad e Individualidad absolutas por aceptar implícitamente los designios de un sector en particular convirtiéndote en uno más igual al otro, o en uno más igual al otro, o en uno más igual al otro, per secula seculorum.)

al menos en la superficie, toda esa percepción de apertura de sentidos fue suficiente para que él se pusiera a realizar su siguiente película en ese ambiente.

Para ello eligió algo de lo más raro posible en esos ambientes de cine europeo, un cuento de Julio Cortázar llamado Las Babas del Diablo. No tengo muchos antecedentes en ese sentido de cuantas obras de literatos latinoamericanos han sido utilizados en un cine de tal significancia como el europeo, sólo me llegan a la memoria Carlos Fuentes, tal vez Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante y el propio Julio Cortazar si es que habiendo vivido éste último más de la mitad de su vida en Europa se podría considerar latinoamericano en esencia, pero finalmente leyéndolo, disfrutándolo y haciéndolo nuestro coincidimos que siempre lo fue.

Las Babas del Diablo es un cuento corto de Julio Cortázar que habla de una situación de lo importante que son las grandes cosas y que a fin de cuentas no lo son. Hay un cadáver en esto. Hay un crimen sin resolver. Hay un testigo que registra ese crimen de manera casual.

A partir de ahí hay una gran preocupación en lo que sucede. Pero a final de cuentas nada importa. A la sociedad no le importa. Al conjunto de nosotros tampoco. Igual que en L’Avventura, hay una gran importante parte del Todo en el que hay una gran Indiferencia hacia lo que se considera aunque sea superficialmente, trascendental, en el primer caso, una persona desaparecida que se diluye en la suma del todo. En el caso de Blow Up, un crimen de alguien que de cierto modo se diluye en la suma también del todo. Entonces, ¿qué nos queda a los seres humanos en medio de lo que le sucede a todos? ¿Dónde queda la base de lo significativo que los seres humanos nos debemos de tener?

El cuento de Cortázar se trata de un traductor-fotógrafo que se llama Roberto Michael y que vive en Páris (¿Dónde más podría vivir?) Un día sale a dar un paseo y toma unas fotos en un parque. Al parecer algo sucede en algunas de las fotos porque una mujer que se da cuenta que fue fotografiada le reclama airadamente acerca del rollo, el fotógrafo se lo niega y se va y luego lo revela, grande grande, como poster y descubre que no había inocencia sino manipulación. La revelación es implacable.

Hasta ahí el cuento de Cortazar.

Antonioni lo usa de punto de partida y de ahí compone, o más bien, espesa la trama llevándola a sus temas, lo hace aparentemente de forma casual pero con precisión. Vanessa Redgrave viene a darle vida a su vida lánguida y entre toda la libertad y libre albedrío, predecible y frívola. Vanessa Redgrave y su crimen aparecido entre fotografías le viene a dar vida a Thomas, el personaje de David Hemmings.



Y este estará tan vivo hasta su disolvencia personal en el parque de nuevo, entre los mimos que juegan tenis y que lo obligan a ser parte del juego de manera intrigante de una pelota que existe sólo en su mente y que aún invisible la vemos todos, la escuchamos todos, la sentimos todos.

Blow Up es una impresionante película por varias cosas:

Una, por su ritmo trepidante que no deja pausas.

Dos, la misma inclusión de David Hemmings en la mejor película de su vida (murió recientemente apareciendo todavía en Juegos de Espías de Tony Scott, en Pandillas de Nueva York de Scorsese y en Gladiador de Ridley Scott).

Tres, en la propuesta de imaginar como oficio de Hemmings el de fotógrafo profesional, de tanta importancia que tuvo esto, que las principales revistas serias de fotografía colocan tal hecho como uno de suma relevancia en la historia de éste arte-técnica tan importante (como lo hizo la revista Life Magazine en el 150 aniversario, en 1986, del desarrollo de la Fotografía), abriendo caminos a incontables aspirantes a fotógrafos profesionales. (Por tanto podemos expresar por extensión que este asunto le pertenece más bien a la iniciativa de Julio Cortázar por haberlo descrito así, con exquisito detalle, en su mencionado cuento de Las Babas del Diablo, que no es otra cosa que el inverso o quizá el anverso de Los Hilos de la Virgen).

Cuatro, Blow Up fue la primera vez en que apareció un desnudo femenino integral frontal abriendo posibilidades impresionantes para el futuro para nosotros eternos adolescentes inmaduros de la Historia.

Cinco, salieron los Yardbirds con Jimmy Page acompañado de Jeff Beck, grupo directo antecesor de Led Zeppelin, en un acto que al final se termina rompiendo la guitarra en pedazos, en un acto que no era original de ellos (ya que le pertenecía a Pete Townshend de The Who), creando con uno de los pedazos una situación entre la multitud al final del evento que siempre despierta gracia.

Seis, el final de Blow Up es maravilloso, sencillamente maravilloso y se queda en nosotros de una manera sencilla tal como el fresco recuerdo de la brizna especial de un día especial de un verano especial en medio de nuestras propias vidas.

Blow Up es otra película con textura. Escenas como la de la compra de la hélice gigantesca hecha de madera que casi huele a resina. La escena del parque donde David Hemmings toma fotografías a lo que le da la gana. La escena de las dos atrevidas y liberadas chicas que querían ser modelos a como de lugar en medio de toda la ropa. La escena del revelado de las fotografías

(confieso que me entusiasma la fotografía y es la parte que más me subyuga, ese proceso lento de ir revelando e imprimiendo, un acto de descubrimiento, y de verdadera revelación, palabra más que afortunada en sí y que siempre me ha impactado)

con sus mágicos movimientos y manejos de luz. El momento preciso de descubrimiento de esa sospechosa mancha que está dentro de la miríada de sombras y claros que forman un insignificante arbusto. La escena del juego de tenis… sí, ese juego de tenis. La sensación de que el mundo gira siempre sin importar los microbios que somos todos en la danza de la existencia. Ausencia. Presencia. Ausencia. Fin.

Blow Up es el retrato casi fiel de su ambiente. Antonioni italiano retrata al Swinging Londres inglés mágico y misterioso de los sesentas. Momento legendario de la década. Leyenda momentánea en la Historia.

Si consideramos que hay en la humanidad lo plausible en circunstancias de guerra, de amor, de lucha, de afecto, de pasiones, de miedos, ternuras, terrores y quereres, lo que muestra Blow Up es plausible, lo que muestra L’Avventura es plausible.

Y en toda la humanidad la indiferencia reina, y sólo lo que me impacta en peor o mayor o mejor o menor grado tiene significado.

Lo demás no existe aunque lo lea, ni aunque lo vea, ni aunque lo sienta, ni aunque me conmueva, ni aunque me quieran convencer que el mundo está afuera de mi propia piel.

La indiferencia. La indiferencia.

Porque se decía que afuera en el espacio, a bordo del Nostromo de Ridley Scott, con el Alien de H. R. Giger acechándote, nadie te oirá gritar.

Y aquí en la Tierra, al parecer, tampoco.

viernes, agosto 03, 2007

Antonioni en las alturas, Parte I: L’Avventura, un vistazo cuarenta y siete años después.


Impactante, todavía no nos reponíamos de la muerte de Ingmar Bergman y el mismo día, Michelangelo Antonioni. Puesto que no estaba del todo bien preparado, he aquí lo que sucedió en mi parecer alrededor de Antonioni en 1960 y L’Avventura por una parte y Blow Up después en una segunda parte de este blog.

El cine es, como ya se ha dicho mucho, la fábrica de sueños en sí.

La narración de una película debe de acercarse a la realidad hasta un punto de entenderse que sólo es un sueño imaginado por sus autores, ya sean estos los actores, los escritores y adaptadores y el director mismo. Si se trata que el sueño esté iluminado de cierto modo alegre o sombrío es el director de iluminación el encargado.
Pero cuando todas las cualidades de cada persona que intervienen en la misma obra quedan encajadas en el mismo contexto en sincronía que se tenía pensado de manera colectiva, es cuando obtenemos que esa suma de las partes es mayor que cada una de ellas y eso es lo que forma la película en sí.

Esa suma de partes es la que nos incumbe.


Michelangelo Antonioni era otro de los grandes que sabía que había que transmitir la suma de las partes de manera directa al espectador que está abajo o enfrente de la pantalla.

Ese espectador es quien a final de cuentas es el que tiene que hacer sentido en su mente esa suma, para que después de tratar de interpretarla sepa o adivine cual de esas partes quedó más en su cabeza, buscando la resonancia evanescente de las imágenes que acaba de presenciar para que en el recuerdo de su memoria pervivan en ese sentido en busca de idea o esa idea en busca de sentido.

Antonioni en L’Avventura nos da un ejemplo claro de esto. Una mujer se pierde al principio de la película y ésta no se trata de ella, en el transcurso vemos mil cosas y asuntos y situaciones que no están directamente relacionadas con la mujer en cuestión, sino en la búsqueda del sentido del hombre y de la mujer que fueron más afectadas por esa desaparición.

Tal como la vida misma es causa y efecto, en muchas circunstancias a partir de las decisiones que toman los seres humanos, así los protagonistas van a buscar a la mujer por Italia tratando de hacer sentido de los efectos causados por esa desaparición.

La psique de estos seres humanos por ningún momento está devastada por la pérdida. Eso sí, en algún punto se ven como marionetas del destino desencadenado por una situación plausible que va llevando a estos a los encuentros y desencuentros de sus personas de manera mutua. No hay aquí situaciones autodestructivas, la gente es así porque, de manera autoreferenciada y de tan sencilla, absurda, de entender, es porque así es la gente.

Siguiendo eso en nuestras mentes realizamos lo que realizamos por la conveniencia de nuestras propias necesidades. Si llega a suceder un evento a nuestro alrededor aunque uas personas más que otras dependiendo de cada quién, tendemos a buscar en primer lugar en qué nos afecta.

Si este evento nos afecta positivamente hay quien piense incluso que estaremos felices por ello. Si nos afecta negativamente dirán los que se den cuenta cuando lo expresemos que sólo pensaremos como si el mundo debiera dar vuelta alrededor de nosotros y que nos damos ínfulas de sobreimportancia porque sólo pensamos de manera egotista y egoísta, autocentrada y definitivamente en contra del pensar de los demás, que para muchos visto a la distancia y al tiempo, es lo único que importa.

Eso es lo que sucede con Sandro y Claudia al recorrer parte de Sicilia primero y de Italia después en busca de Anna. En pocos momentos ellos sienten culpabilidad de algún modo. Claudia, la mejor amiga de Anna, no siente mucho remordimiento por convertirse en el foco de atención de Sandro, el novio próximo a casarse con la desaparecida Anna. Sandro, a fin de cuentas, tiene vocación de hombre de mundo. Si es que pensaba casarse con Anna sería cuando él quisiese y punto.

Cuando Anna desaparece de manera misteriosa, las pasiones humanas naturales, dentro de lo posible, toman forma y van creando un nuevo vínculo que en teoría no debería de estar ahí por haber pasado, o peor, por estar pasando, una posible tragedia de una persona cercana desaparecida o muerta, una persona querida por ambos. ¿Es esto plausible o no? ¿Es esto posible o no? Totalmente.

Las veleidades humanas lo permiten y se dice que dos personas que pasan por una tragedia en compañía tienden a aumentar sus vínculos afectivos de manera considerable


(como sucedió en Nueva York en el 11 de Septiembre de 2001, con lo de la tragedia de tanto bombero muerto y por tanto tanta viuda desolada que, y no trato de decirlo con sorna, fueron acompañadas por muchos de los colegas de ellos en forma de consuelo, creando entre ellos vínculos que desembocaron en divorcios de sus propios cónyuges y en la creación de nuevos matrimonios con estas viudas, generando así otra situación de causa y efecto entre personas que merece ser estudiada en los ámbitos de la psicología social),

por lo mismo no es raro esa situación de repentina cercanía entre ambos, la amiga y el novio.

El final sólo muestra que la gente también es cómo es y las pasiones humanas dan sorpresa como al mismo tiempo no la dan. La actitud del consuelo, del abandono, de la misma naturaleza de estas relaciones afectivas fotografiadas en blanco y negro aparentemente casi de manera casual pero precisa nos resaltan que ciertas historias en el mundo serán eternas por siempre.

Cómo película L’Avventura no decepciona a lo largo de sus casi dos horas y media. Las escenas de la isla tormentosa son de una textura impresionante. Ves a las personas y casi sientes las piedras rugosas en las propias plantas de tus pies. El sonido de las olas golpeando una y otra vez son estremecedoras. Los riscos, el oleaje, la misma agua de lluvia. El ser humano en su pequeñez, como siempre, de manera fina y sutil, los elementos están ahí y nosotros no les importamos en lo absoluto.


Antonioni sabe de la veleidad de las emociones, prepara sus estímulos y sin saberlo ya estamos inmersos en el misterio de la mujer desaparecida que aunque si bien sabemos que ellos la estarán olvidando poco a poco, nosotros no.

Nosotros nunca.

L’Avventura me recordó de cierta manera El Extranjero de Albert Camus, en el sentido de un mar Mediterráneo dueño y señor de vida, de unas pasiones desencadenadas, de una incomprensión hacia la sociedad y moral imperantes, de un desconocimiento de lo que espera la gente en su mayoría que hagamos.

Mientras en El Extranjero se miraba la sociedad como un ente con su idea de justicia particular, indiferente al hecho de que si era justicia o no realmente, con atenuantes a tomar en cuenta o no de manera discrecional o arbitraria, aquí en L’Avventura se mira la sociedad, como tanto Sandro y Claudia, como los demás participantes, Ettore, Guilia, como indiferente al destino de Anna, estuviese tan presente en su mente al principio o no, estuviese viva o no, estuviese con ellos o no, fueren sus amigos o no.

La película de L’Avventura fue abucheada en el Festival de Cannes cuando se presentó en 1960. Según el New York Times, fue la primera vez cuando una abucheada en Cannes se convirtió en un símbolo de una rara distinción. No sé que esperaba la gente entonces, la historia redondeada, el castigo a los malos amigos y amantes, el final esperado natural, y ojo, sea cual fuera este, pero el que fuera natural y satisfactorio.

Pero a fin de cuentas con el paso del tiempo la película adquirió altura y entendimiento (algo al menos). La revista Sight and Sound, inglesa y que cada diez años publica una lista de las 10 Mejores Películas de la Historia, la colocó en segundo lugar inmediatamente después del Citizen Kane.

Con el paso de los años se torna menos complicada y más sencilla de entender (creo).
Pero en sí misma, L’Avventura, jamás dejará de asombrar.


Ni Antonioni tampoco.