jueves, enero 25, 2007

Del Ritmo Secreto detrás de las cosas


Escrito un 23 de Julio de 1993 (pero todavía válido, supongo)

Hace menos de dos años me pasó algo muy curioso: Me tocó ser presidente de una casilla electoral durante unos comicios federales y llevábamos la cuenta de los votantes que iban llegando a nuestra casilla (lo de la casilla misma fue curioso y merece un artículo pero no es a lo que me refiero por el momento). Conforme avanzaban las horas fue notorio que al hacer el conteo de las personas que iban llegando invariablemente sumaban estas alrededor de veinte por hora, a veces diecinueve o a veces veintidos, pero siempre alrededor de veinte.

Inclusive hubo ocasión de que al faltar cinco minutos para llegar al "corte" y llevando sólo quince votantes, inmediatamente se daba una racha de cinco o seis personas que llegaban en ese pequeño lapso de tiempo para cumplir la "cuota".

Aquí esta la pregunta: ¿Qué sería lo que movía a estas personas, que no se conocían entre sí ni llevaban una relación especial entre ellas, para que se hubiese observado el mismo ritmo de llegada de votantes hora tras hora, invariablemente?

Muchos dicen que la casualidad existe, otros dicen que hay un ritmo escondido en la naturaleza por conocer y aprender algún día. Otros dirán que las coincidencias son inevitables que existan porque nos topamos con miles de sucesos diarios distintos (un "suceso" sería igual a cualquier cosa, decisión, hecho, percepción, realización, y existencia de todos los momentos separados frente a nuestras vidas) y que es inevitable que acontecimientos sin relación aparente hagan "click" en un momento determinado.

Cuando dimos una clase de Sistemas Operativos en una universidad local, hubo una sección del curso en la que nos tocó hablar del principio de la localidad y temporalidad con respecto a los procesos de la paginación de la memoria en una computadora.

Este principio quería decir que si está lloviendo en este momento en Monterrey probablemente podría estar lloviendo también en Saltillo. O que sí en este momento está lloviendo probablemente estaría lloviendo igual dentro de una hora más. O que si estamos tratando de hablar por teléfono con alguien y si está ocupada la línea, ésta seguirá ocupada probablemente por otro rato más.

Por otro lado también se ha descubierto este principio de la experiencia humana: Lo que necesitas ahora es muy probable de lo que necesites después, e inversamente lo que no necesitas ahora muy probablemente nunca lo necesitarás. Siendo que la clave de los dos principios radica en la "probabilidad de las cosas".

Claro que esto no se aplica en el cien por ciento de los casos a los que estamos expuestos y/o conscientes, pero se aplica en la mayoría.

Y de alguna manera lo anterior está relacionado con la idea de que tendemos a trabajar con la ley del mínimo esfuerzo. Más del 50% del tiempo hablamos reciclando solo 100 palabras. Nos haríamos entender y podríamos sobrevivir un tiempo considerable con un mínimo de conversación.

Dos ejemplos clásicos para mostrar la frecuencia del uso de las palabras:

En las obras de Shakespeare la cantidad de palabras diferentes de las que se componen estos textos llega a ser de 29,066 palabras distintas, de las cuales solo 40 las usó el 40% de las veces.

En el Ulysses de James Joyce (obra máxima de la literatura inglesa de este siglo) se encontró que consta de 29,899 palabras (sí, muy similar al número de Shakespeare) en las que 135 de las palabras (el, la, de, y, un, a, en) constituyen la mitad del texto y 16,432 aparecen sólo una vez.

De hecho y en resumen en ambos casos y análisis, se encontró que con 40 palabras se resuelve el 40 por ciento de todo.

Y así llegamos a la ley del 80-20, las cuales son las que predominan en el 80 por ciento de las veces y en el 20% simplemente no.

¿De donde salió la ley del 80-20?

Cuenta la leyenda que en el volúmen 3, Sorting and Searching, de la yá clásica, e incompleta, magna opus de Donald Knuth, The Art of Computer Programming, menciona la regla del 80-20 como que es "comúnmente observada en aplicaciones comerciales" citando un número de la revista del IBM Systems Journal de 1963 donde una persona de apellido Heising aseguraba la existencia de ese principio y lo aplicaba a cuestiones de computadoras.

Filosofando un poco el porqué sucedan estas cosas, puede pensarse que pudiera haber un ritmo en la naturaleza que es el que maneja estas situaciones y que está ahí, escondido a nuestra vista y a nuestra percepción, de la cual nos damos cuenta solo cuando reflexionamos en las cosas multicotidianas que nos suceden y que percibimos, tales como coincidencias, casualidades y/o curiosidades.

Pero todavía podríamos tratar de averiguar el grado de orden que puede haber en la naturaleza. Para eso es descubrir o usar la ley del 80-20 en nuestras vidas.

Lo anterior no explica realmente tal vez nada, pero sí muestra que podría haber un ritmo secreto ortogonal a nuestra realidad y que en el universo la verdadera aleatoriedad no existe.

Si se han "descubierto" el principio de la localidad y temporalidad, el principio del 80-20, el principio de la mínima cantidad de palabras para realizar la mayoría de las conversaciones, la relación escondida detrás de la ley de probabilidades (recordando el caso de la casilla de votación) además de la curva de distribución normal (lo de que lo más probable es de que pase tal cosa a diferencia de tal otra... la cual es una forma de 80-20) y sin olvidar las múltiples leyes de Murphy, es posible que conforme pasen los años se sigan revelando nuevas pautas y ordenes de la Naturaleza, ahora escondidos.

Pero muchos no sabrán esto porque para este instante el 80% de los lectores dejó de leer éste artículo al llegar al 20% del mismo.

Era... natural.

viernes, enero 19, 2007

La Concavidad de las Grandes Preguntas Convexas. El Séptimo Sello, un primer punto de vista.

El Séptimo Sello es una película. Es una película sueca. Es una película sueca de 1957. Está en blanco y negro y está hablada en sueco. Y la acabo de volver a ver después de casi quince años.

Por lo mismo acabo de leer que en la actualidad, en esta terrible Edad de la Ironía en que vivimos, ya no se hacen películas así (como tampoco se hacen álbumes como The Wall de Pink Floyd). De hecho, que ya no se pueden hacer películas así.

Es complicado vender entre las nuevas diminutas audiencias de los multiplexes una película que hable de Dios, o más bien, de su no existencia (en el sentido de la cuestión en sí), o si lo prefieren, de su obstinado silencio. Es complejo imaginar seriamente en estos días, una película en la que se escenifique que La Muerte (vestido de negro, cara blanca, voz solemne, seria, mortal, si se me permite decirlo así), se enfrente con un caballero recién llegado de las Cruzadas por su vida.

Para acabarla, este caballero llega a su país natal, Suecia en medio de la Peste Negra asolando todas las comarcas, el sentido del Fin del Mundo que se acerca y los Sellos del Apocalipsis que se van abriendo uno a uno.

Un enfrentamiento entre entidades de esa naturaleza hoy en día a fuerza tendría que ser una comedia de acción o una aventura llena de emociones y paroxismos. Comedia sí, pues hasta Woody Allen hizo una obra de teatro cómica basada en el encuentro central que sucede en El Séptimo Sello.

Y una aventura de ese tamaño, porque si nos ponemos a pensar, ¿cuántas historias del cine no podrían ser basadas en una situación así, en las que el ingenio del Caballero, o el del Policía, o el del Héroe con múltiples recursos que en resumidas cuentas no sólo logrará vencer a la Muerte con algún truco original, quizá con tremendos efectos visuales, sino la vencerá con creces de una manera que dejará a todos en sus asientos mortecinamente iluminados con la boca abierta? Y cada escena bastará para mantener la vista enganchada en la pantalla. ¿Enganchada? Soldada a la fábrica de luces, quise decir.

Las películas de pensar no son muy populares. (Recuerdo un crítico de un periódico de Monterrey, todavía en activo, que al hablar de películas así como las de Bergman o de las de Andrei Tarkovsky, sólo hacía referencia a las “imágenes inexplicables”, no con un dejo propio de respeto, sino más bien con uno absurdo de confusión, ¿qué pensaría este cuate de Mullholland Drive, de David Lynch?).

Ahora, creo estar seguro, las únicas películas que sobresalen, en los medios al menos, son las películas para crear reacciones. Asustarse, reírse, enojarse, horrorizarse, divertirse, entretenerse.

El Séptimo Sello de Ingmar Bergman. Este señor de hoy 88 años es alguien que tenía muchas necesidades de explorar no sólo la vida que lo rodea con todas las interioridades del dolor de los sentimientos hacia nuestros propios padres, con el sentido de la culpa y el remordimiento sino en el mismo sentido amplio de la existencia, en lo que se pueda abarcar.


El precipicio mismo que se abre arriba de nuestras cabezas. Así es, arriba. O para donde mires, si lo prefieres así.

¿Qué hay más allá de la vida? Y no me refiero sencillamente al contraste con lo de la Muerte, sino, realmente ¿qué hay más allá? ¿O cuál es el sentido de todo? ¿Quién nos puso aquí? ¿Para hacer qué?

Me recuerda algo a la pregunta clave a la hora de hacerse reflexiones filosóficas: ¿Hay vida más allá de nosotros los humanos en este Universo? (Porque para esto se especula que podría haber muchos, la Física no lo descarta, se imaginan que hay como un Río del Tiempo en el que los Universos pululan como burbujitas en lava ardiendo fluyendo, ¿hacia dónde? He ahí otro problema.)

El argumento de la pregunta clave (y su respuesta) va mas o menos así:

El día que tengamos la certeza absoluta, absoluta de verdad (o sea, la irrebatibilidad total, si es que me explico), de que SÍ hay seres extraterrestres (como sean, verdes, o marcianos, o microbianos, o vulcanos, pues) más allá de este buen y maltratado planeta Tierra, por más lejanos que estos estén, ese día será de asombro total para toda la humanidad.

En ese caso diríamos: ¡Increíble! SÍ hay seres que nos acompañan. SÍ hay seres que existen y que quizá sufren y que tal vez se hacen las mismas preguntas que nosotros, pensamiento celestial que aturde y acobarda.

(En Encuentros Cercanos del Tercer Tipo de Steven Spielberg, de 1978, pero más bien, en su parodia correspondiente aparecida en la revista MAD de ese mismo año, el personaje de Richard Dreyfuss, que se había ido de casi colado en la Nave Nodriza hacia el espacio, llega al planeta de los extraterrestres, millones de años luz tal vez, totalmente en su propio Nirvana personal, tal vez asimilando la Máxima Reflexión de las Alturas a las que puede llegar un ser terrestre como tú y como yo… quedandose anonadado cuando lo dejan en medio de un suburbio de una ciudad cualquiera de su planeta de origen sólo para descubrir que ahí esos seres TAMBIÉN se la pasan contando chismes, perdiendo el tiempo, cortando el césped, espiando a los demás y discutiendo con sus propios vecinos del daño que les hacen las cochinas mascotas en sus propios patios: Total que uno nunca sabe que va a encontrar cuando pueda uno mirar hacia un lugar así… si tan sólo pudiéramos por un segundo…).

Serios de nuevo.

En ese caso, ¿tendrán ellos también su anhelo de búsqueda de Dios? ¿Habrán encontrado la manera de filosofar y de saberse en comunicación con su Dios?

O la más impactante, ¿será el Dios de ellos, los extraterrestres el mismo que el nuestro? Y nosotros que nos creíamos universocentristas. Con razón si rezamos a Dios para sacarnos la Lotería o el Melate o la Casa del Tec, no nos hace caso, ¡tiene demasiados Universos en que ocuparse para hacernos caso!

Por otra parte…

Lo único malo es que, el día que tengamos la certeza absoluta, la misma certeza mencionada arriba, irrebatibilidad y todo, pero en el sentido contrario, de que NO hay seres extraterrestres en el Universo, por más lejana la distancia que busquemos, ese día, TAMBIÉN será de asombro total.

O sea, sencillamente, la certeza de la SOLEDAD absoluta más allá de este, ya dije, buen planeta, madre nuestra. O en entender, comprender, asimilar, abarcar que no hay más que nosotros en este Universo. Sólo nosotros y nada más.

Bueno, lo anterior también funciona de manera similar con Dios.

El día que se compruebe, más allá del entendido de que la fe siempre funciona en ese sentido, que existe, o sea, que ya sea factible la demostración de la prueba definitiva de que Él está aquí y demás, pues, ese día será de asombro total aunque muchísimos millones de gentes en estado de gracia nos mirarán de manera beatífica con un “te lo dije” en sus ojos. Y podría ser que empiece entonces a funcionar el diálogo de la Humanidad con Dios mismo. Podría funcionar, ¿no?

Y si se diese lo contrario, de encontrar la manera de demostrar que Dios no existe, más allá del dolor de los creyentes tibios (y la obvia negación de los creyentes fieles), también caeremos en esa certeza abismal. La nada más allá de nosotros mismos. ¿Habrá desesperación y angustia? ¿O habrá ese estado de aturdido intento de querer entender y acercarnos al sentido posible de la frase de “ni modo, ahora estamos solos, pongámonos a trabajar”?

Sería triste escuchar la frase: “Ya no reces, nadie te responderá.” Muy triste.

Y si pensáramos más en el asunto llegaríamos a creer que eso está en el rango de los novelistas o de los cuentistas. (Me trae al recuerdo el cuento de ciencia ficción de Harlan Ellison de El Pájaro de la Muerte uno de las historias más estremecedoras que he leído en toda mi vida, recomendadísimo y peligrosísimo, ya que pone en riesgo el punto de vista religioso personal. También este asunto me recuerda la novela de Morris West, Los Bufones de Dios, que trae un tema de Apocalipsis y elegidos, pero eso sí, algo suave y en tonos pastel.)

En fin, la secuencia de preguntas que pueden generarse desde aquí es de lo más desoladoras y no le gustarán a nadie. Por tanto no llegarán a ser muy populares que digamos. ¿Qué le vamos a hacer?

El Séptimo Sello es una película fascinante. Siempre me he preguntado como alguien hace ese nivel de arte en noventa minutos. Noventa sencillos minutos, lo que se tardan incontables programas que salen al aire todos los días que no nos dicen absolutamente nada.

Discutiré más de la película próximamente, si la llegada o no del Apocalipsis lo permite.

En caso de ser así esperemos que haya buen clima.

(Si tienen alguna pregunta o deseo de conocer algo más de las referencias mencionadas aquí, no olviden escribir
luisgmetaconexiones@gmail.com, con todo gusto responderé.)


martes, enero 16, 2007

Palabras Mayores de Luis Spota, Crash Course de Real Politik Mexicana, Primer Año


Ya sé. Si voy a releer algo, mejor leer un clásico no leído. O si tengo tanto tiempo de vida que me queda, dediquémoslo a algo que sea constructivo. No a releer bestsellers tiempo ha olvidados.

Pero encarémoslo, la política, la real política o Real Politik, se entiende más si lees a un maestro que estuvo cerca del Poder, que si bien no es el mejor de los escritores, al menos sabía de lo que escribía.

Y como es mi costumbre de comentar mucho de lo que ha salido en el pasado para las nuevas generaciones (¡Cálmese!), pues aquí está esto...


Ya he hablado algo muy somero de Luis Spota, pero he aquí un nuevo enfoque que no había escrito.


A Luis Spota yo lo veía en TV, en el viejo Canal 13, en un programa que se llamaba Fuera de Serie. En él ponía miniseries de impacto como por ejemplo Holocausto (la impresionante historia de una familia judía viviendo, y muriendo, en la Alemania Nazi, que se dice que cuando se transmitió en Alemania Occidental fue un punto de partida para su propia toma de conciencia histórica), en México, año 1978, obvio decirlo, fue un suceso su transmisión.

No lo recuerdo mucho, si hablaba u opinaba en ese programa, tenía sólo catorce o quince años, pero sabía de su importancia y de su conocimiento. Luego en Paralelo 25 entrevistaba a destacadas personalidades.

Pero sí lo leía ya para entonces. La lectura en mí era mortal, leía todo lo que pudiera, todo lo que estuviera a mi alcance. Y en casa de un amigo tuve acceso a los libros de Luis Spota. Aunque mi problema, debo de reconocerlo, era que lo leí muy pequeño, de esa edad que menciono arriba.

Recuerdo que leí en la prepa si mal no recuerdo, el de Casi el Paraíso, acerca de un seudoaristócrata europeo y como se la pasaba como rey en México, una verdadera exhibición de nuestro ser acomplejado y siempre ávido de ver lo mejor en el extranjero.

Y había otros libros de él que sobresalían de los demás. Eran libros seriados, no muy continuados en sí como podrían serlo ahora, con cliffhangers y todo, pero podrías seguirle el hilo sin dificultad, de ese tamaño eran independientes entre sí.

Los leí todos a esa edad y de cierto modo quedaron en el olvido.

Bueno, no tanto. Uno de ellos se llamaba Retrato Hablado, otro, Palabras Mayores, seguía el de Sobre la Marcha, luego El Primer Día. El Rostro del Sueño era el quinto, y el sexto se llamó La Víspera del Trueno que fue el final de la serie.

Esa hexalogía trata de un país latinoamericano que dice en la contraportada “un país que el lector reconocerá fácilmente”.

Es innecesario decir que al leerlos uno encuentra puntos que lo asemejen a México, Spota no se esfuerza mucho que digamos por evitarlo. En un momento dice que el embajador norteamericano “…tuvo a su padre cruzando seis países antes de llegar al Río Bravo…”. Otro tipo por ahí que aparece que es de origen mexicano “por su manera de ser”.

El país ese no es México...

...Pero tiene indios que están en un olvido y rezago de siglos…

...Tiene una provincia o estado llamada Nueva Castilla, que se asemeja algo a Nuevo León…

...Tiene a un personaje, ya muerto, que se llama Eugenio Olid, industrial importantísimo que tiene su apellido por muchísimas cosas como torres, refrescos, electrónica, automóviles, que es una mezcla de Eugenio Garza Sada y Emilio Azcárraga...

...El país inventado por Spota tuvo revoluciones al por mayor…

...Tiene un Partido Unido Revolucionario (me suena, me suena)…

...Tenía el presidente Aurelio Gómez-Anda y su esposa, un gusto por los trajes y bebidas típicos de sus tierras, gusto que compartía el ciudadano Luis Echeverría Álvarez...

...Tiene una ciudad típicamente latinoamericana, capital de la Nación, rodeada de ciudades perdidas, llenas de invasores de tierras (bueno, es el caso de MUCHAS capitales latinoamericanas)...

...Tiene zonas en donde vive la gente pudiente, rodeada de piedra volcánica, ¿cómo el Pedregal...?

...Tiene un importante comunicador en la presencia de Jacinto Olmedo que tiene un tonillo como el de Jacobo Zabludowski…

...Tienen una fuerte presencia y contacto los prelados católicos...

...Tienen un pasado de dioses al que de vez en vez los invocan en sus discursos. (¿Alguien escuchó o leyó el discurso de la Toma de Posesión de Hugo Chávez? Impresionante.)

En fin.

Eso en cuanto a la forma. Ahora veamos el fondo y la sustancia.

La novela, innecesario decir, es política por todas las aristas que se le vean.

Un ministro de comunicaciones, Víctor Ávila Puig, es nombrado posible candidato del Partido por el mismo presidente Aurelio Gómez-Anda, junto con otros seis. De aquí el doctor Ávila sale soñado y encarrerado por querer ser él el elegido. Obvio, los demás también lo desean, a como dé lugar.

Hay un punto aquí.

Ser Presidente de la República es (o solía ser, no lo sé) lo más que se puede ser en un país como el nuestro. Es la trascendencia viviente del ser humano en nuestras tierras. El presidente era antes el máximo ser de la existencia.

Nadie arriba de él. Todos debajo de él. Todos. Poder absoluto.

Claro, había sus asegunes, el poder del dinero, el poder de la Iglesia, y el poder de los Estados Unidos. La consigna era pues, jamás sacarlo de ese equilibrio de poderes.

El poder del dinero, porque ellos son los que tienen la moneda de cambio. Y ahora ésta es electrónica. Un miedo aquí, un clic de tecla “ENTER” y se borra de inmediato una cantidad en un registro computacional en el banco local y se agrega de modo simultáneo en un banco de allá. Y el dinero es un ente caprichoso muy muy nervioso. Vean a Venezuela ahorita mismo.

El poder de la Iglesia. Aún y que la cantidad de los fieles ha bajado, aún tiene una fuerte influencia en el hombre de a pie. En el hombre que va en camión, en el que compra tortillas a 15 pesos en la sierra de Guerrero. La iglesia, si quiere, podría ser Ave de Tempestades. Hay una cantidad inmensa de personas que transmiten mensajes similares todos los domingos a diversas horas a una multitud de personas de lo más diversa. Es de no menospreciarse su poderosa influencia, aún en estos días de influencias de otras iglesias, hedonismo, materialismo y demás.

El poder de los Estados Unidos. Intervencionista fundador de tradición, de todos es sabido que los norteamericanos no tienen amigos, tienen intereses. O como alguien dijo: si en Estados Unidos no ha habido golpe de estado es porque ellos no tienen embajada americana. Ellos sí nos ven como su patio trasero y saben que no podemos irnos más lejecitos. A ellos les hubiera encantado que en el sur, en lugar de México, pudiera estar Inglaterra o de perdida Irlanda. ¡Hey, eso es una buena idea para una historia! Okeyno, enotraocasiónserá.

Volviendo a Palabras Mayores, un presidente absoluto tenía la desgracia de vivir acotado en esos poderes de arriba (y aún así todo lo que hacían o lo dejaban hacer, interesante, ¿no?), pero todavía así, era poderosísimo. Ahora está la prensa molestosa. La de papel y la electrónica. La que descubre los fraudes, la que descubre tonterías y abusos de sus funcionarios. La que tiene cada vez más poder. La que lo puede usar según sus agendas propias y privadas.

En ese país mítico de Spota, las cosas son así todavía. Poderes impresionantes, casi sin límites. Y Víctor Ávila Puig pudiera ser ese, El que seguiría. Frente a quien todos se inclinarían. El que de un plumazo podría cambiar el rumbo de la vida de su propio país.

El recién nombrado pre-candidato sabe que tiene mucho por delante. El Presidente Gómez-Anda le acaba de decir lo que suena. Y lo que suena, es que él tiene los tamaños de ser Presidente de la República.

Palabras Mayores es un recuento de la historia de México puesta en un espejo apenas nublado por los cambios de nombre y los cambios de escenario. Spota logró crear un mundo ficticio apenas velado. ¿Cómo no ver lo evidente? ¿Los cambios de actitud de la gente frente al que pudiese ser el Bueno?

Porque de que, por decir, las adulaciones existen al por mayor. El “acuérdate de mí”, el “siempre he estado con usted”, el “yo lo vi venir desde el principio”. Uf. ¿Qué cara poner al escuchar eso? Supongo lo que Ávila hizo durante toda la novela, aguantar vara. Como que hay un sistema de creencias y de protocolos al que los políticos deben de ceñirse, una especie de código, no de honor, sólo un código. Ese código no escrito podría ser, “ellos hacen como que me conocían y apoyaban, yo hago como que los conozco, pero cuando llegue, no los apoyaré”. Ese código no implica que se logre lo deseado por el individuo adulador. Probablemente sea ignorado. Si el caso del individuo adulador es extremo le va a ir mas mal de lo que estaba al principio.

O ¿Las promesas? Todo se puede prometer. Todos está esperando todo si a cambio apoyaran la causa. Muchas promesas se vuelven compromisos, muchas promesas se vuelven incobrables, muchas promesas sólo serán para salir del paso, y muchas promesas más serán dichas al calor de los acontecimientos, sólo para no poder cumplirlas en sus momentos correspondientes. Las promesas son como las palabras, se las llevarán el viento. Entonces era entonces, hoy es ahora. Las condiciones cambian.

Las posibilidades. Las que el precandidato se pone a pensar en que haría si el fuera el ganador. Víctor Ávila Puig en Palabras Mayores sabe que hará para poder sacar el país adelante. Sabe quienes serán las primeras víctimas: los ineficaces, los corruptos, los traidores. Si alguien de la talla de Ávila Puig llegase al poder, el país será otro. Sólo se necesita que llegue. “No nos olvide, señor”, frase que dijo alguien hace seis y medio. Parece que los olvidó.

Los engaños. Por un lado las alianzas temporales. Hasta Winston Churchill el demócrata, lo dijo una vez (o algo parecido): si es necesario unirme al Diablo para vencer a HItler, me uniré a él, referencia a Stalin, el comunista. Aquí deben de estar las fintas. Se deben de saber o adivinar quién está contigo, ¿quién finge?, ¿quién es verdadero? El problema luego es la paranoia, ¿quién dice la verdad? ¿quién miente? ¿Por qué no habrían de mentir todos? Todos tendrían una razón para hacerlo, ¿o no?

Los veletas. En tiempos de precandidatos, ¿quién no apoya a todos? Es sabido de la gente del poder del dinero que de alguna manera apoyan a todos los candidatos con posibilidades, ¿esto es un pecado? ¿o es solamente la costumbre de los tiempos? Así no le perderás jamás. Pero jamás. ¿Y quién se queja de ese modo? La gente que tenga la posibilidad que compre todos los boletos de lotería, ¿hay algo escrito en contra de ello? ¿La moral? ¿La ética? ¿Entran aquí?


Las sirenas. ¿Habrá posibilidades de ganar? ¿No se estará al final de las encuestas? ¿Si acepto esa alianza qué estaré vendiendo? ¿No serán trampas? ¿No serán más engaños? Ese gesto, ¿es sincero? Una vez más la paranoia comienza a tomar forma, cuerpo, cara, brazos y empieza a apretar fuerte…

La hipocresía. Se pierde la posibilidad de saber que hay detrás de las caras. El interés es mucho, las apuestas muy altas, imposible despreciarlas. Todos vienen a saludarte a ti y al de allá y al de la otra puerta y al de enfrente. Todos, una vez más, te sonríen y saben que tú eres el Bueno, ¿discutirás lo contrario? Pero que se cuiden los casos que tú bien sabrás que estás documentando.


Las demás velitas prendidas. La gente es así. No quiere perder, no puede perder. Son muchos años de estar en la banca, en la orilla, en el basurero del olvido, ya lo decía Hank González: un político pobre no es más que un pobre político. Alguien más decía, estar fuera del presupuesto es vivir en el error. La sabiduría política mexicana es impresionante.

La lucha de posibilidades. Los cálculos son altos. Un país es un país, no es un estado, no es una compañía, no es un ayuntamiento. Es un país. Y todo lo que se puede hacer, insisto. Seis años son una eternidad.

La pérdida de la inocencia. Un día te darás cuenta que no te puedes equivocar. Habrá eso sí, alguien que lo afirme, pero es que ese alguien no sabe lo que es estar arriba y arriba de ti nadie. Miras a la derecha y el país mirará a la derecha contigo. Miras a la izquierda y el país entero te seguirá. Ellos temblarán, te lo aseguro. No hay quien tiemble. Ávila Puig lo sabe, lo intuye, quiere estar ahí para probar ese Poder, esa pócima diseñada para que sólo pocos en el curso de la historia la prueben. El doctor Ávila Puig está listo. Cuando le toque, sí le llegase a tocar, sabrá que hacer con el Poder y sueña ahora que soñará, que todos, todos los ciudadanos de su país, se lo agradecerán, por siempre.

La pérdida del alma. Y una vez ahí, ¿qué? ¿No querrán tener a alguien que les diga la verdad que está allá abajo? ¿O ya no será necesario? Lo bueno de esto, es, parafraseando a Ruiz Cortinez. Hágase lo que se haga, será lo más atinado. Por siempre. Y no olvidar: la Política es el arte de tragar sapos... sin hacer gestos...

En Palabras Mayores, de Luis Spota, Víctor Ávila Puig está listo.

Y espera.



sábado, enero 13, 2007

Y otra cosa, también para avisar que ya hay otro cuento en mi blog de cuentos, el de…



www.cuentosluisgarcia.blogspot.com

El cuento en cuestión se llama Menalipa Meteorologa y en su introducción explico algo del asunto.

El escribir cuentos y luego publicarlos es el sueño de todo escritor. Pero mientras eso sucede, se tiene que hacer algo. La obra que sea, en el arte que sea, no está completa sin observador, sin escrutador, en mi caso, no está completa sin escritor.

No se deben de quedar nuestras cosas en los archivos de nuestras pc’s, insisto.

Yo no soy nadie para juzgar si nuestras cosas están geniales o si son aburridas o si son demasiado largas, o peor aún, si están bien o mal escritos.

Las decisiones sólo sé que eso les corresponde a los lectores decidir.

Internet me da la facilidad de la disponibilidad universal de mis historias hacia quien deseé acudir a ellas. Poco a poco los lectores van cayendo. Y algunos vuelven.

En lugar de decir: “¡hey, yo escribo historias!” el publicarlas en Internet manda el mensaje de “¡hey, yo escribo historias y ESTÁN AQUÍ!”.

Ojala que esta historia guste.

Menalipa Meteoróloga trata acerca de una chica que es la que da el clima a través de un canal de televisión en una ciudad cualquiera. Resulta que ella es especial porque… es hija del Dios de los Vientos y… está en una oficina con todos el ambiente organizacional que se respira… y donde se vive el clima normal de trabajo que se da en ese tipo de oficinas y de ahí resulta…

Y sí, espero que un día tenga en mis manos un libro que ofrecer a los lectores con los cuentos que he escrito.

Y claro, más feliz estaré cuando LOS LECTORES tengan en sus manos algún libro de cuentos que YO haya escrito.

Poco a poco incluiré más cuentos por aquí, total, ya están en el blog de los más largos.

Sigamos ganando espacios cibernéticos, pues.

Nada más para avisar que la tercera entrega (de cuatro) de mi novela de Technotitlan: Año Cero, ya está en su blog correspondiente…


…es decir, la que corresponde a Tercera Parte, Vida y Muerte en La Matriz ya está disponible para todas aquellas personas que estén interesadas en el asunto (lo de La Matriz, para los que no sepan como está ese rollo, lo explico en el blog).

Por otra parte, a todas aquellas personas (sobre todo personas de editoriales) que estén interesadas en el tema de Tlatelolco 1968 y consecuencias, ahora que sólo falta un año y meses para el cuarenta aniversario en 2008, y que quieran leer una novela que aunque la escribí hace como 9 años, y es de tema futurista (sucede en los años de 1968 y en el de 2018, o sea, en el cincuenta aniversario), y que todavía aguanta, según yo, la pueden encontrar en los blogs correspondientes que están aquí a la derecha, donde dice “LIGAS INTERESANTES”, cada parte en su blog correspondiente.

O le pueden dar clic aquí:
http://novela-technot-tercera-parte.blogspot.com/

Por otra parte, en caso dado que deseen leerla no del blog, sino a través de un archivo Word, con gusto se las puedo enviar por correo electrónico si me lo piden al correo de costumbre, que es el de

luisgmetaconexiones@gmail.com

donde les llegarán dos partes (en blog dividí la novela en cuatro, para que fuera más sencilla de abarcar o asimilar).

Pueden solamente escribir: “Luis, me interesa leer tu novela, ¿me puedes mandar la primera parte?”.

Y yo les responderé: “¡Claro! ¡Con todo gusto!” Y listo.

Como lo mencioné antes, esta novela estuvo en su propio website, ya fenecido, la mitad solamente y ahora me decidí publicarla entera, sus cuatro partes, sólo para ver que pasa.

Como en muchas cosas de nuestra vida, nadie tiene la certeza de si es conveniente o no hacerlo, porque dicen que así nadie la compraría, el caso es que si la tengo guardada en mi casita, en mis archivos de mi pc, nadie la conocerá, así que es mejor sacarla por Internet para que así los lectores o los interesados en diversos temas vayan llegando de casualidad.

Así las cosas, uno nunca sabe lo que puede pasar. Sólo les recuerdo que esta novela la imprimí en su tiempo, 1999-2000, o más bien, la traté de imprimir en su tiempo, y lo digo así por suceder la proverbial pesadilla normal de los escritores que quieren ser independientes de todo a todo: Por circunstancias, el proceso de impresión fue de locura, largo y agonizante, sólo alcanzando a imprimir la tercera parte de lo que se intentaba hacer.

En ese tono, de alguna manera lo hice parcialmente y tuve en mi poder 330 libros que vendí a 200 pesos cada uno (ni tengo tantos amigos que me pudieran hacer el favor de comprármelos por lástima, ni los regalé por ahí, que conste) y que, por ser yo escritor novato y demás, otorgué el derecho de duda a los lectores y les pedí que si no les gustase, me podían pedir una garantía al respecto. Es decir, les devolvía su dinero.

Además de Selecciones, no sé quién de escritores haya hecho lo anterior, y así lo he seguido haciendo con mis siguientes libros (o libro, pero ustedes me entienden).

El punto de dar garantía personal completa a un libro (o sea, finalmente una obra de este tipo está sujeta a subjetivismo personal, como las películas que se proyectan en un cine o las obras de teatro a las que se asiste, sucediendo que una vez dentro, por más mala que esté la película o la obra, es un hecho que jamás nadie exige su dinero, por más mala que esté la obra, y si lo hicieren, jamás nadie se los daría, como que es una situación que es de cuenta y riesgo personal, cuanto dinero regresaría a las manos del espectador y cuanta calidad de las películas, y de los libros, no se mejoraría, se harían menos películas si hubiera garantía expresa, ¿o no?) yo sí lo hago y nadie me ha pedido la garantía de vuelta), es, con modestia aparte, tal vez mi única contribución original, válida y creativa al mundo editorial. O es eso, o es una plena locura.

Si no me creen, vayan a Sanborns, o a Gandhi, o a Gonvil, a reclamar un mal libro que hayan comprado, a ver que les responden.

Algo es algo.

La cuarta parte y última de Technotitlan: Año Cero, la incluiré próximamente y así podré afirmar que soy uno de los pocos necios que han puesto su novela completa en Internet.

Y así seguiré con Sangre de Neón, que son tres partes, y que ultimadamente, también me place colocarla en Internet. En alguna parte la debo de poner, ¿no?

Gracias por estar aquí.

No lo había agradecido desde hace tiempo.

martes, enero 09, 2007

Clase de Física de primer año de Prepa en 1977-78 con un maestro que acabo de ver en 2007

¿Que te digo? Un blog de más de mil palabras de un incidente que duró probablemente menos de un minuto.

Pero la cosa fue así:

Estaba en el Vips de Cumbres en Paseo de los Leones terminando mi charla con Mario, ¿sí te acuerdas de Mario? Él, buen amigo, quien me diseño la imagen de la portada de mi novela de Technotitlan (que está visible en el blog correspondiente) y la de su por entonces website pionero (que ya no está), compañero de la mencionada novela (corría 1998, mas de ocho años desde entonces). Ya pagando la cuenta, él, por cierto, miré a una de dos personas que entraban.

El gesto, el pelo canoso, todo me fue bastante claro para saber que era el ingeniero que me dio la clase de Física en 1977 y en 1978 en mi primer año de preparatoria, en Bachilleres Obispado, afiliada a la UDEM, o sea, la conocidísima Prepa del Regio (de la que no se ha escrito, ni se escribirá nunca, la última palabra).

Así las cosas, lo único decente que podía hacer era ir a saludarlo, anticipando la consabida respuesta de antemano: “¡Pues que gusto!” Para luego él añadir un: “¿Y a qué te dedicas ahora?” y para concluir amablemente con un “¡Qué bien! ¡Mucha suerte!”.

Y sí, era mi caso, pero aquí un detalle, estaba segurísimo que el maestro no se acordaba de mí. Totalmente. Por eso, le quise ahorrar la pena del “¡Maestro! ¿Se acuerda de mí?”. Digo, para que hacerle pasar un mal rato. Fue un año entero que me dio clase, de acuerdo, pero éramos cuatro grupos de 45 personas, de una sola preparatoria. De hecho, ignoro si daba clases en otras. Además, también dio clases durante varios años. No hay que juzgarse uno mismo tan inolvidable. Bueno, los que pertenecíamos al grupo de los verdaderamente promedios.

La clase era así: Física se estudiaba con un libro verde, lo recuerdo muy bien. O era gris. O anaranjado, ¿no? (¿De qué color era el maldito libro?) El punto era que la dinámica incluía un capítulo previsto al que todos debíamos estudiar de antemano.

El maestro invariablemente llegaba con su camisa a cuadros. Se sentaba frente al escritorio, mirando a la clase. Me imagino que saludaba. No recuerdo si había un tema introductorio, si trataba de relajar al grupo o qué. No sé cuanto duraba ese preliminar. Pero el momento de respiro terminaba en cuanto él decía la Frase.

La Frase era aterradora. Era el anticipo del Terror. Era el anticipo del Suplicio. Tormento. Angustia. Ansiedad.

Lo que también recuerdo era lo siguiente que sucedía de manera simultánea:

Todos lo mirábamos con una mezcla de respeto y…, sobre todo a principio de mes, ya explicaré porqué, repito: lo mirábamos con una mezcla de respeto y… pavor, sobre todo pavor.

Supongo que cada quién, la mayoría al menos, en su interior pensaba si había estudiado correctamente el capítulo a seguir. La mayoría se preguntaba si había una posibilidad de que, si llegaba a ser el Señalado, pasaría la prueba. Muchos nos encontrábamos en la circunstancia terrible y algo entendible, sólo algo, acepto, de querer estudiar un capítulo entero de doce páginas de un tema grave, aparentemente anodino (la tensión superficial, coeficientes de resistencia o de elasticidad), cinco minutos antes de que empezara la clase.

Homicidio-suicidio anunciado. Fusilamiento desde los pupitres. Ya sabes, como si fueran cinco tiradores, cuatro con balas de verdad, uno con bala de salva, nadie sabrá con certeza quien disparó a matar. Inocencia compartida no interrumpida.

La Frase era… “Cierren sus libros por favor”.

Y ahí comenzaba el temblor en las manos, el escalofrío recorriendo la espalda, la sensación terrible de vacío en el estómago, el vértigo que pedía que pararan esa música de carrousel infernal.

Ex abrupto, ¿se puede?

A mi me gustó muchísimo una película de Val Kilmer llamada Top Secret!, de allá por 1984, de los hermanos Zucker, en la que el rubio encarnaba a un agente secreto. Era una parodia y sátira por toneladas tipo ¿Dónde está el piloto?, y supuestamente, ya sabes, era chiste tras chiste tras chiste burlándose de cada cliché posible de películas de la segunda guerra mundial y de espías, una delicia.

Pues bien, hay una escena en la película que describe claramente ese tipo de terror tan familiar: Atrapan a Kilmer, lo empiezan a interrogar en un calabozo sucio y brutal, lo comienzan a torturar latigueándole la espalda de una manera bestial. El tormento y castigo son demasiado para él, en eso se desmaya y se desliza, inesperadamente, en un sueño.

En imágenes entre nieblas en el sueño está él, Kilmer, joven, vestido de colegial, corriendo por un pasillo vacío de una escuela tenebrosa llena de brumas. Desconcertado y lleno de ansiedad, grita: “¿¡Qué sucede!? ¡¿No hay nadie?! ¡DÍGANME, ¿QUÉ SUCEDE?!”. Nadie le contesta hasta que pasa por ahí un compañero que le responde con voz de ultratumba: “Hoy… hay… examen… de… química…” “¡QUÉ!” Kilmer empieza a gritar como desaforado, la angustia y la desesperación lo invaden: “¡No estudié nada! ¡NO! ¡NOOOOOOOOOO!”.

En eso, Kilmer se despierta, está en el calabozo y mientras los latigazos están haciendo trizas a su espalda, él, sonriendo angelicalmente, dice: “¡Oh! ¡Gracias a Dios! ¡Era sólo un sueño! ¡Era sólo un sueño!”

Fin del ex abrupto

El maestro lo que hacía era revisar la lista de nombres del salón. Una y otra vez. De arriba a abajo, de abajo a arriba. Su mirada en el papel. Las miradas de todos nosotros sobre la de él. Miradas ansiosas y angustiantes convergiendo como rayos laser sobre su pluma flamígera buscando el Nombre del Condenado. De quien a través de alguna Misteriosa Manera sería el elegido para dar la clase de ¡memoria!, de… ¿hoy de qué será? ¿Vasos Comunicantes? ¿Fuerzas Centrífuga y Centrípeta? ¿Vectores de Fuerzas? ¿Fuerzas y Aceleración?

La pluma iba y venía hasta que por medio de un impulso imperceptible se detenía y decía sencillamente el nombre del que había sido el elegido al sacrificio.

Y era un sacrificio porque el mencionado compañero o compañera tenía que pasar al frente a pararse enfrente de los alumnos, unos burlándose en silencio, otros condoliéndose, los más, indiferentes, y enfrente del maestro, por supuesto, que tenía su libro en la mano, y de corrido y de la mejor manera, el Elegido debía de dar una descripción completa del tema en la medida de lo posible. De eso dependía una calificación mensual. Los puntos no se regalaban, ¡pero que manera de desperdiciarlos!

En ocasiones el tema podría ser noble, daba de sí con naturalidad pero la inmensa mayoría de las veces no lo era. Temas abstractos e inasibles, fórmulas, gráficos, planteamientos, conceptos que no sabíamos quien con claridad fue el afortunado que los descubrió o para que demonios nos podían servir el día de hoy (lo cual es otra historia).

Era doloroso ver como el Condenado a dar la clase, o a intentar simular que daría la clase, que de plano se notaba que no se la sabía. Pero, si me pongo a pensar, no recuerdo que muchos se hubieran negado a pasar al frente ya que eso significaría un cero fulminante que pesaría muchísimo en el promedio mensual. Mejor un cuatro que un cero. Siempre mejor un cuatro que un cero.

El interrogatorio terminaba como comenzaba, el maestro anotaba algo. El Condenado que sobrevivía ya, como fuera, con la calificación que saliera, ya era libre de no estudiar a la siguiente clase el siguiente día que tocase Física ya que su turno sería hasta el siguiente mes. ¡Él ya podría mirar a los ojos al Diablo si quisiera! Hasta la próxima ocasión.

¡Espera! La clase no ha terminado. El maestro ahora continuaba con la pluma y la lista. Y todos los demás seguíamos con la vista a donde dirigiría su mirada, si al principio, al medio o al final del papel. Alguien más daría la clase esa misma mañana.

Poco a poco, si no te tocaba, obviamente tus probabilidades de ser inmolado aumentarían con cada día que pasase. Así que ya ni sabías que podría ser mejor, si rezabas porque te tocase al principio o si rogabas para que te tocara al final para que no tuvieses que estudiar tanto.

Ni a cual irle.

Claro que la solución era sencilla. Estudiar todos los malditos capítulos hasta que fuera tu turno y listo. Pero hay tantas cosas que quisiéramos cambiar si tan sólo se nos pudiera dejar enmendarnos…

No recuerdo como calificaba el maestro. Sólo sé que pasé su materia los dos semestres. Sólo digamos que pasé.

Me imagino ahora la necesidad urgente de que haya más ingenieros en nuestro país. Yo estudié ingeniería de sistemas. No creo que haya sido por su causa. Probablemente era la parte de sistemas la que me atrajo. Pero de que hacen falta jóvenes que crezcan con interés por las ciencias como la química, la matemática, o la misma física, hacen falta. Y muchos.

Hace años leí la novela de Rising Sun de Michael Crichton (creador de Jurassic Park, E.R., etc.) en la que un personaje, que supongo que era la voz del mismo escritor, decía que había en las universidades en ese instante, más de 300,000 estudiantes que querían destacar como conductores de televisión y que querían parecerse a Charlie Sheen.

Muchos entonces ya no querían ser ingenieros, hoy han de ser más. Pero los orientales sí lo desean, los indios, los coreanos, los taiwaneses, los chinos. Esos países saben que la tecnología es la que hace a un país más próspero.

Maestros como el profesor Rogelio Elizondo faltan. Recuerdo que trataba de hacer la materia difícil, pero no remota. Esas materias deben de enseñarte a pensar, a razonar en un mundo que es difícil de por sí. Él tenía sentido del humor, y no era perro perro, y eso sí, jamás supe que fuera barco.

No sé si me quedé corto al describir esto, pero han pasado treinta años y ahí está su buen recuerdo. No sé si inculcar el amor en la prepa por las matemáticas, la física y la química nos consiga un país mejor, pero quizá sí. Tal vez ya sea demasiado tarde llegar a prepa

Debo de aclarar, no sentí que me lo inculcaran en prepa. Eran materias difíciles, pero no imposibles. Tal vez se deben de buscar más maneras de hacerlas atractivas, de hacerlas necesarias, de hacerlas naturalmente prioritarias.

Con el paso del tiempo, eso sí se entiende. La falla fue de uno mismo. O sea, mía. No esquivo mi responsabilidad. La falla no fue tanto del maestro. O tal vez la falla fue del Sistema que no te destaca estas necesidades. Ni lo sigue haciendo entre los más jóvenes. Algo en ese sentido debe de hacerlo alguien, pero ya.

Los medios deberían de inculcar, y nosotros mismos, que estas materias son de importancia nacional, estratégica, en la primaria, la secundaria.

El profesor Elizondo no pudo acordarse de mi nombre, pero yo sí de él.

Y para mí en lo particular, eso es lo que cuenta.

lunes, enero 08, 2007

Sobre Años Nuevos, Trópicos de Cáncer y Contraseñas


Acabo de leer en alguna parte que las compañías en USA gastan más de 200 dólares por empleado en el asunto de recuperar contraseñas olvidadas en estas épocas del año, regreso de vacaciones de diciembre-enero.

2,200 pesos por cada persona sólo porque a la gente después de vacaciones ya no recuerda la contraseña para entrar a su máquina o a su sesión o a su sistema o a su… lo que se les ocurra.

Y es que el tiempo que se le dedica a esa otra vida real, la de no-trabajo, es pesada. Son más de dos semanas. Una buena cantidad de días.

La vida real-uno, la del trabajo se abandona en el olvido a partir de que entras de receso vacacional. Pongamos que pudiste haber ido a trabajar en esos días finales de año y de comienzo del siguiente, pero, lo siento, eres una minoría. Claro, eres la minoría a la que los demás mortales honramos como la que lleva la carga vital del país en estos días tan complejos de descanso febril.

La vida real del quehacer cotidiano trabaja en base a ritmos predecibles. La vida no real recesional, no. Nop. Está llena de caos, está llena de cosas diversas. Casi ni se puede planear, a cierta edad, claro está, con quien estar, si con la suegra o con la mamá de uno.


Los días se van sucediendo uno tras otro sin cesar. Luego del martes sigue el miércoles y para cuando piensas ver a tus amigos ya es jueves y ya es Fin de Año y la familia y la familia y la familia y ya cuando ya pasaron las celebraciones ya te tienes que regresar y…

Eso sí, al paso de los años entramos a ritmos que son más benévolos. Se recurre a la regla del pasado: “¿Con quién fuimos el año pasado en Navidad? ¿Con quién en Año Nuevo?”

Las reglas son las reglas.

Un Fin de Año me la pasé sólo, solo por cambiar, para ver que se sentía un cambio de año en plena soledad. Fue en el año de 1988. Solito, solito. Decisión propia. Me atiborré de seis películas y vi como cuatro de ellas (¿los títulos?: El León en Invierno, Motown 25 Anniversary, mmm, ¿cuál otra?). No recuerdo lo que comí esa vez. Sólo que me quedé viendo al horizonte a las doce de la noche a pensar como se miraría el año nuevo llegando, como si una línea difuminada en el cielo se moviera como arco en la bóveda como la que se debería de ver al pasar por carretera o avión los paralelos o los trópicos o los meridianos que aparecen en los mapas.

Primer ex abrupto (léelo bajo tu propio riesgo y si quieres saltártelo, sáltatelo, tú bien sabes que siempre he sido muy liberal en ese sentido):

Digo, todavía recuerdo de pequeño cuando viajaba de Tampico a Monterrey y me di cuenta en la carretera montañosa atractiva y vomitante al mismo tiempo, de un monumento o señal o como se le quiera llamar, del “Trópico de Cáncer”.

Debo de confesar que me causó decepción. Pudo habérseme ocurrido, antes de verlo, que si los humanos nos dábamos cuenta del hecho en cuestión, un Trópico de Cáncer, UN TROPICO DE CANCER, caramba, es justo decirlo, por algo lo inventaron, ¿o no?

Debería ser importantísimo.

Entonces, primero, se debería de ver una línea difuminada en el cielo, que indicara, “esta es la línea imaginaria que se dibuja en los mapamundis, en los globos terráqueos, ni más ni menos”. Que indicara que la maravilla del clima templado se acababa ahí. Que la línea del clima tropical empezaba pa’llá al sur. Hum.

O, otra triste razón, que esa línea “imaginaria” (esa es la palabra que no recordé mucho por entonces) de 23 grados no sé cuantos minutos, sólo marcaba un asunto que tenía que ver con la inclinación del eje terrestre o something so profound and deep like that. El punto es que era interesante per se.

O segundo: eso, que el Trópico de Cáncer, es importante. De perdido hubieran puesto un restaurante en ese lugar. “Disfrute nuestras carnitas equinocciales” “Venga a saborear un cafecito verdaderamente tropical” “Con nuestra cerveza querrá subirse por el eje terrestre usted solito”.

Variaciones sobre un mismo tema, recurrente, absorbente y que trata a las leguas de ser propositivo, sin conseguirlo.

Segundo ex abrupto a partir del primer ex abrupto:

Y eso que Trópico de Cáncer sólo resultaba una línea imaginaria geográfica pintada en nuestros juveniles cerebros… Pero luego leí la novela de ese título con Henry Miller y eso impacta, créanme, eso impacta de manera distinta en nuestros ya no tan juveniles cerebros.

Luego seguiría Trópico de Capricornio, del mismo Miller. Lo cual me lleva en una alocada sucesión de ideas… ¿habrá la misma situación de indiferencia hacia el tema geográfico en Sudamérica, por donde pasa esa otra línea imaginaria y ya en desuso como el Trópico de Capricornio? ¿O no tienen tiempo para estrambóticas discurrencias over there?

Fin del segundo ex abrupto a partir del primer ex abrupto.

Fin del primer ex abrupto.

El caso, te decía, es que no hubo línea que se moviera a través de mi esfera celeste privada íntima en el momento preciso del cambio de año a 1989. Sólo las mismas estrellas de siempre. De mi “siempre”, quiero decir. No de la eternidad. Las posiciones de las estrellas referentes a un solitario y por-una-sola-vez ermitaño no son eternas. Eso lo sé pero super bien. Carl Sagan lo demostró de manera ultra genial en Cosmos. Ya lo dije not so far in the time of ours en este mismo blog.

Este día de Año Nuevo pues y Navidad y día de Reyes, a una edad como la mía, no es que se repitan en sí mismos y se confundan con los de los años pasados. Pero es muy probable que muchos eventos con el paso del tiempo se empiecen a fundir unos con otros.

¿Qué fue lo que comí hará diez años, 1997? ¿Pavo? ¿Bacalao? A eso es a lo que me refiero. Lo mismo. ¿Recordaré dentro de diez años, 2017, lo que comí en esta Navidad pasada y lo que comí en Año Nuevo? Ahora sí lo recuerdo. En este mismo momento. Y que sucesos ocurrieron y en qué orden. ¿Y para el futuro? ¿Qué es lo que deseamos? ¿Qué sean fechas movidas como para que dejen marca?

¿O sólo esperar a que venga lo que venga porque algo que amamos de la vida, los que la amamos profundamente, es nuestra inagotable capacidad de sorprendernos?

Y lo digo en lo interno con los hijos creciendo y adquiriendo experiencias del mundo que inciden en ellos… y en el mundo que adquiere experiencias mientras los hijos comienzan a incidir sobre él, significativamente.

Año con año. Cuando el Sol sigue estirando a la nuestra vieja Tierra alrededor de él en una parábola con nuestras siguientes trescientas sesenta y cinco vueltas y un casi cuarto más de vuelta alrededor de ese eje invisible “imaginario” que está a 23 grados de inclinación o something like that. (Si se inclinase demasiado, ¿se caería tal como le pasó a Urano? ¿Y qué nos pasaría a nosotros? Mejor ignorar el punto, el que nada sabe, nada teme.)

Al menos yo sí me acordé de mis contraseñas. Eso debe de contar para algo, ¿no?

¿Alguien me podría enviar mis doscientos dólares por favor?

Se los agradecería, infinitamente.