miércoles, agosto 30, 2006

Kiss o la Decadencia de la Civilización Occidental Parte III


En las entrañas de mi adolescencia, 197X, cuando no había mucho que ver o que oír, cuando no había Internet o MTV para avisarnos de las noticias o novedades, a mi casa llegó un hallazgo de mi hermano: dos LP’s de rock (en la antigüedad, se definía un LP como una plasta circular hecha de un derivado de petróleo llamado acetato, que tenía un largo canal muy angostito, en forma espiral que duraba 25 minutos el recorrerlo de cada lado y al que se le ponía una aguja especial en un aparato llamado tocadiscos del cual salía música que muchas ocasiones, si era mexicano, salía pastosa), uno de Deep Purple con una portada como de metal con el medio reflejo de cinco tipos melenudos mas o menos reflejándose en ella, el disco se llamaba Machine Head y traía una canción que de seguro ya había escuchado por ahí que se llamaba Smoke on the Water.

El otro disco mostraba a cuatro tipos extravagantes pintados de sus caras con trajes estrafalarios con llamas explotando al lado del escenario y parece que todos se la estaban pasando muy bien. El disco se llamaba Alive!, y el grupo se llamaba Kiss.

A la distancia puede parecer ridículo que un grupo aparente estar así, y que se llame, de entre todos los nombres posibles emanados por los Dioses del Rock Pesado, Beso, pero así era la cosa.

En aquellos tiempos yo no tenía estéreo para tocar discos. Sólo tenía una grabadora marca Mecca, procedente de algún país asiático que me había costado un buen dinero, que si mal no recuerdo, me lo había ganado con trabajo de verdad, pero en la que grababa música de radio AM, la de la RG o de radio KONO (¿había otras en Monterrey? Ah sí, Stereo 99, pero su música era demasiado sofisticada para mis catorce años.), sin que me importara grabar comerciales o la voz de los locutores. Yo me la pasaba bien tratando de esperar capturar la música que me atraía más. Lo cual podría tomar horas.

El caso era que el disco no me podía ayudar de mucho así con la atractiva portada y todo. Como que tenía que escucharlo en alguna parte, supuse. No había otra opción, tendría que ir a casa de mi abuela a tocarlo en la consola (una generación más atrás que los estéreos, que, ahora que lo pienso, ¿porqué se llamaban así, “consolas”?).

Las consolas eran un recuerdo de los años cincuenta, creo. (Ya es mucha explicación de cosas, supongo, pero así es esto.) Eran alargadas, de madera pulida acabado piano. Tenían una tapa en la parte superior, por en medio, que la levantabas. Tenían bocinas a los lados, recubiertas de tela color crema. Dentro de la tapa había una tornamesa rudimentaria con un plato de goma que es donde iba el acetato, y un control a la derecha que marcaba la velocidad, 33, 45, 78 revoluciones por minuto, según el tamaño del disco (la de 78 rpm era para tocar las antiguas reliquias de los años veinte, que eran más que nada música clásica, arias, sinfonías, que duraban como siete minutos por lado y que se conservaban en las consolas en aras eso que se le llamaría hoy en términos tecnológicos “compatibilidad”.)

Los controles servían para escuchar tres bandas, una de radio de onda corta, con una barra en el dial con etiquetitas apuntadas de muchas ciudades, junto a ella, tenía una barra para AM y otra para FM. A los lados había dos perillas con signos de llaves musicales, una para los agudos y otra para los graves. Y basta de ecualización.

Ahí tocaría esos discos de Kiss y de Deep Purple. No creo que hubiera muchas opciones. No había muchos amigos, no era yo el gran sociable del mundo. (Sigo sin serlo, supongo.)
Entonces no habría más que hacer. Aguantar el discurso de mi abuela y el de mis tías o, grabarlo desde ahí tal cual.

Sí, con mi grabadorcita Mecca sin chiste. Un buen cassette de 90 minutos marca Ampex, creo, de esos de tres por dólar y así, con su microfonito integrado grabé los dos discos de Kiss ALIVE!, uno en cada lado del cassette.

No recuerdo si lo grabé con perros ladrando o carros pasando y pitando. No me importó. El resultado fue mesmerizante. Juro que si escuché ese cassette por sus dos lados durante dos años dos veces diarias, fueron pocas.

Pocas cosas auditivas en la vida me han causado más placer. Ni el 8-Track con su exuberancia tecnológica limitada, ni el CD con su sofisticación, o el MP3 con su ubicuidad de Internet, me han dado como me dio ese cassette de 90 minutos de Kiss.

Sus canciones, con coros eternamente iguales, su rock sencillo a fin de cuentas, sus guitarras, del que sólo Ace Frehley sobresalía, su solo de batería de Peter Criss (que según lo maltrataban en las revistas serias de rock, sólo quería ser Barry Manilow de grande, por su afición a las baladas) que sirve de intermedio de 100,000 Years, era de no aguantarlo cualquiera. El hecho de que estuvieran pintados, de que lanzaran fuego o sangre, bueno, sólo Gene Simmons, pero saben a lo que me refiero, aumentaron el atractivo.

El que fueran chocantes, pesados, sin sentido en sus letras en las que repetían, como dije, el coro una y otra vez, lo disgusting que podrían ser para los demás, como digo, incrementaban más el interés por ellos.

Mis amigos que fui teniendo en secundaria (nunca faltan loquitos como uno) y que se mantuvieron a través de la prepa y muchos años después de la carrera, fueron los que nos gustaba Kiss en ese momento. Poníamos “KISS” con sus letras características con las "SS" como si fueran rayos en el pizarrón en cuanto se podía; Isaac, el ejemplo del que en cualquier grupo de muchachos siempre tiene más poder adquisitivo, nos deslumbraba de vez en vez por las fotos que podía conseguir de revistas gringas que compraba: todavía recuerdo la que él usaba en el libro de Biología (ese mismo, el tratado de color azul que por el gran tamaño que tenía, poco faltaba para, si lo terminábamos en tiempo, nos doctorarámos de inmediato). Bueno, esas fotos eran geniales, imponentes, sin ninguna falla, eran calidad gringas, God dam’ it!

Los discos se fueron sucediendo, yo compré, con mi dinero de nuevo, ese disco doble de ALIVE! en Discoteca Sámano, hecho en México. Hoy por hoy, ya vendí todos mis viejos LP’s, y no tengo más, los siento, no tenía sentido guardarlos todos, mi tornamesa ya necesitaba tener un nuevo ajuste y la verdad es que ya no había espacio para tanto LP, además de lo pesado (en kilos, no siempre en ritmo) que estaban. Eso sí, conservé los gringos y uno que otro especial mexicano. El de Kiss ALIVE!, después de veintinueve años todavía lo conservo. Tal como se debe. Y no me importa que ya no se escuche.

Comoquiera se oía terrible por entonces, como todos los discos mexicanos de la época. Pero ¿qué importaba?, entre tanto ruido, guitarrazos y batería demolida, además de las voces nada afortunadas de Simmons y de Paul Stanley, insisto, who cared?

El siguiente punto impactante al respecto de Kiss fue en el glorioso programa de Canal Trece que daban los viernes a las 8 pm y que religiosamente veía en casa de Jaime: Alta Tensión se llamaba y transmitía videos de canciones de grupos de rock en concierto. Corría el año de 1977 y estábamos ya en primero de prepa.

He buscado información del programa mencionado, Alta Tensión, aquí en la red, pero el esfuerzo ha sido infructuoso. Luego hablaré de él. En aquellos tiempos no había más maneras de mirar presentaciones de grupos favoritos. No había nada de eso en la TV de por entonces. Ni se llamaban videos por entonces. Menos se llamaban: “video clips”.

Quizá un antecedente de utilizar un rato de TV para pasar videos era, por lo menos en el Monterrey que conocí de varios años antes, en 1971, los que daban en el canal Doce, del ahora Multimedios, en donde pasaban un programa llamado Los VIPs que según mi amigo Polo Alvarez (que estuvo muy cerca de la escena por pertenecer al mencionado grupo al que pertenecía el canal, él dirigía XERG y Stereo 99), bastante buen conocedor y obligada referencia en este punto (y otros muchos más), bien puede ser uno de los pioneros de los programas de video no sólo del país sino también de Norteamérica, porque por las circunstancias, aquellos eran videos (o imágenes de grupos en concierto, que eran lo más común... hasta que llegó Queen en 1976 con Rapsodia Bohemia, cuando el video ya fue utilizado de manera intencional como publicidad), de por lo menos que me acuerde, de entre otros, Gran Funk Railroad, ¡fantásticos!

Pero seis años después no pasaban gran cosa por la TV.

Hasta que llegó Alta Tensión.

Lo recuerdo y suspiro todavía con emoción genuina: ¡Genial, genial, genial!

El día no lo recuerdo, pero debió ser en octubre de 1977. Y sucedió de manera sencilla. El locutor dijo algo así como: “¡Y ahora, unos besitos con... KISSSSSSSS!!

Sorpresa total. Y esta es una experiencia de consciencia por la que ya no se pasa ni se pasará, ni que fuera deseable, pero es similar a la que uno descubre que ciertas cosas no solamente serán para siempre imágenes fijas y estáticas, sino que de un momento a otro, ¡ya se movían! Adquiriendo vida de pronto. Suena quizá un tanto bizarro el asunto, pero así fue, tal cual.

Y si ver al grupo Kiss en foto, mientras escuchabas Hotter than Hell, o Detroit Rock City, o God of Thunder, o Calling Doctor Love, por enésima vez, era (puede parecer ridículo, pero hay ridículos peores) imponente o como si fuera una imagen quieta de una lucha de monstruos radiactivos japoneses del espacio, conteniendo el potente dinamismo y el flujo del poder y la furia hasta ahora contenidos... ahora imagínense ver un video de tu grupo favorito, a los que nunca habías visto en vivo o en película o en TV y de repente, ¡tocando a romper las bocinas, Nothing to Lose, como si no tuvieran nada que perder!

Ya saben: la apoteosis del infierno desatada por todos los rincones de los hemisferios catódicos de nuestra existencia en una minúscula TV, típica de los 70’s, plateada, tipo casco espacial, en blanco y negro y en medio de ella, Kiss revolviéndose, zarandeándose por todo el ancho de esa pantalla de 9 pulgadas de manera impetuosa, intensa, entusiasta.

Nos quedamos congelados. ¿Momentos así? Muy pocos: Cuando vimos a Queen el 9 de octubre de 1981 en el Estadio Universitario. Cuando vimos a los Rolling Stones el 14 de enero de 1995 en el Autódromo de los Hermanos Rodríguez. Cuando vi a Pink Floyd (los cuatro que REALMENTE son: Waters, Mason, Gilmour y Wright, no los últimos tres, que es como ha sido el “Pink Floyd” de los pasados 20 años y que no es más que una versión demasiado “Lite” para mí y para los VERDADEROS fans) por primera vez reunido después de 23 años por TV en el Live 8, el 8 de julio del año pasado.

Maravillas de maravillas de jóvenes de clase media, de la que viajaba en camión y que soñaba que algún día sería bueno ir a un concierto de Kiss, pero que sabíamos que eso no sería posible en los tiempos próximos en venir. Quizás en décadas, algún día.

En esos tiempos compramos revistas con Kiss en la portada, sus demás discos pero al mismo tiempo comenzamos a diversificarnos (afortunadamente): Queen, Led Zeppelin, Pink Floyd, Rolling Stones, Los Beatles, lo usual. Poco faltaba para que llegara AC/DC, Judas Priest, Def Leppard, Iron Maiden... y más allá en el horizonte aguardarían Metallica, Nirvana, Peral Jam…

Y conforme pasaban esos años, Kiss se volvió una decepción hasta que ya no lo escuchamos más. Se quitaron el maquillaje, y tocaron con el advenimiento de MTV más música, pero ya no nos convencieron.

En los noventas tocaron un Unplugged en MTV y se pintaron de nuevo. Ya no eran lo mismo. De inmediato fue su renacer popular. Rockstalgia pura.

Salieron por esos años en la portada del Forbes en el 96 con las palabras que decían: “Estos cuatro hombres maduros preparan ya su retiro” (también salió Simmons en la portada de Playboy y fue genial, perdón, ES genial). Yo ya no estaba emocionalmente encadenado a estos tipos. Entendí lo obvio, salieron de nuevo para que entre otras cosas yo (y posiblemente millones más) colaborara con mi propio y escaso dinero a ese retiro del que mencionaba esa portada.

Sólo colaboré con ellos en una camiseta que todavía me agrada mucho. ¡Ah! Y una corbata muy vistosa pero muy chafa (veinte dólares me costó) que trae su imagen, las cuatro caras que aparecieron en las portadas de los discos fallidos de solistas que sacaron en 1978, uno de los pocos fracasos estratégicos de ventas que tuvieron por donde se les vea.

Utilicé esa corbata una vez en un bautizo, pero como sabía que escandalizaría a ciertas personas, ya llevaba una de repuesto, por si las moscas. A mi amigo Polo le encanta esa corbata.

Cuando estuvieron en Monterrey el año antepasado para un concierto, de haber podido estar ahí, no sé, tal vez no hubiera ido, no estoy seguro.

¿Para qué? Esos tiempos, geniales y todo, ya pasaron. La vida real pesa cada vez más. Y se atraviesa, así, por todas partes, sin pedir permiso, ¡cómo le encanta hacer eso!

En VH1, en estos días, está saliendo un especial en que Gene Simmons está de maestro invitado en una tradicional escuela inglesa con el propósito de hacer de un grupo de jovencitos normales, amantes de la música clásica, un grupo de rock, con todos sus clichés y asegunes.

El programa se llama “Rock School”.

Aceptando que todos esos programas son una broma, burla e irreverencia en sí, que me parecería obvio, al puro estilo de MTV y VH1, de “aparentar” ser subversivos, pero que de cierta manera al hacer ese tipo de programas (eso sí, muy entretenidos) sólo delatan su comercialismo banal, frívolo y trivial como mucho de lo que hay detrás de esos canales, parte del surrealismo y el tono irónico que pervive en su superficie, que es el que, si le encuentras el metasentido, te divierte como ya lo he dicho antes ha sido el caso por ya muchos años, y el caso es que hay puntos notables en eso.

Uno, que Gene Simmons es muy divertido en sus comentarios e ironías con la directora de la mencionada escuela y con personas por donde él anda. Gustaría de verlo hacer algo más que villano obvio en películas o programas de TV.

Dos, que tiene una oficina fabulosa en su casa, de excelente gusto, con un minimuseo dedicado a él mismo y al grupo, con un ataúd al fondo pintado con el logo listo para enterrar a un fan, ataúd del que dijo sencillamente “...así los vendemos”, detalle que me recordó la gran compañía institucional comercial que siempre ha sido Kiss.

Tres, que la canción favorita de Gene Simmons de todos los tiempos es “We will rock you”, del grupo Queen. ¿Quién lo hubiera adivinado?

Ayer, 26 de agosto de 2006, salió una nota en el New York Times, en la que dice que Chaim Witz, o sea, Gene Simmons, nacido en Haifa, Israel, en 1948, felicitó por un mensaje grabado, a un soldado israelí, paralizado del pecho hacia abajo, diciéndole orgulloso que era un héroe de su país por haber sido herido en la guerra que los israelíes están teniendo en Líbano.

El soldado, un ultrafanático de Kiss, se estaba casando cuando le pusieron el video de felicitación. El señor Simmons, de 58 años, también lo felicitó por su boda.

El señor Simmons no indicó si cree que la guerra que mantiene Israel contra el Líbano por causa del Hezbollah, es justa o no.

La vida real insiste en atravesarse de vez en vez en medio de tus recuerdos.

lunes, agosto 28, 2006

Los delirios del transporte urbano o la ilusión viaja en pesera... o en combi... o en camión


Algo que se ve en cada campaña política es la circunstancia en la que el candidato se las da de viajar en transporte público para tres circunstancias: Una, para hacerle sentir a sus posibles votantes que él sí desea conocer de primera mano las peripecias que sienten estos en sus cotidianos traslados; dos, para tal vez sí sentir por una vez en mucho tiempo, como está el transporte urbano para ver de que manera se puede mejorar, o si aguanta así como está, o si son ciertas las quejas de que es muy caro e ineficiente en la opinión del público; tres, para darse ultimadamente un baño de pueblo preciso en el punto en que cualquier baño de pueblo es necesario, aunque se tarde mucho en hacerlo después tal vez porque no lo haya considerado necesario.

Pero nosotros no somos políticos y lo que sí somos es usuarios del transporte público.

En la ciudad donde resido se toman combis, por circunstancias, no tengo carro en este instante, ya tendré de nuevo y por mientras me considero un callado circunstante en esas especiales condiciones de tener que tomar un transporte para llegar a mi destino para acompañar a mi hija a su escuela y volver.

Yo fui usuario en mi juventud de transporte urbano durante toda mi secundaria, preparatoria y universidad, en Monterrey. Uno llega a entender que el transporte público es algo por lo que tienes que pasar tarde que temprano, como si fuera un rito de paso, y bueno, en realidad no es de paso porque es lo que muchos siguen usando durante toda su vida.

De cierto modo es tal vez a lo que se refiere la frase aquella que dice ser “cliente cautivo”.
Conforme crecí en mi adolescencia utilicé el transporte por la sencilla razón de que las distancias entre mi casa y el centro educativo correspondiente quedaba, conforme subía de grado, a estar más lejos de mi casa.

Primero era un solo transporte y luego fueron dos, con una caminata de ocho cuadras en medio. Yo no conozco muchas ciudades y por lo mismo no conozco muchos sistemas de transporte municipales. Pero lo que es en Monterrey, ¡qué barbaridad!

Pasaba el Ruta 61 a una cuadra de mi casa. Eso era importante, vital, era una ventaja competitiva. No batallaba para llegar a la parada. No gastaba tiempo para hacerlo y el trayecto a mi destino eran como, ¿cuánto? Quince minutos. La vida era bella hasta ese punto... hasta que pasaban los minutos y los minutos y si la cita era en veinte, mal plan. El primer Ruta 61 pasaba lleno, hasta el gorro, ni se detenía. Las personas pasaban como sardinas literalmente colgando de cada tubo posible con el cuerpo totalmente afuera de la entrada delantera del camión.

A los diez minutos pasaba otro... en circunstancias parecidas, y un segundo detrás medio lleno, pero que en este caso tenía más prisa que yo y ni se detenía.

Los carros y sus conductores, fingían no ver la soledad que sentía uno en esas circunstacias.

Cuando uno es automovilista finge no ver a los que están en la parada. Yo no sé los demás, pero como yo sí fui sufrido peatón, muchas ocasiones recordaba mis días: Estar en la parada, viendo como pasa el tiempo, como ese lapso que uno pensó que sería suficiente para el viaje se va haciendo cada vez menos y como empieza todavía a adelgazarse más y más peligrosamente y reduciendo al mismo tiempo nuestra zona de seguridad. La angustia silenciosa era desesperante.

Cada ocasión que nuestros cálculos de tiempo fallaban hacíamos enmienda para poder anticiparnos al día siguiente para llegar a ese punto geográfico más temprano. Pero lo más probable era que la historia se repitiese... o lo más probable todavía era que los camiones fueran los que repitiesen su propia historia.

Por eso leía mucho en las paradas. Y es posible que mientras estuviera muy atento a las desventuras del pobre Frodo siendo atacado por la araña Ella-Laraña, del libro de las Dos Torres, haya perdido yo algún que otro camión con su chofer un poco, pero solo un poco, confundido cuando el tipo de la parada no se subía a su único camión disponible, habiéndose detenido. Puede que el humo carcinógeno y negro fuera quien me despertase de la gran batalla de Maese Samsagáz Gamyi contra esa bestia y orcos subsiguientes por la vida de su querido amo.

Lo lamentable de subirse a un camión en el que vas a estar colgando de un delgado tubo de aluminio con el pie endeblemente apoyado en el filo del escalón cargando más libros, yendo el vehículo a más de cincuenta kilómetros en curvas, vueltas y rebases sosteniendo tal vez el peso de otro pasajero en situación en vilo similar, era que no pudiese seguir concentrándome en las aventuras del Señor de los Anillos, sino que tenía que concentrarme en mi propia aventura. Apuesto que mi madre nunca supo de ese tipo de peligros, o como cualquier buena madre mexicana, mejor prefirió hacer caso omiso de ellos, ¿para qué estar en proceso de sufrimiento todos los días?
Lástima que en esos años de 1979 a 1983 no había videocámaras, hubiera sido divertido que alguien me hubiera grabado desde un automóvil al parejo. Ver esas imágenes hoy en día (con su respectiva rítmica música emocionante en staccato, no olvidar que la que pone el estado de ánimo es la música) tendrían tal vez un valor similar al de ver a Indiana Jones en Egipto, saltando desde un caballo a todo galope hacia un camión transporte nazi que se robaba el Arca de la Alianza, casi cayendo al peligroso y rugoso suelo en el intento, sólo para después de una valerosa lucha con los arios nazis, ir a dar al frente del vehículo y estar a punto de caer hacia en mero en medio de las llantas, salvándose su masculinidad sólo por su bien manejado látigo.

A Indiana jamás se le cayó su sombrero Fedora en ninguna de sus vicisitudes. A mí afortunadamente nunca se me cayó un libro de un camión en movimiento... con la triste excepción de una ocasión que me bajé en el centro y al mismo tiempo de descender en una bizarra maniobra ¡que se me cae El Ultimátum Bourne!, de Robert Ludlum, de Editorial Planeta, con tal pésima manufactura de edición que del impacto en el suelo saltó un buen bonche de páginas de en medio del tomo, con tan mala suerte que se fueron por una alcantarilla cercana a la banqueta. Mirar mi libro ya incompleto, al que sólo había leído como cien páginas fue tristísimo, sad very sad... Nunca lo terminé, por supuesto.

Pocos años después mi amigo Jaime fue a mi casa, y como era nuestra costumbre se llevó varios libros y sin avisarme que entre ellos estaba ese, dura fue su sorpresa al mes cuando él también se quedó en la página cien. Cosas de lectores.

Había vans (así les llamaban) que en Monterrey eran horribles, pintadas de celeste. Eran trampas. Se llamaban peseras. Eran peseras porque costaban un peso, cosas de la inflación. Y eran sardineros. En tiempo de frío horrendos, y en tiempo de calor doble horrendos. Como el clima de Monterrey es extremoso, no era cosa fácil el soportar esos días (supongo que ni en estos).

Los trayectos son largos, y van hechas la bala (por no decir, hechas la madre), y los chóferes hacían, con la mejor voluntad de buenos samaritanos de ayudar a sus clientes cotidianos, metían y metían a personas y personas como si fueran esos concursos de a ver cuantas personas pueden caber en una cabina telefónica en todas las poses posibles. Hagan de cuenta que era como jugar Twister todos los días, sólo que sin tablero de bolas rojas o verdes o azules o amarillas sobre los cuales jugar. Como aprender a ser contorsionistas en fáciles lecciones. Lo que la vida nos deja aprender.

Peseras y velocidad eran uno mismo, la verdad. Igual que los camiones que por una cosa u otra tenían que cumplir con sus horarios. Nada nuevo aquí. Si digo que es un rito de paso, estaría diciendo que es temporal, pero no es así, ya lo aclaré. Andar en camión nunca será temporal para el grueso de la población.

Eso era en Monterrey. Ahora en la ciudad en la que vivo el transporte es similar. Andan a la misma velocidad, pero eso sí, no se retacan como allá en Mty. Lo bueno es que aquí no hace calor y por ese lado no se sufre (es más, ya ni me acuerdo bien, ¿habrá peseras todavía en Mty, o se habrán transformado en microbuses?

La gente en esta ciudad es muy amable, todos saludan al entrar y se despiden con corrección al salir. Eso no me había tocado ver en ninguna parte.

Los trayectos son mas cortos y el costo también.

El estar dentro de la combi, como se le llama aquí es interesante. Uno se podría poner a pensar en lo que se podría hacer con un público cautivo amable como el que se traslada. ¿De qué se les podría hablar que no suene al tradicional merolico? Se podrían hacer mesas redondas express. Se podrían pedir opiniones cualesquiera de temas diversos. La gente que viaja en transporte público es un micromosaico en movimiento fugaz, incierto como Heisenberg afirmaba, de lo que es la población: sabrás su posición, pero no su pensamiento, sabrás lo que piensa, pero no hacia donde va. Bueno, es parafraseando lo que dijo Heisenberg.

Todos las personas miran hacia los lados para verificar que van por buen rumbo, que tanto les falta por llegar, pensaran en mil cosas distintas. O pensaran en nada en especial.

Diez personas calladas en lo suyo, oyendo el ocasional radio que el conductor trae. Una vez me chuté cuatro o cinco canciones del early Timbiriche en un programa radial infantil que ese sí fue un suplicio, comparado a los calores o a los apretujones de antaño.

Terribles tormentos.

Al viajar verás la ciudad, verás las calles como cambian su fisonomía de un sector a otro. No hay nada trivial en ello si te pones a pensar. Lo cotidiano pierde su sentido. Cada viaje que se hace es distinto. Poste de luz tras poste de luz tras poste de luz. Bache tras bache. Boya tras boya, o tope tras tope. Los charcos de agua en tiempo llovido. Los vientos que cortan la respiración en tiempo de frío. Los aires ardiendo en el tiempo canicular. Los cielos de la madrugada, las estrellas de ya entrada la noche. La luz roja cambiando a verde. El vehículo adelante que da vuelta por donde no debe. El hacer cambio. El meter el clutch. El parabrisas que tú no prendiste. La bocina que se escucha al acercarse en cada esquina. El espejo retrovisor que siempre se despide de todos. El movimiento brusco. La casi caída que se impide de milagro. El que pide la parada. El billete que se cambia. El arranque inesperado. La espera de la parada correcta. La inexplicable demora molesta. El conductor en su mutismo. El conductor en su conversación inexorable.

La gente espera, pasiva. La gente que normalmente no es sumisa ahora lo es. Entiende las reglas y las acepta. Mientras todo siga correcto, en su entender de lo que es correcto, lo será. Mientras no se tarde, no se demore, ni se haga esperar y se vaya por la ruta correcta, aceptará lo que sea. Porque el trayecto no durará. Ya se verá. No durará. Serán a lo mucho diez minutos de espera. O quince, o veinte o treinta, no más.

Se pueden hacer muchas cosas en los diez minutos que se tarda un traslado. Si tan sólo supiéramos como preguntar... o qué preguntar... y si ellos se dignaran a responder...

De lo que no nos enteraríamos.

Como recomendación a alcaldes y a políticos (sobre todo diputados y senadores, quienes son los que la gente siente más lejanos a ellos), no se olviden de la gente (y eso es lo de siempre). Viajen con ella. No sólo un día. Háganlo por varios días por temporadas recurrentes.

Sería educacional e informativo, a la larga benéfico para todos.

Dicho sea sin el más absoluto sarcasmo.

miércoles, agosto 23, 2006

LOST-Perdidos, o ¿cuál píldora preferiste?





Se acabó la segunda temporada de LOST, o Perdidos, en el cable.

Antecedentes rápidos: LOST se trata de un grupo de personas que viajan en avión de Sydney, Australia hacia Los Angeles y en medio del viaje se encuentran con una perturbación atmosférica tan grave que de cierto modo ocasiona un accidente partiendo el avión en dos y haciéndolo caer en una playa desconocida

Bueno, el punto es que los perdidos están en el shock y descreimiento natural total, entierran a sus muertos, se organizan en la confusión y de inmediato empiezan los misterios. Pasan las horas, luego días, y nadie los viene a rescatar.

Hasta ahí todo pudiera ser un aspecto normal de una serie normal de drama y sobrevivencia. Digo, pueden agregarle sucesos prodigiosos para hacer interesante la historia, como aderezos típicos de toda serie de aventuras que se precie de serlo.

Pero este no es el caso estricto de LOST-Perdidos.

Resulta que en cada capítulo se narra en flashback las historias de cada personaje principal de la serie, que son como doce. Así se van conociendo los vericuetos que llevaron a cada uno de ellos a llegar a Australia y querer partir en el vuelo 815 de la línea Oceanic (ya no viajen en ella, la verdad no es muy confiable,) hacia Los Ángeles.

Y poco a poco la serie empieza a cubrir a los televidentes de capas y mas capas sutiles de historias que como si fueran gasas algo transparentes van cubriendo los sentidos poco a poco, al mismo tiempo apoderándose ésta del espectador de una manera inocua al principio hasta aprisionarlo completamente de tanta información entremezclada de personaje con personaje, suceso por suceso.

Esto se aprecia de cierta manera desde la primera temporada, pero en la segunda la información revelada se vuelve un frenesí, un diluvio impresionante de relaciones de varios niveles que parecen a todas luces inexplicables.

Si en la primera temporada se fueron narrando las historias personales, ahora se van hilando las vidas de cada sobreviviente unas con otras en un tipo de hipertexto yuxtapuesto a una escala humana sin precedentes. Como dije, al principio puede no notarse, pero poco a poco las relaciones escondidas van haciendo eclosión de una manera sobrecogedora.

El caso de los números es notable.

Los números mencionados son una sucesión curiosa de siete cifras que están ordenadas de manera ascendente, y que son una de las claves (ya de por sí) más desquiciantes en medio de todo el rompecabezas de la isla. En un flashback un personaje los escucha de un amigo paciente en un pabellón psiquiátrico donde estaba recluido, luego los usa en una lotería ganando millones de dólares... para después quedar envuelto en una racha de muy mala suerte que definitivamente desafía toda lógica.

Eso sí, no se trata de hablar de la serie solamente como si fuera el fenómeno de televisión popular que es. Lo que verdaderamente llama la atención aquí es más que nada como se obtuvo esa sutileza capaz de envolvernos a nosotros, las personas que somos testigos pasivos del transcurrir de esa historia.

Al principio no se tomaría atención a los detalles significativos pero hubo otro y después otro y otro más. Para eso sabemos que la historia seguirá y seguirá en capítulos y capítulos adelante. No hay tiempo para resolver misterios en los 52 minutos disponibles de programa incluyendo créditos.

Más tarde la historia se abre hacia otro tipo de trama como por ejemplo cuando descubren una escotilla hacia un túnel hacia el subsuelo, siendo este una construcción impresionante de placas de metal y tornillos con cortes industriales de tamaños respetables. Los números mencionados arriba, los que hicieron ganar una lotería a uno de ellos, están grabados en el metal de una de las placas al lado de la escotilla.

Explicar la serie de una manera comprensible a una persona llevaría muchas horas o muchas páginas para mostrar las claves que existen entre los personajes. Como dije, todos el programa es un telar humano hipertextual.

Cuando la escotilla es abierta descubren otro misterio que de confuso ya parece natural a estas alturas: hay una persona que está dentro, Desmond, que cree que está aislado del mundo, viviendo como en un refugio antinuclear. Dentro hay una sala que está llena de computadoras (bueno, de unidades de cinta y paneles con muchos foquitos, a la Viaje hacia el Fondo del Mar, que nunca he sabido con claridad para qué funcionan dentro de la trama) y en medio, una maravillosa computadora personal con todo su desgastado teclado original y su anticuado monitor de fósforo verde: una Apple IIe de veintitrés años de edad.

Los números ya muy mencionados arriba, son alimentados en esa computadora cada 108 minutos para evitar algo que nadie sabrá qué puede ser hasta el final de esa segunda temporada que vimos ayer mismo.

Así, lentamente, cada programa se convirtió poco a poco en una necesidad de los espectadores para poder ver y comprender más pistas y unir más puntos del crucigrama-jeroglífico-hecho-programa-de-TV. Esas pistas no son fáciles de reconocer por todos. Se convierte casi en concurso de observación para televidentes muy prendidos.

La gente se pregunta: ¿hasta que punto están los pasajeros relacionados? Un ejemplo: Sayid, el excombatiente iraquí (brillante decisión de casting), era un torturador de la Guardia Republicana que al final de la Guerra del Golfo de 1991 es capturado y tratado por dos militares norteamericanos de alto rango, el que lo captura (que resulta, por una foto familiar que aparece menos de cinco segundos, que es el padrastro de Kate, la ex convicta) y por otro, quien lo “convence” de torturar de nuevo en ese año de 1991, es el ex militar que aparecerá en un flashback como alguien que alimenta los números mencionados a la Apple IIe y que luego rescata a Desmond en la orilla de la isla, para convertirlo en el operador del refugio. Si ya se perdieron a estas alturas, es comprensible.

Esa probable inverosimilitud, que algunos le llamarían coincidencias, son aceptadas en LOST porque ese es el nombre del juego.

Entendemos que las coincidencias no existen, o de existir, sólo aceptamos muy pocas a nuestro alrededor. Desde hace mucho que ya no estamos (al menos muchos de los que vemos TV) en la época de aceptar todo lo que a los escritores se les ocurra para resolver la historia de la manera que quieran ellos que se den. Desde hace años se evita ese tipo de complacencias que algún día sí se daban. El doctor joven que se niega a atender a una mujer de edad madura por pobre, que luego muere y él médico descubre, muy tarde, que era su propia madre (en un concurso de cuento en mi prepa, esa fue la premisa del cuento que ganó). Digo, hay cosas ridículas en la vida, ¿pero tanto así?

LOST no tiene ese planteo. Si las relaciones existen tienen explicaciones no tan racionales, pero esa es la gracia. Es una historia puesta en “nuestro mundo”, donde al igual que en el de nosotros, no se dan las coincidencias, y siendo ese el caso, ¿quién es el que manipula las realidades de los habitantes de la isla?

Ahí es donde LOST se pone atractivo: no, no hay coincidencias, entonces ¿quién maneja la sucesión de eventos para que las cosas se den de la manera que están resultando? ¿Podría ser Dharma, la corporación que está detrás de su logo en forma de octágono, y de cierto modo fabricante del refugio, de los alimentos y hasta de un tiburón real que apareció medio segundo, con un símbolo octagonal como grabado en el costado, cuando intentaron escapar de la isla? (Hay tantos detalles que ni me acordaba del tiburón ese).

La capa de gasas entrelazada fuertemente entra en una zona telúrica de sutilezas al por mayor. Te hace dudar de todo lo que te ponen dentro de tu pantalla televisiva, ¿quién maneja los hilos detrás de Dharma? ¿La misma acción de descubrir de que alguien, o algo, maneja los hilos de todos los aspectos de la isla, no podría ser una acción más de ese amo de marionetas que se quiere “descubrir” así? ¿No es el saber que estás en un experimento, algo que viene a alterar ese experimento en sí, quizá siendo ese el objetivo del mismo?

Y el peje creía en complots...

LOST tiene reminiscencias de The Matrix, en donde el mundo de Neo, el personaje principal para quienes ya lo olvidaron y que es descubierto gracias a su increíble potencial y a otros grupos de personas que pasaron por el mismo proceso de despertar, todo lo que lo compone, amigos, edificios, ciudades, relaciones, aún madre y padre probablemente, es ficticio. Que el “todo” de Neo y los demás, solamente existe dentro de su mente y simultáneamente dentro de la mente de miles de millones de personas que sobreviven en sus correspondientes miles de millones de cápsulas oscuras llenas de algun líquido amniótico que es donde crecen y donde se tejen sus ilusiones, ambiciones, amores, temores y sueños: la verdad, la que sea que fuera, no es más que la mentira más absoluta.

En la realidad de LOST hay más cosas a poder notar: ¿Qué hace un barco en medio de la selva? ¿Era real el oso polar que los atacó? ¿El caballo que vio Kate, vino de su mente? ¿Qué pasó con el cuerpo del papá de Jack que fue a recoger a Australia y que desapareció del féretro? ¿Cómo llegó la avioneta nigeriana con precisamente el hermano sacerdote de Mr. Ecko a la isla, viajando por miles de kilómetros? ¿Cómo se curaron la señora afroamericana y Locke de sus respectivas enfermedades crónicas? ¿Qué sucedió con la al parecer viva columna de humo negro, que Mr. Ecko desafió en medio de la planicie? ¿Quiénes son los Otros? ¿Qué representan en todo el drama? ¿Por qué Walt le dice a su papá que los Otros están fingiendo? ¿Por qué los números (punto esotérico y metafísico, por si faltara) causan tragedias a quiénes los invocan? ¿Cómo es posible, en las circunstancias admitidas de la trama, que las relaciones e historias de los personajes están correspondidas entre sí aún a más de quince años atrás antes del avionazo?

Lo que importa no tanto es un programa de TV, que para muchos puede ser una vez más, irrelevante, sino la capacidad de un grupo de personas por mantenerte en ese suspenso. En ese gusto por el suspenso, en ese deseo de ser complacido por una excelente narrativa, que creo la necesidad de saber más y más, al estilo de las Mil y Una Noches.

El hecho de que muchísimas personas en estos momentos se entretienen creando teorías acerca de lo que les pasa a ese grupo de personajes (ficticios, una vez más, nunca se olvida), que logren que se interesen sus vidas, o en casos particulares, que se lamenten sus muertes (cabe recordar que en una serie normal raramente alguien muere, en una serie continuada de esta naturaleza no hay restricciones en ese sentido) es un buen augurio de la televisión que tenemos ante nosotros.

En una columna reciente de Stephen King, que escribe (como si le faltara tema al señor) de cultura popular para la revista de Entertainment Weekly, les pide a los creadores y escritores de LOST ( y él, King himself, lo puede pedir), que sepan cuando retirarse, que sepan respetar a la audiencia que apostó por ellos. Que aprecien esa atención y no dejen que el programa caiga en el comercialismo aberrante de extender la vida de algo que ya no lo tenga.

Actualmente, por lo menos en este punto, ese no es el caso.

Sólo recuerda: ¿te habrás tomado la píldora roja? ¿o fue la píldora azul? (para los no iniciados, ver Matrix, la uno, por supuesto)

¿Podrás estar seguro de que no amanecerás mañana en una isla desierta, con mil misterios que resolver a tu alrededor?

Mejor eso que amanecer en medio de un plantón de Reforma, ¿no?

La Fortaleza Escondida



Un buen amigo me acaba de prestar la película de La Fortaleza Escondida (Kakushi-toride no san-akunin, 1959) de Akira Kurosawa y fue una maravilla.

No es raro que me guste Kurosawa. A muchos les gusta. Pero habiéndolo visto desde hace más de veinte años, la gracia de mencionarlo aquí es descubrir que todavía me faltan muchas películas de él por ver.

Le tenía muchas ganas a la Fortaleza Escondida. Por varias razones, una de ellas, sin vergüenza lo digo, era para verificar la certeza del meme sabido desde hace mucho de que Star Wars era una amalgama de ideas (eso está comprobado, de hecho), de haber salido de los cuentos de hadas y de sus teóricos, en el contexto de una historia de fantasía con princesas y caballeros, villanos y armas terribles puestas en un contexto de una aparente ciencia ficción.

Y parte de ese meme, de esa amalgama, era que Star Wars había sido en parte, inspirada por la película de Kurosawa de La Fortaleza Escondida.

Pues tuve la oportunidad doble, primero el afirmativamente comprobar que es una obra casi-maestra del cine, y segundo, que tanto era cierta esa inspiración.

La película es soberbia. La época es la guerra de clanes de aquellos tiempos. Parece un juego de Risk, países y regiones y conquistando territorios, movimientos de tropas de aquí para allá con todo y batallas clave. Nada nuevo hasta aquí.

Se trata de dos aldeanos que están en medio de todo, sin saber que hacer ni a donde ir. Hay una princesa en huida y un guerrero que la defiende. Se reúnen inesperadamente en cierto punto y de ahí avanzan con un cargamento importante hacia un reino amigo, muy detrás de las líneas enemigas rodeados de mil peligros tratando de evitar todos los riesgos.

Y ya.

La Fortaleza Escondida está llena de encanto. Es una historia de una princesa fuerte y de su fiel guerrero que le prometió cuidarla. Es una historia de esos dos aldeanos desposeídos que no tienen nada que perder, pero eso sí, si las cosas salen, tendrán mucho que ganar.

Se llega a dar un momento de entereza en que todos ponen lo suyo para avanzar hacia el reino de la salvación. Aún así, la codicia humana aparece dando un tañido ominoso, que puede causar disgusto, pero eso sí, es del todo posible.

“Piedras entre las piedras”, es una frase que dice el personaje Rokurota Makabe, un espléndido Toshiro Mifune como hay pocos, al hablar acerca de cómo hacer para esconderse en la fuga. Hay una escena que si parpadeas no la percibirás. Bueno, puede que sí. Una piedra escondida entre las demás. Una piedra preciosa, claro.

No era espectacular, no era relevante en la narración, no es memorable como otras. Pero que escena... No olvidemos, la película está en widescreen.

Haré el intento de explicarme.

Los cuatro caminantes, los dos muertos de hambre, la princesa y el guerrero, con sus tres caballos llegan a una aldea. 


Entran por la derecha, la cámara está en un punto fijo tomándolos lentamente, no hay corte, ellos están en medio del bullicio normal de un mercado de aldea, hay aldeanos indiferentes a ellos que caminan para todos lados, están ahora en el plano del frente y la cámara comienza ahora a moverse en paralelo a ellos hacia su caminata hacia la izquierda, no hay corte.

De pronto un noble con su asistente detrás cruza frente a nosotros de izquierda a derecha, en diagonal, hasta salir por la orilla, nuestros personajes siguen caminando con sus caballos llevando a cuestas su precioso e ignorado cargamento, atrás de ellos hay movimientos de tropas hileras tras hileras de tres en fondo a pie, con sus sombreros y lanzas andando con rapidez, la cámara los sigue todavía en paralelo hasta que ésta se detiene y los empieza ahora a seguir en su camino hacia la izquierda, aldeanos diversos están en el mercado, el movimiento nunca se detiene, llegan ellos a la orilla de la izquierda y la escena termina.

Todo dura un minuto a lo mucho. Me imagino la preparación de la escena, todo debía de estar marcado y debía de entrar en perfecta sincronía: los aldeanos que gritan su oferta de mercado, los que corren en ambos sentidos en el desorden normal, los caballos que caminan en cierto paso, los soldados de a pie corriendo por el fondo, el noble y el asistente, ambos actores de seguro con la orden grabada en la mente de caminar cuando se los ordenan, la cámara en su carril lista a moverse en cuanto estén los cuatro actores y sus caballos encuadrados perfectamente en su marca, el movimiento de ésta que debe de ser el mismo ritmo que el de ellos, el cruce al parecer casual de todos los comparsas, el camino de la cámara hasta el punto en que debe de detenerse para poder seguir el desplazamiento de los actores hasta que salgan fuera de cuadro.

¿Cuántos ensayos? ¿Cuántas veces tomada? ¿Cuál es el nivel de perfección exigida? ¿Cuánto es el amor por el producto que vas a obtener?

Insisto, no es una escena vistosa o de esas que deberían de quedar guardadas en la mente del espectador como grandiosas, o como importantes o como potentes. No, la maestría del director, la del verdadero artista, está donde menos la esperas, en donde una escena que sólo sirve para establecer un punto de referencia, an establishment shot, la llegada a la aldea, es puesta en marcha como una misa en escena en donde no se ven las torpezas, donde no se ven los apretujamientos, en donde hubiera bastado, con otro director, imponer dos o tres tomas de un pueblo con menos personas, basándose mucho en la edición para protegerse de los errores posibles o de la pequeñez de la escena para hacerla grande (tarea la cual tiene su maestría también), porque coordinar escenas así, se requiere de un emperador para hacer que lo difícil salga aparentemente fácil.

Y quizá es demasiado dedicarle tres párrafos a esa escena y no hablar del duelo de lanzas que tiene el personaje de Mifune con su viejo camarada, ahora enemigo, o de la manera impresionante en que la cámara en movimiento sigue a un Mifune a caballo, yendo tras los dos jinetes que van con el aviso de que los fugitivos han sido localizados, el cómo penosamente, pero firmemente, fue ganando terreno hasta llegar a uno y como con toda la pericia de un guerrero consumado logra matar a uno primero y al otro después.

La cámara sólo está fija en caballo y jinete, un jinete que ni las riendas toca, que tú bien sabes que no hay efecto especial de por medio: sólo un jinete que va con el viento, mirándose la vegetación de detrás borrosa debido a la velocidad, la cámara seguramente situada en un vehículo trasladándose a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora, transmitiéndonos la gravedad del momento ya que Rokubarota debía de alcanzar y matar a los dos jinetes que estaban delante.

La sensación de velocidad, de peligro, de intrepidez, de valor, de pericia, quedan a la perfección, a la satisfacción del más exigente, y aún así, prefiero la escena de la aldea. Un tipo de encuadre que recuerda mucho a los de los arrozales en tiempos de los Siete Samurais.

En cuanto a los actores, la imagen de la princesa Yuki, joven mujer consciente del peligro, con la mirada adusta, dura, tratando de entender lo que pasa a nivel de suelo, de tierra, sabiendo las consecuencias de los hechos en la que está siendo puesta a prueba, tiene la feminidad en compañía de la valentía, convirtiéndose en símbolo de la nueva mujer japonesa, lejos de la sumisión imaginada y prejuiciada del pasado.

El poderoso Toshiro Mifune, héroe indiscutible, con su sable levantado en pie de lucha, la lealtad del guerrero hacia su princesa, determinado a conseguir su objetivo aun a costa de la suya propia, como debe de ser.

¿Los aldeanos? ¿Serán los verdaderos héroes? Aún con la escena en la que vieron con lujuria momentáneamente el cuerpo de la bella princesa dormida, son los que dan la perspectiva de la clase de abajo que pudiese tener en los sucesos que cambian sus vidas, realizados por la gente de arriba, que casi nunca la ve.

Confieso que busqué y busqué la posible visión de Lucas para hacer posteriormente Star Wars. No creo que sea penado en algún momento realizar algo así, sólo que lo aceptes después y lo digas al mundo (no como lo que hizo Disney al negarse aceptar lo obvio, que El Rey León tuviera influencia de Kimba, de Ozamu Tezuka, detalle que a Tezuka no le importó jamás).



Pero es cierto, Star Wars no es ni con mucho la sombra o la copia de La Fortaleza Escondida. Muchos al saber de ella pudieran haber pensado que la Estrella de la Muerte, es una fortaleza identificada posiblemente como viva referencia de la misma, o de la luna de Yavin, en donde estaban refugiados los rebeldes al final, que estaba escondida.

No. La única situación clara que pudiera haber sido referencia para servir como guía para Star Wars era la inclusión de dos sidekicks, ayudantes hasta cierto punto graciosos, que sirvieran como guías, como puntos de vista menores, a la hora de narrar la leyenda de los Caballeros Jedi, como lo pudiese demostrar el hecho de que ellos dos robots, C-3PO y R2D2, son los únicos personajes que están en todas las seis películas de George Lucas.

Tal vez, si nos esforzamos en buscar ese paralelismo, bien lo podríamos encontrar en las dos escenas arriba descritas, la del mercado, que podría ser Tatooine, y la de la cabalgata en movimiento en pos de los soldados que se dieron a la fuga, recordatorio de las escenas de movimiento velocísimo, de vértigo, de la batalla “aérea” entre las X-Wing y las naves de Darth Vader, en la escena final anterior a la destrucción de la Estrella de la Muerte, que siempre están volando con el fondo borroso de atrás de la superficie de la Estrella imprimiéndonos en nuestras mentes como debe de ser una verdadera batalla espacial.









Quizá otra escena a comparar sería la de la princesa Yuki descansando tendida en el bosque siendo observada con cierta lujuria, con la escena de Star Wars, en la que Luke llega a rescatar a la princesa Leia pero antes hace una pequeña pausa para observarla con admiración, tendida ella en su celda de la mencionada Estrella. O soy demasiado imaginativo. O tal vez no.

La Fortaleza Escondida, es un festín verdadero para los que gustamos del cine, de Akira Kurosawa, el Emperador, del cine de acción y para las personas como nosotros que de repente nos gusta dar un clavado en pequeñeces no tan pequeñas...

A veces somos tan exigentes de George Lucas, y él nunca se enterará, que lástima, ¿no?

Kurosawa, fuiste el Emperador, realmente que sí...



jueves, agosto 17, 2006

Sobre El Manantial (The Fountainhead) de Ayn Rand



Por fin la acabé después de haberme tardado como un mes. Fueron dos tomos, de casi 700 páginas en total y estaban maltratadísimos, bueno, lo que se podía esperar de haberlos comprado usados.

La novela me encantó, me fascinó como aquellas novelas que sabes que te dejan un excelente sabor de boca, o como no me acuerdo alguna que me haya fascinado tanto, desde hace un buen rato. Una novela de la que te acordarás toda la vida y siempre le dirás a alguien que si la leyó, teniendo la casi completa seguridad de que no ha sido así.

Es el tipo de novelas que debes de obligar a las personas a leerlas. Como se debe de leer algún día, por ejemplo, las Uvas de la Ira, de Steinbeck, por decir, para entender del sufrimiento de la gente que en medio de la bancarrota económica lucha por no caer en la bancarrota moral por sobre todas las cosas y que busca su progreso a través de querer liberarse, sin poder, de las garras de la pobreza.

Casualmente comparte más o menos la época de esta última novela: las Uvas es de 1938 aprox, y El Manantial o The Fountainhead es de 1943.

El Manantial es la historia de un hombre, un arquitecto, que es la esencia última de la individualidad y que está en medio de la lucha contra una sociedad que desea aplastarlo sólo por querer y persistir nadar contra la corriente.

La novela está dividida en cuatro grandes partes: una sobre un arquitecto que gana fortuna y prestigio por pensar como se debe de esperar que piense, y actúe, un arquitecto a la hora sobre todo de diseñar los edificios, que son los que forman las grandes ciudades; dos, sobre un crítico de arte que tiene mucha relevancia social debido a la manera insidiosa en la que trabaja desde un periódico que es como una especie de expresión en pleno del amarillismo, pero que cuenta con muchísima influencia a lo largo de toda la sociedad; la tercera, el dueño de la cadena de periódicos del que el mencionado crítico anterior forma parte, un tipo despreciable que cree que puede comprar a todo el mundo con su dinero o con sus ofertas de poder, porque de eso construyó su imperio de medios, sólo que se topa con… ; la cuarta parte, Howard Roark, el personaje principal, el arquitecto que piensa que la integridad no es sólo una palabra vacía, que cree que la creación, y las personas que la producen, están por sobre encima de todos los caprichos y necesidades temporales y banales de los demás seres humanos poniendo en riesgo su propia alma en la lucha por preservar sus creencias.

Cuestiones como la integridad mencionada, la creatividad, la cuestión de si todos tenemos precio o no, el punto de porque la mediocridad impera a nuestros ojos y en todas partes a donde miramos (sesenta y dos años después y sin fin a la vista), el detalle de que la sociedad imita siempre, de la reflexión, una de tantas, de que es más fácil que un hombre con poder dé dinero a una prostituta que a un hombre sabio que se esté muriendo de hambre, tal como dice el texto en sus páginas finales.

Todo esto con intrigas en que buscas y buscas al villano y te das cuenta que no hay tal, que el villano puede ser la sociedad entera que busca su felicidad en el lugar y la manera equivocada, en medio de las seguridades abstractas de estar en casa a cierta hora, de ver las mismas noticias y de siempre querer buscar pensar igual que el vecino.

Los rascacielos son los personajes quietos y silenciosos de la historia, son los centinelas que cuidan de la gran ciudad, son los símbolos de la piedra que pudo ser eternamente lava o hierro enterrados en el centro de la tierra, pero que por azares del destino llegó a manos de ciertos hombres privilegiados que los convirtieron en olas petrificadas ascendiendo a los cielos, listos para desafiar a los tiempos por venir…

Y eso que no he hablado de Ayn Rand…

lunes, agosto 14, 2006

El ROCK COMO CLAVE DE LA VIDA


Ayer me metí a un banco de datos muy importante, digamos que son privilegios que vienen con la función (en este caso, de ser padre de una joven ya pre-universitaria), y curioseando entre sus prerrogativas a las que tiene acceso me topé con un punto.

Este es de índole musical: No lo había captado bien. A finales de este invierno me propuse terminar de leer un libro escrito de Bill Wyman (el bajista de los Rolling Stones por más de veinte años, hasta que renunció harto de todo, hasta de lo bueno y extravagante te hartas) llamado Stone Alone.

Lo leí como buen sustituto de no poder ir a su concierto histórico, de cierta manera lo fue, en la ciudad de Monterrey. Bueno, ya los había visto en México D.F. en 1995 y fue fabuloso (un día escribiré dos puntos divertidísimos que pasaron, ojalá los cuente así).

El detalle de unir estos dos puntos, el que me enteré ayer en ese (verdadero, eso sí) banco de datos fue, por un lado, que en el libro de Stone Alone, probablemente venía así, ya que Wyman tenía toda la obsesión anal (please, así se dice) completa, de anotar todo en sus diarios. Super prolijo el señor Wyman. El punto aquí es que ahí lo debe de mencionar.

¿Qué cosa? Que uno de los conciertos de rock, más importantes de la historia, ha pasado desapercibido por todos los años en los que alguien se ha tomado la molestia de escribir de esto.

¿Por qué? Porque en mayo de 1966 tocaron juntos Los Beatles y los Rolling Stones. Juntos. En la misma noche. En el mismo escenario. Y tocó también The Who.

Ni más ni menos. ¿Cuánto hubieran pagado los fanáticos para ir a ver ese cártel? Tocaron en una entrega de premios de una revista llamada New Musical Express, revista al parecer seria y que supongo que todavía existe que hacía las veces de cronista de la música popular de ese tiempo y que de cierto modo, pues a modo como lo siguen haciendo hoy mismo sacaban encuestas y premiaban a lo mejor, o sea, algo que es ya muy tradicional.

Tocaron juntos y no se grabaron ninguna de sus actuaciones porque ellos no lo quisieron. Las demás sí se grabaron y se transmitieron en la aburrida TV inglesa del momento.

Los Beatles tocaron “I’m Down” y otras que no decía el artículo, los Rolling tocaron “Play with Fire”, y The Who tocaron “Substitute”.

Bueno, no fue un concierto muy extenso, pero la vibra ha de haber resultado hiperfantástica para las personas que estuvieron presenciándolo. Ha de haber sido maravilloso.

Ser inglés en los años sesenta, vivir en Londres, “the Swinging City”, convivir en las calles de (arriesgando un cliché) Picadilly Circus en 1965-1966, ir a una presentación al parecer de rutina de fin de año de una revista que sólo se conocía en círculos locales, podría ser una definición terrena, pero no vana, de lo que sería el paraíso...

Los Beatles, los Rolling Stones y los Who, tocando juntos (más no revueltos y con los egos presentes de su tiempo, porque ese era su tiempo, desatados en forma de tempestades). En ese momento, ¿para qué vivir más?

Posdata: Acabo de averiguar en la madre de todas las redes que hubo conciertos los dos años anteriores, y que en el año anterior, 1965, no sólo los Rolling Stones y los Beatles, sin los Animals, incluso. Reafirmo lo dicho: Esos sí eran conciertos.

viernes, agosto 11, 2006

RE-ENFOQUES

Primero que nada me he dado cuenta, bueno, ya lo sabía, pero no con tanta claridad, de que había privilegiado a agregar aquí artículos muy extensos de una u otra información. Lo cual me obligaba a poner mucho espacio entre inclusión de notas en este espacio.

Por lo tanto, como dice Lupita (todo mundo sabe muy bien a que Lupita me refiero, extensiones de maravilla de nuestro inconsciente colectivo, en nuestra esfera de los memes, o infósfera particular-colectiva-social): hoy voy a cambiar.

Para esto me di a la tarea de incluir en estas páginas un contador de visitas nada más para darle cuenta a mi paranoia.

Así exploraré mi coeficiente angustiante de soledad, o mi coeficiente frívolo de popularidad (patéticos, podemos a llegar a serlo todos, en algún momento de nuestras vidas).

Como muestra de lo anterior, de un análisis de conciencia re-enfocado, están las siguientes notas, las de arriba, claro, que es como lo acomoda este Blog).